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miércoles, 15 de julio de 2026

Diario de sueños extraños y perturbadores

Diario de sueños de Óscar Maif

 Hay sueños que no cuentan una historia sino que formulan una acusación, y este pertenece a esa estirpe. Comienza, como casi todo lo insoportable, con una escena que el soñante contempla desde fuera: un niño recoge heces dentro de una casa, y lo hace no por juego ni por castigo doméstico, sino porque unos soldados se lo han ordenado. La pregunta que el durmiente le dirige —por qué haces esto— es la última pregunta inocente del sueño, porque la respuesta lo despoja de toda distancia: al niño solo lo dejan vivir mientras siga recogiendo la inmundicia. La existencia, aquí, no es un derecho; es una concesión sujeta a la utilidad. Vivir a cambio de obedecer, respirar a cambio de degradarse.

El excremento no viene a hablar de dinero ni de sexo, pese a lo que quisiera cierto Freud escolar. Viene a decir algo más sencillo y más duro: que a alguien se le ha impuesto ocuparse de la porquería que otros producen, y que en esa tarea repugnante se cifra su permiso para seguir con vida. Es la materialización corporal de una humillación que en la vigilia quizá no tenga forma tan nítida: la sensación de que el propio sitio dentro de una estructura se paga aceptando lo que nadie debería aceptar.

Pero el sueño no se detiene en la compasión. Da el giro que lo vuelve grave, casi insoportable en su lucidez: el soñante descubre que él también lleva uniforme. No es el testigo indignado que creía ser; pertenece, formalmente, al grupo que hace posible el horror. Ahí está el verdadero centro de gravedad. No es un sueño de persecución, donde el mal está siempre afuera y uno es limpio; es un sueño de reconocimiento, donde uno descubre que ha estado vestido con la ropa de aquello que condena. La sombra no llega desde los soldados: llega desde el propio cuello de la camisa.

El niño del sueño

De ese reconocimiento nace la única acción posible, la deserción. Y conviene reparar en cómo huye, porque la manera lo dice casi todo. No sale gritando ni rompe filas con gesto heroico. Corre cuesta abajo fingiendo que hace deporte, para que su fuga no llame la atención, disimulando la desobediencia bajo la apariencia de la disciplina. Ese detalle —correr como si obedeciera mientras en realidad se marcha— es la imagen más precisa y más triste del sueño: la de quien quiere irse de un lugar que lo daña pero sabe que debe hacerlo con cautela, cubriéndose, midiendo cada movimiento, temeroso de la mirada ajena y de las represalias. Por fuera, ejercicio; por dentro, deserción. La libertad no se conquista aquí de un portazo, sino de puntillas.

Y entonces aparece la compañía, que viene en sentido contrario, unida, marchando, haciendo instrucción. Es la institución entera corriendo hacia lo que el soñante abandona. Muchos lo miran extrañados, y él acelera para no ser reconocido como lo que ya es: alguien que va en otra dirección. La imagen condensa el precio de conservar la conciencia propia, que es la soledad. Mientras el grupo permanece cohesionado en su obediencia, el que se separa queda expuesto, señalado, corriendo solo por el campo. Individuarse, aquí, no es una fiesta de emancipación; es aceptar ser el extraño que rema contra la formación.

Leído junto a lo que rodea al durmiente —un entorno jerárquico vivido como degradante, el deseo de salir por fin y en paz—, el sueño se ofrece menos como enigma cifrado que como continuidad emocional de la vigilia. El cuartel es el trabajo; los soldados, una autoridad sin rostro; la deserción, el anhelo de marcharse; los compañeros que observan, el temor a ser juzgado o retenido. No hay que forzar la equivalencia para sentir su verdad: el sueño no demuestra nada, pero dramatiza con una fidelidad casi cruel lo que de día apenas se deja pensar.

Huida onírica

Importa señalar lo que el sueño no contiene, porque también eso habla. No hay pulsión de muerte ni fantasía violenta ni pérdida del suelo de lo real. La deserción es, en el fondo, un acto de conservación: el soñante corre hacia fuera, hacia el campo, hacia el aire, negándose a seguir formando parte de aquel horror. Hay dolor, sí, y hay una culpa que el relato no confiesa pero que late en su estructura —la de salvarse dejando atrás al niño, la de no haber podido rescatar a la parte más indefensa de uno mismo—. Con todo, el gesto último es sano: elegir la dignidad aunque cueste la pertenencia.

Podría resumirse su tesis emocional en una sola frase, la que el sueño parece pronunciar en voz baja mientras el durmiente corre: no quiero seguir perteneciendo a algo que degrada a las personas, pero salir de ahí me obliga a disimular, a soportar que me miren y a aceptar que voy, solo, en dirección contraria.

sábado, 15 de febrero de 2025

Análisis freudiano de una pesadilla por una IA... el resultado te sorprenderá

Así transcribí en mi cuaderno de sueños el que me aconteció en la madrugada del 26 de enero: 


captura del texto manuscrito en el que describo mi pesadilla nocturna

Estoy, no sé cómo ni por qué, de nuevo en el pasillo del internado de Ronda, parece que es el primer día de un nuevo curso. Salgo de una habitación estándar para ir al baño y cuando voy a regresar a mi cuarto no consigo localizar cuál es mi habitación... Calculo que debe ser una, por la distancia hasta el WC, pero al entrar en ella, compruebo que no es la mía porque tiene una decoración absolutamente distinta, lo cual me extraña porque en principio todas deben tener las paredes verdes y la decoración a juego idéntica, pero esta es de colores rojos orientalizantes muy saturados y barroca. Entro en la siguiente habitación y tampoco es la mía y está muy recargada con colores amarillos. Vuelvo sobre mis pasos y entro en otra, pero tampoco es y la decoración es de azules, con muebles raros que no parecen ser los del internado.

***

Habitación del internado Maif de azul a la izquierda de pie, sentado en la cama con chándal Iván, el Filo tumbado convaleciente y el fallecido José Mora sentado sobre la mesilla de noche

Me despierto agitado, inquieto, notando una cierta perturbación el la Fuerza... Intento racionalizar o al menos improvisar algún análisis interpretativo acerca de mi sueño cercano a la pesadilla.

Se me ocurren tres versiones así a botepronto:

1/ Interpretación más metafórica: lo de ir al baño representa la muerte, toma ya; es como cruzar a la otra orilla y cuando sales de allí y regresas a una nueva vida no puedes recordar nada de tu vida anterior, por mucho que lo intentes... no vuelves a hallar tu antigua "habitación". Esta explicación, por rebuscada que pueda parecer, fue la primera que se me vino a la cabeza. 

2/ No obstante de inmediato me puse a afilar mi navajilla de Occam y me pareció más probable que simplemente cuando tienes ganas de ir al baño durante la noche intentas aguantar —por más que te acucie y moleste la vejiga— porque temes que al levantarte a miccionar te espabiles y pierdas el hilo del sueño y te desveles.

3/ También ideé una tercera exégesis que pintaba plausible: la pesadilla representa mi profundo terror a verme de nuevo encerrado en alguna institución aislado, sin autonomía ni libertad, sometido a una autoridad, horarios y disciplina que no deseo, ya se trate de un internado, un cuartel, la cárcel... ¡o una residencia de ancianos!

el pasillo del internado de mi pesadilla

De pronto me planteo un majadero reto la mar de divertido como experimento. 

He pensado ¿y si le enchufo a chat GPT una foto del cuaderno en el que apunto mis sueños y le pido que me lo interprete en plan psicoanalista freudiano? Precisamente entre las paredes de esas habitaciones a las que conducía el pasillo es donde leí por primera vez La interpretación de los sueños de Sigmund Freud, que entonces me pareció tan original e interesante. ¿Qué ocurrirá? ¿Será acaso la IA capaz de entender mi horrible caligrafía? Y en el improbable caso de que lo lograra, ¿podría ser capaz de componer una interpretación interesante acerca de mi pesadilla?

robot psicoanalista Freudiano

Pues bien, como dicen en los clickbaits: el resultado te sorprenderá... Hete aquí la respuesta de la IA:

Sí, puedo interpretar el sueño desde una perspectiva psicoanalítica freudiana.

Análisis del sueño según Freud

  1. El internado como símbolo del superyó

    • El internado representa una institución con normas y reglas estrictas. En el psicoanálisis freudiano, esto puede asociarse con el superyó, la parte de la psique que internaliza las normas sociales y morales.
    • El hecho de estar allí nuevamente sugiere un posible conflicto con la autoridad, la disciplina o la propia moralidad.
  2. La habitación como símbolo de identidad

    • En el sueño, hay una confusión respecto a cuál es la habitación propia. La habitación, en términos psicoanalíticos, puede representar el yo y la sensación de identidad.
    • No encontrar la habitación correcta sugiere una crisis de identidad o un sentimiento de alienación.
  3. El baño como un espacio de transformación

    • El sueño comienza con el personaje yendo al baño, que en el psicoanálisis representa un espacio de limpieza, purga o transformación. Puede simbolizar la necesidad de liberarse de tensiones o sentimientos reprimidos.
    • Al regresar, el entorno ha cambiado, lo que podría indicar una transformación psíquica o el miedo a perder el control sobre la propia identidad.
  4. La decoración cambiante y la angustia de la diferencia

    • El cambio en la decoración de las habitaciones puede reflejar la ansiedad ante lo desconocido o el temor a que lo familiar se vuelva extraño (fenómeno conocido como "lo ominoso" o "Unheimlich" en Freud).
    • La diferencia en los colores (verde, amarillo, ámbar) puede representar estados emocionales distintos. El amarillo, por ejemplo, puede sugerir inquietud o alerta.
  5. La búsqueda de lo propio como angustia existencial

    • Repetidamente, el soñante entra en habitaciones que no son la suya. Esto puede reflejar un miedo a no encontrar un lugar en el mundo, a sentirse desplazado o perdido en un entorno que debería ser familiar.

Conclusión

Desde un enfoque freudiano, este sueño sugiere un conflicto con la identidad y la pertenencia, posiblemente relacionado con la autoridad, el cambio o la transformación personal. Puede reflejar angustia ante la pérdida del control sobre la propia vida o una crisis de adaptación a nuevas circunstancias.

***

Maemía, en dos palabras: im-presionante, no hay más preguntas, señoría. Me quedao to loco.

jueves, 16 de enero de 2025

Delicias oníricas

En mi sueño me había hecho conocido en el mundo de la cultura porque el director de cine Álex Montoya había adaptado en un largometraje mi relato publicado en el libro "Relatos con codeína" titulado «La hija del coronel».

El director de cine Álex Montoya

Resulta que se había convertido en la gran película de la temporada, acaparando todos los premios más importantes, incluso siendo la nominada por España a los premios Oscar.

Así que mi primera gran aparición pública fue en la Gala de los Goya en la que subí junto a Álex para recoger, como co-guionista, el Goya al mejor guion adaptado. Primero agradeció él brevemente y a continuación me cedió la palabra. Dada mi timidez y por temor a aburrir a la gente me limité a mirar al público y los señalé mientras decía "gracias a todos", e hice la forma de un corazón juntando mis dos manos —como hacen los chavales ahora— uniendo los dedos índices arriba y los pulgares en la parte de abajo; asimismo tras eso separé las manos, las alcé y esta vez crucé el pulgar con el índice en ambas manos, dibujando dos pequeños corazoncitos al modo coreano. 

Resultó que TVE —que retransmitía la Gala urbi et orbe— estrenaba en esa ocasión Deaf Sign GPT, una IA que interpretaba el lenguaje de signos de los sordomudos y lo traducía inmediatamente proyectando los subtítulos en el escenario. Y por algún motivo comenzaron a aparecer frases sin sentido traduciendo mis simples gestos cariñosos de corazoncitos como si fuera un discurso inconexo y absurdo que recordó un poco a cuando Alfredo Landa subió a recoger su Goya y le dio un ictus sobre el escenario. La gente empezó a reír al darse cuenta de lo sucedido, así que me vi impelido a concluir mi intervención imitando a Antonio Ozores gritando con mucha gesticulación:

—¡No, hija nooooooo!

Aprovechando ese gran momento de risas en todo lo alto Álex me tomó del brazo y salimos del escenario sin dejar de saludar hasta desaparecer. 

Entre la brevedad del discurso de aceptación y las bromas virales que se hicieron a continuación en redes se ve que les caí en gracia a 'Los Javis' (Javier Ambrossi y Javier Calvo), porque me invitaron a una estupenda fiesta que daban en su casa, esa tan chula que cuenta con una puerta de entrada tan grande que parece un castillo.

Fiesta posterior a los premios Goya en casa de Los Javis (Ambrossi y Calvo)

Allí estaba yo como una estrella más de la cultura deambulando sin rumbo en solitario, pues no conocía a nadie... bueno: nadie me conocía a mí.

Hablé primero con Javier Calvo, el alto de los Javis, y no sé por qué me prestó, para que lo probara, un artefacto que era una especie de masajeador de cuello y espalda que se colocaba como una mochila. Me lo puse y lo más increíble es que a la vez que te masajeaba ibas levitando a unos cincuenta centímetros sobre el suelo. Avancé así por un largo y espacioso pasillo y al final del mismo se encontraban unas hermosas jovencitas haciendo yoga o algo así, vistiendo unas prendas de ropa vaporosas tan transparentes que dejaban bien a la vista sus encantos, a una se le veían las tetas (parecidas a las de Florence Pugh), a otra un prieto culo y a otra el mismísimo chirri medio depilado. Yo flipaba recreando mi vista con aquellos cuerpos mientras literalmente levitaba y recibía un agradable amasamiento en espalda, hombros y cuello. Las chicas se me acercaban y me rodearon admirando el dispositivo.

Fiesta con Los Javis

—¿Te hace volar eso?

—Flipas tú también, ¿verdad? ¡Es total! —le dije—. Toma, prueba.

Se lo puso y alucinó y mientras tanto se me acercó mucho a la cara una muchachita rubia bien mona que me miraba super coqueta e insinuante. La besé en los labios gustosamente, pero de pronto reculé y le dije:

—Ostras, tía, no sé si ahora es preceptivo obtener un consentimiento expreso antes de dar un beso, pero me pareció que venía a cuento y te lo he plantado sin preguntar, espero que no me canceles, porfi, que acabo de empezar.

Fiesta de Los Javis

La muchacha se echó a reír, pero se apartó porque venía Javier Ambrossi a saludarme muy amablemente y diciendo cuánto le complacía mi relato, porque —según me refirió— se había comprado el libro tras ver la peli de Álex Montoya, aunque el filme no se tituló como mi cuento, sino que se estrenó con el título más comercial de «La Gran Cena de Nochebuena».

Tras un rato de animada conversación me dio la impresión como de que estaba un poco coqueteando conmigo, así que, para desviar el tren de esa vía muerta, le pregunté con grande entusiasmo por su hermana, Macarena, a quien  idolatro.

—No ha podido venir, está rodando en Estados Unidos.

—Ya es hora de que triunfe internacionalmente, se lo merece.

Woody Allen en El dormilón
robot Optimus de Tesla









En ese momento aparecieron dando palmas para que fuéramos al comedor dos robots humanoides como los de Elon Musk, los optimus esos de Tesla, pero estaban tuneados como los de Woody Allen en «El dormilón» (Sleeper, 1973).

Me di cuenta de que uno de ellos parecía un poco borracho, como el de «El guateque» (The Party, 1968).

Fotograma de la película El guateque (The Party, 1968)

Qué puta rabia me dio despertarme justo en ese instante, qué frustrante, joder.



jueves, 23 de noviembre de 2017

Pesadilla antes de Navidad... y de Acción de Gracias

Hacía mucho tiempo que no lograba perturbarme una pesadilla.

nightmare, pesadilla


En estos días, con mis defensas cerebrales débiles, he caído víctima de una de ellas. Como siempre ocurre en estos casos, parecía de lo más real.

Aparcamiento, parking enorme
Estaba en el coche, intentando sacar el vehículo de un aparcamiento. Una tarea que en principio debe ser sencilla, pero ya sabemos cómo se complican misteriosamente las cosas en los sueños... el caso es que al dar marcha atrás, por más que miraba por el retrovisor —o girando el pescuezo directamente— era incapaz de calcular la distancia, no lograba ver bien y en el sensor del aparcamiento trasero sonaban unos ruidos sin ningún sentido, unos pitidos que no aportaban ninguna pista con respecto a la distancia, era un sonar caprichoso como si de repente le diera por interpretar con pitiditos la música de la banda sonora original de "La guerra de las galaxias" o cualquier otra gilipollez por el estilo.

Coche, vehículo clásico antiguo
Ante este cúmulo de despropósitos decidí que tenía que bajar del coche para echar una mirada al aparcamiento desde fuera, con una visión global. Fue en ese momento, al apearme del coche, cuando me di cuenta de que había estado intentando conducir el coche todo el rato desde el asiento trasero... ¿¿¿???

¡Claro! —vi la luz—. Por eso me estaba resultando tan difícil una maniobra tan sencilla, porque estaba sentado en el asiento de atrás y apenas puedo llegar a los pedales o al volante, ni ver bien por los espejos.

Todo parecía tener su lógica dentro del sueño. En ese momento empezó a sonar mi móvil y recuerdo que pensé: "Debo estar borracho para no haberme dado cuenta de que estaba intentando conducir desde el asiento trasero, así que alguien (con lógica preocupación) me está llamando para interesarse por mi estado". 

telefono móvil, smartphone, despertador
Y en esas estaba cuando iba a responder al teléfono para tranquilizar a esa persona que se preocupaba por mí, cuando me di cuenta de que lo que sonaba era el despertador del móvil en la mesilla de noche porque era la hora de levantarme para ir a currar.

En fin, feliz día de acción de gracias, happy thanksgiving day, joyeux jour de l'action de grâce, que yo fiestas me apunto a todas.

P.S.- No me olvido de que tengo pendiente la anécdota de "La buena tierra".

Saluti a tutti!

domingo, 17 de febrero de 2013

El bichejo que emergió de mis sueños

Todos hemos podido experimentar en alguna ocasión –¡con asombro!– ese curioso fenómeno por el cual algo que sucede en el mundo exterior lo terminamos incorporandos a nuestros sueños. Es algo raro e inquietante, pero sabemos que sucede.

La otra mañana estaba yo tan a gustito soñando, cuando de repente un bicharraco volador empezó a golpearse en su torpe vuelo contra mi nuca, y lo hacía repetidamente, persiguiéndome, como esas moscas idiotas que entran en un bucle perpetuo de chocarse contra un cristal, llegó a hacerlo cuatro o cinco veces.

En ese momento me desperté, pero no con ese alivio que se siente al despertar de una pesadilla, sino más bien con un desasosiego como sospechando que nos hallásemos ante un caso de haber incorporado a un sueño algo que ha ocurrido realmente en la habitación en la que duermo.

Dada mi primitiva fobia a los bichos soy bastante cuidadoso de que no entren insectos en la habitación, las ventanas están "protegidas" por tupidas redecillas disuasorias, pero nunca se sabe, así que hice una inspección visual del dormitorio en busca de la indeseada presencia de algún posible insecto volador. Nada de qué preocuparse y sin embargo no me quedé muy convencido.

A lo largo de esa mañana de sábado no pude evitar preguntarle discretamente a mi mujer. 

– Oye, ¿tú esta mañana has intentado en algún momento despertarme dándome unos golpecitos con el dedo en la nuca?

Se me quedó mirando con perplejidad y me dijo que, claro, que no tenía ella nada mejor que hacer que eso. Así que, aunque no sacó el cartel de "ironía", entendí que ella no había tenido nada que ver con mi  desconcertante y prematuro despertar de aquel día.

Y ahí quedó la cosa, aunque yo seguí con la turbadora idea de que de verdad un insecto gordo chocó contra mi cabezota (que no tiene mucho que envidiar en cuanto a consistencia y volumen perimetral a la del entrenador interino del Barça: Jordi Roura).

***

En la tarde del jueves me hallaba tan tranquilitamente sentado frente al monitor del ordenador intentando lidiar con los varios cursos MOOC que realizo simultáneamente, cuando de repente, por detrás mío, a mi derecha, se escucha un perturbador zumbido provocado por el veloz aleteo de un insecto volante no identificado, el cual –absurdamente– cruza frente a mí para ir a impactar contra el monitor, pero pese a sonar un repugnante crujido como a roto, el bicho remontó de nuevo su sonoro vuelo en otra dirección. El insecto era casi del tamaño de un moscardón, pero lucía un color y "textura" de mantis. Se me puso la piel de gallina.
En estos casos suelo reaccionar nerviosa y cobardemente, como Woody Allen en la célebre secuencia de «Annie Hall» con las langostas en la cocina. 

Sali corriendo y tomé rápidamente del mueble bajo el fregadero un bote de insecticida. Crucé el pasillo velozmente como un relevista olímpico, con mi spray en la mano cual testigo, y me encerré valientemente en mi habitación: yo contra la bestia, como un torero que se enfrentara él solo contra seis toros seis.

De acuerdo: yo soy unas diez mil veces más grande y robusto que el insecto y vengo armado además con un arsenal químico, pero así es la vida (y él tiene superpoderes de los que yo carezco: puede volar). Empecé a seguir –a una prudente distancia– el vuelo del espeluznante  bichejo verde rociándolo sin descanso. Casi agotado el spray y en vista de que el bichejo no cesaba en su torpe vuelo miré el bote de insecticida por si había cogido el de "rastreros" en vez del de "alados" y cuál no sería mi sorpresa y decepción al comprobar que acababa de vaciar un inocuo ambientador.

En estas que entra mi señora a la habitación, olfatea –arrugando la nariz y echando la cabeza para atrás resoplando– mira mi mano con el spray, y me pregunta (sin necesidad de nuevo de mostrar el cartel de "ironía"):

– ¿No crees que se te ha ido un poco la mano?

– Es que creía que era insecticida y quería matar a ese bicho–
y señalo la cortina donde se acaba de posar.

– Pues vaya despedicio más tonto–
dijo, enarcando las cejas en su clásico mohín de "Dios mío, qué paciencia hay que tener", mientras se acercaba, zapatilla en mano, al bichejo y lo mandaba al cielo de los insectos de un certero golpe.

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