Hay sueños que no cuentan una historia sino que formulan una acusación, y este pertenece a esa estirpe. Comienza, como casi todo lo insoportable, con una escena que el soñante contempla desde fuera: un niño recoge heces dentro de una casa, y lo hace no por juego ni por castigo doméstico, sino porque unos soldados se lo han ordenado. La pregunta que el durmiente le dirige —por qué haces esto— es la última pregunta inocente del sueño, porque la respuesta lo despoja de toda distancia: al niño solo lo dejan vivir mientras siga recogiendo la inmundicia. La existencia, aquí, no es un derecho; es una concesión sujeta a la utilidad. Vivir a cambio de obedecer, respirar a cambio de degradarse.
El excremento no viene a hablar de dinero ni de sexo, pese a lo que quisiera cierto Freud escolar. Viene a decir algo más sencillo y más duro: que a alguien se le ha impuesto ocuparse de la porquería que otros producen, y que en esa tarea repugnante se cifra su permiso para seguir con vida. Es la materialización corporal de una humillación que en la vigilia quizá no tenga forma tan nítida: la sensación de que el propio sitio dentro de una estructura se paga aceptando lo que nadie debería aceptar.
Pero el sueño no se detiene en la compasión. Da el giro que lo vuelve grave, casi insoportable en su lucidez: el soñante descubre que él también lleva uniforme. No es el testigo indignado que creía ser; pertenece, formalmente, al grupo que hace posible el horror. Ahí está el verdadero centro de gravedad. No es un sueño de persecución, donde el mal está siempre afuera y uno es limpio; es un sueño de reconocimiento, donde uno descubre que ha estado vestido con la ropa de aquello que condena. La sombra no llega desde los soldados: llega desde el propio cuello de la camisa.
De ese reconocimiento nace la única acción posible, la deserción. Y conviene reparar en cómo huye, porque la manera lo dice casi todo. No sale gritando ni rompe filas con gesto heroico. Corre cuesta abajo fingiendo que hace deporte, para que su fuga no llame la atención, disimulando la desobediencia bajo la apariencia de la disciplina. Ese detalle —correr como si obedeciera mientras en realidad se marcha— es la imagen más precisa y más triste del sueño: la de quien quiere irse de un lugar que lo daña pero sabe que debe hacerlo con cautela, cubriéndose, midiendo cada movimiento, temeroso de la mirada ajena y de las represalias. Por fuera, ejercicio; por dentro, deserción. La libertad no se conquista aquí de un portazo, sino de puntillas.
Y entonces aparece la compañía, que viene en sentido contrario, unida, marchando, haciendo instrucción. Es la institución entera corriendo hacia lo que el soñante abandona. Muchos lo miran extrañados, y él acelera para no ser reconocido como lo que ya es: alguien que va en otra dirección. La imagen condensa el precio de conservar la conciencia propia, que es la soledad. Mientras el grupo permanece cohesionado en su obediencia, el que se separa queda expuesto, señalado, corriendo solo por el campo. Individuarse, aquí, no es una fiesta de emancipación; es aceptar ser el extraño que rema contra la formación.
Leído junto a lo que rodea al durmiente —un entorno jerárquico vivido como degradante, el deseo de salir por fin y en paz—, el sueño se ofrece menos como enigma cifrado que como continuidad emocional de la vigilia. El cuartel es el trabajo; los soldados, una autoridad sin rostro; la deserción, el anhelo de marcharse; los compañeros que observan, el temor a ser juzgado o retenido. No hay que forzar la equivalencia para sentir su verdad: el sueño no demuestra nada, pero dramatiza con una fidelidad casi cruel lo que de día apenas se deja pensar.
Importa señalar lo que el sueño no contiene, porque también eso habla. No hay pulsión de muerte ni fantasía violenta ni pérdida del suelo de lo real. La deserción es, en el fondo, un acto de conservación: el soñante corre hacia fuera, hacia el campo, hacia el aire, negándose a seguir formando parte de aquel horror. Hay dolor, sí, y hay una culpa que el relato no confiesa pero que late en su estructura —la de salvarse dejando atrás al niño, la de no haber podido rescatar a la parte más indefensa de uno mismo—. Con todo, el gesto último es sano: elegir la dignidad aunque cueste la pertenencia.
Podría resumirse su tesis emocional en una sola frase, la que el sueño parece pronunciar en voz baja mientras el durmiente corre: no quiero seguir perteneciendo a algo que degrada a las personas, pero salir de ahí me obliga a disimular, a soportar que me miren y a aceptar que voy, solo, en dirección contraria.


