Abrimos un libro pensando en la trama y cerramos otro, uno que hablaba de nosotros disfrazado de coartada. El lector cree que va a leer sobre un detective, una familia arruinada por el silencio o una guerra que sucedió lejos y hace tiempo; en realidad, sin saberlo del todo, está buscando una manera decorosa de no mirarse demasiado tiempo en el espejo. La literatura tiene esa mala educación tan suya. No pregunta si estamos preparados, no pide permiso ni avisa. Deja una frase encima de la mesa, con la misma naturalidad con que alguien deja las llaves al entrar, y se marcha sin despedirse, dejándonos a solas con lo que acaba de soltar.
Y entonces nosotros fingimos, con bastante convicción, que no la hemos visto. Hacemos la cena. Contestamos mensajes que podrían esperar. Discutimos con alguien por una tontería que el jueves ya no recordaremos, mientras la frase sigue ahí, sobre la mesa, esperando con la paciencia de quien sabe que tarde o temprano volveremos a mirarla.
Lo que a mí me interesa, lo que me detiene de verdad, es el momento exacto en que un libro se equivoca de lector. No hablo del instante en que aburre —eso es fácil de explicar, y casi siempre culpa del libro o del momento—, sino del instante en que acierta, que es mucho más raro y mucho más incómodo. Uno empieza la lectura con la seguridad de un turista que lleva mapa, plano doblado en el bolsillo, itinerario decidido de antemano, y termina, sin darse cuenta de en qué esquina se desvió, en una calle que no figura en ningún plano. El personaje que al principio nos parecía ridículo, casi una caricatura mal resuelta, empieza a hablar de pronto con nuestra propia voz, con nuestras dudas exactas, con esa cobardía particular que creíamos guardada bajo llave.
Entonces aparece la pregunta incómoda, la que preferiríamos no hacernos: ¿hemos leído el libro, o el libro, con toda su paciencia de página en página, nos ha estado leyendo a nosotros?
Un buen libro no soluciona la vida, y conviene desconfiar de quien promete lo contrario. Lo que hace es más modesto y, a la vez, más difícil: la vuelve más precisa durante unas horas. Le pone nombre a una vergüenza que arrastrábamos sin palabras, a una pérdida que habíamos aprendido a rodear sin mirarla de frente, a un deseo que hasta entonces se movía por dentro con la eficacia lenta y gris de un funcionario sin ventanilla, uno de esos que atienden pero nunca resuelven nada.
Por eso seguimos leyendo, año tras año, libro tras libro, aunque nadie nos lo exija. No para escapar de nosotros mismos, que sería la explicación más cómoda, sino para regresar con mejores instrucciones, con un mapa algo menos incompleto de nuestro propio territorio. A veces basta una sola frase, escrita en apariencia para otra persona, en otra época, en otra lengua incluso, y que sin embargo acaba mudándose a nuestra casa sin que nadie la haya invitado, ocupando un rincón del que ya no se irá.
El lector se equivoca muchas veces, y probablemente esa sea la condición misma de leer en serio. El libro, si es realmente bueno, no corrige el error. Lo aprovecha.
Si te interesa seguir leyendo sobre libros que se equivocan contigo, puedes conocer mis libros en Autor y libros.


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