Hay sueños que no cuentan una historia sino que formulan una acusación, y este pertenece a esa estirpe. Comienza, como casi todo lo insoportable, con una escena que el soñante contempla desde fuera: un niño recoge heces dentro de una casa, y lo hace no por juego ni por castigo doméstico, sino porque unos soldados se lo han ordenado. La pregunta que el durmiente le dirige —por qué haces esto— es la última pregunta inocente del sueño, porque la respuesta lo despoja de toda distancia: al niño solo lo dejan vivir mientras siga recogiendo la inmundicia. La existencia, aquí, no es un derecho; es una concesión sujeta a la utilidad. Vivir a cambio de obedecer, respirar a cambio de degradarse.
El excremento no viene a hablar de dinero ni de sexo, pese a lo que quisiera cierto Freud escolar. Viene a decir algo más sencillo y más duro: que a alguien se le ha impuesto ocuparse de la porquería que otros producen, y que en esa tarea repugnante se cifra su permiso para seguir con vida. Es la materialización corporal de una humillación que en la vigilia quizá no tenga forma tan nítida: la sensación de que el propio sitio dentro de una estructura se paga aceptando lo que nadie debería aceptar.
Pero el sueño no se detiene en la compasión. Da el giro que lo vuelve grave, casi insoportable en su lucidez: el soñante descubre que él también lleva uniforme. No es el testigo indignado que creía ser; pertenece, formalmente, al grupo que hace posible el horror. Ahí está el verdadero centro de gravedad. No es un sueño de persecución, donde el mal está siempre afuera y uno es limpio; es un sueño de reconocimiento, donde uno descubre que ha estado vestido con la ropa de aquello que condena. La sombra no llega desde los soldados: llega desde el propio cuello de la camisa.

