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jueves, 19 de noviembre de 2020

¿Tacto rectal o PCR?

 Desde la treintena empecé a asustarme al escuchar hablar de esa prueba que en unos años debe hacerse cualquier varón: el tacto rectal, el examen de próstata.

Tacto rectal, examen de próstata

Llegada la edad adecuada me fui haciendo el loco y disimulando, posponiendo el asunto cuanto pude, pero llegó un momento en el que no se podía demorar más el tema y al fin acudí, con todo el susto del mundo.

Y, oye, sí, fue un poco humillante, algo molesto y doloroso, pero rapidito y tan simple que todos esos miedos previos durante años resultaban absurdos e injustificados para lo que fue en realidad.

Creí yo entonces inocentemente que mis miedos para con la medicina y los actos de enfermería habían sido superados. ¡Ja! 

Ya me fastidió bastante enterarme, poco después de mi examen prostático de que dicha prueba era ineficaz e innecesaria. Pero lo que me terminó de fastidiar fue cuando me tuve que hacer una PCR para ver si tenía coronavirus: esa prueba en la que te incrustan un puto palito hasta el mismísimo cerebro y te lloran los ojos y sientes ganas de estornudar y darle un puñetazo a quien está empujando el palito dichoso tanto rato y con tanta fuerza como si fuera un jodido picador en Las Ventas.

Test PCR, prueba covid-19

Madre mía, qué prejuicios tan tontos tenemos... 

¡Ojalá el test del covid se hiciera metiendo un dedo por el culo!

:-)

viernes, 8 de mayo de 2020

Haiku a la muerte de su padre.


Móvil silenciado. Me acomodo en el sillón, cierro los ojos y practico la respiración abdominal. Docenas de pájaros gorjean afuera.

Trato de no pensar en nada, de vaciar la mente. Cuesta, pero una vez que me relajo y consigo adormilar al primate neurótico que pervive en nuestros cerebros, me concentro en hacer emerger los primeros recuerdos de mi vida.

Tras unos minutos reconectando neuronas aparece nítido un momento que permanecía oculto en algún rincón.

Alimentando el cerebro


Debía tener cuatro años, vivíamos cerca de Madrid y había un caminito sin tráfico, pero asfaltado: una cuesta pronunciada. Papá me había comprado un cochecito de pedales. Lo sube hasta la cima, me alecciona para que sujete firmemente el volante sin girarlo hasta llegar abajo. Quizá ya entonces me llamaba con ese nombre cariñoso que me puso y que tanto me gustaba oír: Atitito. Me suelta y el coche se acelera. Corre a mi lado por si me escoro. La velocidad tremenda que adquiero con la bajada me provoca un subidón de adrenalina excitante y cuando al fin me detengo derrapando, grito:

—¡Otra vez, papá!

Jamás me cansaba de experimentar tan emocionante sensación. Se le atribuye a Aldous Huxley la frase de que la velocidad es el único placer genuinamente moderno. A mi padre le fascinaba la velocidad, ya fuera en coche, en moto… o en caída libre. Probablemente por eso se hizo paracaidista, aunque él era artillero. Ahora acude a mí el recuerdo de cuando fuimos —por aquella misma época— a la base aérea de Alcantarilla para ver uno de los saltos en paracaídas de papá. Me sorprendo excitado mirando al cielo, aguardando la aparición de mi padre.

¿Cómo lo vamos a reconocer, mamá?

Me ha dicho que llevará un pañuelo blanco atado en la bota derecha.

Entusiasmado sigo al avión con la mirada y me percato de que mi madre está muy asustada y no entiendo el motivo: mi padre es un superhombre al que nada malo puede ocurrirle. 

Recuerdo también cuando en una gasolinera cuatro hombres pelearon contra papá, yo estaba tranquilo confiado en que saldría victorioso, pero mi madre —aterrada— tocaba el claxon y gritaba pidiendo auxilio. Aquellos tipos se dieron a la fuga y mi padre al regresar al coche dijo:

Uno me ha mordido en la mano, voy a tener que ponerme la antirrábica.

Papá se marchó un año, a finales de los sesenta, a hacer un curso de especialista en misiles a los Estados Unidos. Cuando volvió nos trasladamos de Madrid a San Roque, porque su nuevo destino era en una unidad para la defensa del Estrecho de Gibraltar.

Ahora te estoy viendo con tus aletas y las gafas de bucear desapareciendo en el mar, hacia el Peñón. A veces tardas horas y mamá se asusta cuando va anocheciendo y no has regresado, pero siempre vuelves para cuidarnos. Como aquel día que mis hermanos y yo aguardábamos impacientes que transcurrieran dos horas para poder bañarnos o —aseguraban entonces— moriríamos horriblemente de un corte de digestión. Jugábamos en la misma orilla, osando internarnos en el mar lo suficiente como para poder llenar el cubo. Mi hermana menor perdió pie con el escalón del lecho marino donde empezaba la zona que cubre, cayó boca arriba haciendo el muerto y fue arrastrada velozmente por una corriente de agua.

Alarmado corrí pesadamente sobre la arena hacia la terraza donde los mayores tomaban café gritando:

¡Papá, Silvia se ha caído al agua!

No había recorrido la mitad del camino cuando mi padre se cruzó conmigo corriendo en sentido opuesto, se lanzó de cabeza a la corriente que arrastraba a la pequeña y cual Johnny Weissmüller la alcanzó y la sacó en brazos a la orilla.

Más que esas virtudes, lo que me ha fascinado siempre de mi padre es su sabiduría y su manera de ser tan espontánea y alegre.

Siendo bachiller las matemáticas parecían un arcano inaprensible para mí, pero se convertían en sencillos divertimentos cuando papá me las explicaba en casa.

En ocasiones, si veía a mi madre muy desanimada, sabía cómo cambiar su humor. Decía:

Prepárate, que nos vamos unos días de viaje.

Mi padre y yo fotografiados por mi madre en el verano de 1968, de camino al pantano de San Juan.
Mi padre y yo en el verano de 1968.

Tenía esos inesperados y agradecibles comportamientos espontáneos. Como aquella vez que me empeñé en ver el cielo nocturno y nos llevó a una montaña a treinta kilómetros de Madrid para contemplar las perseidas.

Estudié en un internado militar. Me expulsaron por mal comportamiento y bajo rendimiento académico. Pero yo estaba enamorado de una chica de allí, la que hoy es mi mujer. Ante mis ruegos, papá redactó un escrito recurriendo mi expulsión. Fui readmitido.

Málaga: no me arranca el coche. Le digo a mi mujer que voy a una cabina a telefonear a mi padre.

Llama a una grúa, ¿qué puede hacer tu padre?

¿Qué podía hacer? ¡Magia!

Siguiendo sus indicaciones puse punto muerto y desplacé un metro el coche… y entonces arrancó. 

Tampoco era un santo. En las celebraciones religiosas familiares, al igual que yo, se quedaba en las puertas de las iglesias fumando, hacíamos buen equipo.

Él un día dejó de fumar, sin ayudas ni lloriqueos. Y no le importaba que fumásemos ante él.

Tenía su reverso tenebroso que deliberadamente obviaré. 

Un par de defectos: era un malqueda con las despedidas, las evitaba. Tampoco quería entrar en los hospitales, decía que de allí sales con lo que no has entrado.

Me subleva pensar que tú, padre, siendo un personaje tan admirable para mí, como tantas personas mayores que habrán sido modelos fundamentales para otras, seáis ahora simples cifras insignificantemente desindividualizadas en unas groseras estadísticas de ancianos fallecidos por Covid-19.

Desearía ser Jorge Manrique y componer las Coplas por la muerte de su padre, pero en mi modestia de aficionado junta-letras en los tiempos del Twitter me conformaré con perpetrar este sencillo haiku:

Genio y figura,
hasta tu último adiós  fue
a la francesa.

La próxima semana es mi cumpleaños y por primera vez en medio siglo no me tirarás  delicadamente de los lóbulos para felicitarme… y nadie en este mundo volverá a llamarme Atitito.

Haiku a la muerte de su padre.


lunes, 16 de marzo de 2020

El aleteo de un murciélago en un mercado de Wuhan...

...provoca esto —tres meses después— en un supermercado a diez mil kilómetros:



Es un "efecto mariposa", pero a lo bestia.

Fuimos el viernes por la tarde a comprar, pero nos encontramos con que no había ni agua, ni leche, ni carne, ni ensaladas... casi de nada, el panorama de los estantes era parecido al de este simpático meme antipizza de piña:

Estantes vacíos en Mercadona

La cajera nos dijo que volviéramos mañana (el sábado) a primera hora, a la apertura, porque todo se agotaba enseguida. Pues ya ven... en los estantes, pese a la enorme cola que daba la vuelta más allá de lo que grabé, apenas había productos.

Al llegar a casa el viernes por la tarde, sin apenas compra, me telefonea mi hermana y me dice que tras muchas y complicadas gestiones —milagrosamente— han conseguido que viniera una ambulancia a llevarse a mi padre al hospital porque tenía fiebre alta y mucha tos (es casi octogenario). 

Sospechoso de coronavirus


Al llegar a Urgencias rápidamente lo dejan ingresado y aislado. Ya un familiar cercano llevaba un par de días con síntomas del bicho aislado en casa  (esperando instrucciones que no llegan) por ser relativamente joven y con buena salud, pero se junta con frecuencia con mis padres, así que ya estábamos mosqueados de antes.

La tarde anterior tuve que ir a casa de mis padres a recoger un paquete y le dije a mi madre por teléfono que me lo dejara en la escalera, que no quería entrar a su casa (yo estoy en uno de los grupos de riesgo por mi trabajo).

coronavirus COVID-19


En fin, todo el fin de semana jodidos, y sin apenas información ante el colapso del sistema.

Por teléfono no dicen nada por la ley de protección del coño de su puta madre. Mi hermana se ha personado allí ahora, pero le acaban de decir que nuestro padre sigue aislado porque no tienen aún el resultado de las pruebas.

A cada rato llamo a mi madre para preguntarle si tiene tos y le pido que se ponga el termómetro.

Y este es el panorama...

Como tengo tendencia al optimismo espero buenas noticias próximamente, con la seguridad y la confianza de que vendrán tiempos mejores, tras esta pequeña excursión a la Edad Media.

Así que aquí espero noticias silbando...


Saluti a tutti!

El libro que empieza cuando el lector se equivoca

Abrimos un libro pensando en la trama y cerramos otro, uno que hablaba de nosotros disfrazado de coartada. El lector cree que va a leer sobr...