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sábado, 2 de febrero de 2013

Need for Sleep

Intenta ponerte en mi lugar.

La situación es la siguiente: te incomoda una sensación de alerta instintiva, un ruido que te sobresalta y abres los ojos y te encuentras con “el panorama”.

Te percatas de que te has dormido mientras conducías por la autovía con el coche fijado a lo máximo legalmente permitido en el regulador de velocidad de a bordo, que el ruido que te ha despertado es el de la raya continua que acabas de atravesar antes de salirte de la carretera por la izquierda y que esos bruscos sonidos y zarandeos que ahora te acongojan los producen tus neumáticos en plena excursión campestre.

La mala noticia es que en ese preciso lugar no hay quitamiedos. La peor es que en unos poquitos metros empieza el siguiente tramo del mismo, y aunque aprietas bien los puños –porque sabes que vas a impactar contra él– tienes una clara voluntad de sobrevivir a ese inevitable accidente, así que invocas a voz en grito a Dios, al Destino, al Universo o como quieras llamar a esa extraña fuerza que sospechamos lo guía todo:

-    ¡ASÍ NO, AHORA NO, JODER!

Y giras el volante tratando de volver a la carretera sin volcar y el quitamiedos está cerquísima y te lo vas a comer de todas todas. Y te lo comes. El golpe –violentísimo– produce un horrible ruido metálico y notas que te elevas sobre el suelo a más de cien kilómetros por hora, y crees que inevitablemente vas a volcar y dar vueltas de campana, porque estás a dos ruedas. Y tratas de volcar con tu cuerpo el coche para enderezarlo y caer del lado bueno mientras gritas MIERDA, MIERDA, MIERDA, como dándote ánimos y el vehículo al caer golpea brutalmente contra el asfalto, del lado correcto. ¡Chócala, ángel de la guarda!

Y no sabes cómo, pero lo has conseguido, el coche ha aterrizado derecho sin llegar a volcar, has logrado frenarlo, notas que las ruedas y las llantas están destrozadas y te vas orillando a la derecha hasta dejarlo parado sin que ponga en peligro el tráfico.

Te bajas temblando, mirando y palpándote todo el cuerpo porque no sabes si estás entero o te falta algún trozo, la adrenalina te ha convertido en un superhéroe por un rato, pero en seguida vuelves a tu pequeña humanidad miedosa y tiemblas y lloras comprendiendo lo fácil que es dejar a tus hijos huérfanos y a tu mujer viuda, de la manera más tonta, inesperada y ridícula.

Y llamas a la grúa y viene Murphy con la tostada, porque sí, claro, después de tener el seguro a todo riesgo durante ocho años, el mes pasado decidiste ponerlo a terceros. Puta crisis.

La nota alegre es que Osquitar junior, enterado del morfeístico inci/accidente, me dijo reprendiéndome cariñosamente, que no se me ocurriera volver a “jugar” al «Need for Sleep».

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