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viernes, 12 de junio de 2026

Conciencia, ECM, Gödel, Penrose y Hameroff

Hay crímenes que no dejan cadáver, solo preguntas. Este es uno de ellos: si el cerebro es una máquina, ¿por qué a veces parece pensar como si se negara a obedecer del todo a sus propios engranajes? El expediente lleva décadas abierto, y los mejores detectives no se ponen de acuerdo.

Empecemos por la escena. No hay sangre ni huellas evidentes, pero sí un objeto incómodo sobre la mesa: la conciencia, ese fenómeno tan familiar que lo damos por descontado y tan escurridizo que, en cuanto lo miramos de frente, se disuelve entre los dedos. Todos sabemos lo que es estar despiertos, sentir, recordar, dolernos. Nadie sabe explicar del todo cómo un kilo y medio de materia húmeda y eléctrica produce eso que llamamos «yo». Ahí está el caso. Y, como todo buen caso, empieza con un testigo improbable.

La incompletitud de Gödel y la reducción orquestada de Penrose

En 1931, un lógico vienés de salud frágil y razonamiento implacable, Kurt Gödel, le hizo a las matemáticas una herida elegante. Demostró que en cualquier sistema formal lo bastante potente para contener la aritmética existirán siempre verdades que el sistema no puede demostrar desde dentro. No es magia ni misticismo: es un resultado técnico, riguroso, probado con precisión. Pero su eco fuera de las matemáticas resulta perturbador, como si alguien hubiera encontrado una grieta en los cimientos de la certeza y, al asomarse, no viera el fondo. Hay verdades, vino a decir Gödel, que se ven pero no se prueban. Una afirmación inofensiva en apariencia y, sin embargo, cargada de pólvora.

Décadas después, un físico inglés con la costumbre de pensar en diagonal, Roger Penrose, leyó esa grieta como un detective lee una huella donde los demás solo ven polvo. Su sospecha, expuesta con audacia en libros que irritaron por igual a filósofos y científicos, era inquietante: si una mente humana puede reconocer ciertas verdades que ningún procedimiento mecánico cerrado alcanza, entonces quizá pensar no sea simplemente calcular. Quizá a mente haga algo que no encaja del todo con la idea de que somos, en el fondo, ordenadores de carne con patas.

Esto está en discusión, no hay consenso. Muchos lógicos y filósofos consideran que Penrose fuerza a Gödel más de lo que el teorema permite, que entre «el sistema no puede probarlo» y «la mente humana es no algorítmica» hay un salto demasiado largo. Penrose lo da; sus críticos se quedan en la orilla, señalando el abismo.

Porque debajo del caso late una vieja disputa, casi teológica en su intensidad. De un lado, quienes sostienen que la mente es computación: el cerebro sería un procesador prodigioso, y la conciencia, el resultado de cálculos suficientemente complejos. Según esta visión —la que palpita en buena parte del entusiasmo actual por la inteligencia artificial—, si imitáramos la máquina con bastante fidelidad, la conciencia aparecería sola, como aparece el calor al frotar dos manos. Del otro lado, los que sospechan que hay algo en la experiencia consciente —el sabor de un recuerdo, la punzada de comprender de golpe— que no se deja reducir a una suma de operaciones, por muchas que sean. Es la diferencia, dirían, entre la receta perfecta de la sopa y el hecho irreductible de saborearla. Turing nos enseñó hasta dónde llega el cálculo; Penrose pregunta si la mente, a veces, se sale del mapa.

El misterio cuántico de la conciencia

Hasta aquí teníamos filosofía con modales matemáticos, pero faltaba el cuerpo del delito. Si la mente hace algo extraño, ¿dónde, físicamente, lo haría? Aquí el caso da su giro más arriesgado y aparece un segundo investigador, el anestesiólogo Stuart Hameroff, con una propuesta que, según el paladar de cada cual, suena a intuición brillante o a herejía de laboratorio. Dentro de cada neurona hay unos andamios diminutos, los microtúbulos: estructuras tubulares que forman parte del esqueleto interno de la célula, presentes en casi todos los tejidos del cuerpo y también, cómo no, en los del cerebro. Hameroff sugirió que en esas habitaciones microscópicas podrían ocurrir procesos cuánticos ligados a la conciencia.

Penrose y Hameroff unieron sus sospechas en una teoría de nombre intimidante, ideal para silenciar una sobremesa: Orch-OR, reducción objetiva orquestada. Traducida al castellano de andar por casa: la conciencia no brotaría solo del tráfico electroquímico entre neuronas, sino también de ciertos procesos cuánticos profundos en esos andamios minúsculos, como si la mente no fuera únicamente una central telefónica, sino además una conspiración de precisión en lo más pequeño. Es una hipótesis fascinante. También es, conviene repetirlo, una hipótesis discutida, no una verdad establecida. Una conjetura audaz, no un veredicto.

Y toda buena historia de detectives necesita un policía escéptico. Ese papel lo interpretó el físico Max Tegmark, que hizo lo que mejor saben hacer los aguafiestas de la ciencia: calcular. Su objeción fue brutalmente sencilla. El cerebro es caliente, húmedo y ruidoso, y en un entorno así la delicada coherencia cuántica —ese estado frágil del que dependería todo el edificio— debería desmoronarse en una fracción de segundo tan ridículamente breve que no alcanzaría ni para el más fugaz de los pensamientos. Durante un tiempo, aquello sonó a acta de defunción firmada y archivada.

Pero la ciencia tiene la mala costumbre de no respetar entierros prematuros. La llamada biología cuántica empezó a mostrar casos —sobre todo en la fotosíntesis— donde ciertos efectos cuánticos parecían cumplir un papel funcional incluso en sistemas vivos, calientes, a temperatura ambiente. Eso no demuestra Orch-OR, ni de lejos. Pero debilita la versión perezosa de la crítica, esa que zanjaba el asunto con un «en biología eso es imposible, fin de la conversación». Y, para no simplificar de más: ni siquiera la fotosíntesis está tan limpia como la pintan los vídeos entusiastas. Revisiones posteriores discuten si lo observado era coherencia electrónica funcional o efectos vibracionales de otra clase. Es decir: la fotosíntesis no exonera a Penrose; solo impide que Tegmark sea el único testigo admitido en sala.

Orch-OR

Aquí conviene detenerse, porque el caso tiene una trampa, y la cultura popular cae en ella con gusto: tiende a batir varios misterios distintos hasta convertirlos en uno solo, espeso y confuso. Una cosa es que Gödel ponga límites a los sistemas formales. Otra, que la mente humana no sea algorítmica. Otra más, que esa rareza requiera física cuántica. Y otra, mucho más osada, que esa física se aloje precisamente en los microtúbulos. Son cuatro afirmaciones, no una, y cada paso entre ellas exige su propia prueba. Penrose las enhebra con una audacia admirable; sus críticos sostienen que entre una y otra hay más saltos que puentes. Dicho sin aspavientos: Gödel no probó que la conciencia sea cuántica, Penrose no probó que el cerebro piense fuera del algoritmo, y Hameroff no probó que los microtúbulos sean el teatro secreto del yo. Pero tampoco puede despacharse todo con una sonrisita de suficiencia y la etiqueta de «pseudociencia», porque debajo del ruido hay preguntas reales, y algunas objeciones que parecían definitivas hoy parecen, cuando menos, menos definitivas.

Y entonces el expediente se vuelve verdaderamente temerario. Hameroff ha insinuado que, si la conciencia dependiera en parte de información cuántica alojada en los microtúbulos, en situaciones extremas —un paro cardíaco, un colapso fisiológico, el filo mismo de la muerte— esa información no tendría por qué destruirse: podría disiparse y, si el paciente regresa, reintegrarse de algún modo. Sería un marco especulativo para las experiencias cercanas a la muerte, esas ECM que tanta gente relata con asombro: la sensación de salir del cuerpo, una luz, una revisión vertiginosa de la vida entera, una paz desconcertante, una percepción que parece ensancharse justo cuando todo debería apagarse.

Pero aquí hay que pisar con cuidado, porque las ECM son terreno abonado para el autoengaño elegante. Que existan relatos sorprendentes, o que se hayan registrado picos de actividad cerebral en los últimos instantes de la vida, no obliga a concluir que «el alma abandona el cuerpo» con el aval de la física. Las experiencias cercanas a la muerte son un fenómeno serio, que se estudia desde la neurobiología, desde la psicología y también desde hipótesis más especulativas sobre la conciencia. La idea de Hameroff es fascinante, muy cinematográfica y muy peligrosa para quien tiene hambre de certezas: por ahora no es una explicación demostrada de las ECM, sino una conjetura derivada de Orch-OR y todavía más especulativa que la teoría madre. Lo honesto, de momento, es decir que Penrose y Hameroff ofrecen una narrativa audaz para ese misterio, no su resolución.

Así que el caso sigue abierto, y quizá ahí resida lo más hermoso del asunto. Las matemáticas pusieron un límite y se marcharon sin explicarlo del todo. La física sospecha una rendija, pero no encuentra la cerradura. La biología ofrece pistas ambiguas, de esas que sirven para acusar y para absolver según quién las lea. Y la conciencia, el sospechoso de siempre, permanece sentada al otro lado de la mesa, mirándonos con esa serenidad inquietante de quien sabe algo que no piensa contar. No tenemos confesión. No tenemos pruebas concluyentes. Tenemos, eso sí, un expediente que cada década se niega a cerrarse y que, contra todo pronóstico, se vuelve más interesante cuanto más lo investigamos. El cerebro, como todo buen sospechoso, sigue respondiendo a nuestras preguntas con un silencio de apariencia inocente. Y nosotros, detectives tercos, seguimos sin saber si ese silencio esconde una verdad enorme o, simplemente, la prueba de que aún no hemos aprendido a preguntar.

sábado, 5 de octubre de 2019

Desolado cual Charlton Heston

El planeta de los simios (1968)

Qué extraña es la consciencia. El ego. Nos creemos que somos uno frente al universo y quizá solo es una ficción. Si no guardásemos recuerdos se acababa la farsa. Pero los atesoramos y tenemos esa sensación de continuidad, aunque no quede en nosotros ni una sola célula de quienes éramos —pongamos— hace diez años.

Tendemos a pensar en un mundo inmutable… pero la realidad es que no para de transformarse.

Hoy me he sentido como Charlton Heston cuando al final, en el planeta de los simios, descubre en una playa, semienterrada, la estatua de la libertad. Y, como él, grito:

¡Maníacos! ¡Lo destruisteis todo! ¡Malditos seáis! ¡Quemaos en el infierno!

Me explico: pasé un puñao de años de mi vida viendo paisajes arquitectónicos que en mi mente eran como montañas.
Hospital del Aire (Madrid)
Hoy, desolado, me entero de que hace quince años que desapareció el Hospital del Aire de Madrid, donde nacieron mis hermanos pequeños. Lleva todos esos  años sin existir y yo no tenía ni idea y me imagino que en este tiempo alguna vez habré pasado por Arturo Soria sin percatarme de nada. O quizá no, ya me he perdido en los laberintos de Cronos, qué puto desastre.


Me cuesta creer que no podré volver a desayunar aquellas deliciosas y peculiares tostadas que servían en la cafetería del hospital. Dios, si parece que las comí ayer, tan crujientes...

"La Pagoda" de Miguel Fisac 
Pero la devastación aumenta: en el mismo día me entero también de que a solo medio kilómetro de allí —hace la friolera de ¡¡¡veinte años!!!— se cargaron el edificio del arquitecto Miguel Fisac conocido como La Pagoda, visible y perfectamente reconocible desde la Nacional II.


Qué agradable era vivir en la ignorancia de seguir pensando que ambos edificios seguían en pie. Para agravarlo todo observo que el edificio Pagoda ha sido sustituido por un bloque de oficinas horroroso y en el hueco del antiguo hospital aún no han construido nada después de tanto especular (parece que construirán una clínica Quirón en breve).

Ojalá un universo paralelo en el que no cupieran políticos corruptos ni sectas religiosas y ambos edificios siguieran en pie y pudiera desayunar allí mañana sin tener a nadie ingresado/a... salvo que fuera en la maternidad.




P.S.- La playa de la peli, que uno supondría sita en la costa Este USA se ubica en realidad en la costa californiana (lo busqué una vez por internet y desde entonces la he visto en varias series y pelis... como cuando descubrí la playa de Mónsul en el Cabo de Gata).

¿Y si Dios nos está entrenando? La teoría que une el DMT, el karma y los ángeles

Un cerebro humano fabrica, en su propia glándula pineal, una molécula capaz de abrir la puerta a un mundo poblado de seres. No fantasmas dif...