lunes, 28 de septiembre de 2026

La película que nos mira desde el sofá

Hay películas que empiezan de verdad cuando aparecen los títulos de crédito. No porque sean profundas, que es una palabra que suele pedir un café solo, una subvención y a ser posible un festival donde lucirse, sino porque algo de ellas se queda encendido mientras nosotros, ya de pie, buscamos el mando entre los cojines del sofá.

La escena vuelve sin permiso, días o años después, en el momento menos oportuno: una puerta que no llega a abrirse, una canción que aparece demasiado tarde para salvar nada, un personaje que sonríe justo cuando debería estar pidiendo perdón de rodillas. El cine tiene esa incómoda costumbre de instalarse en la memoria cual huésped que ha entendido deliberadamente mal la duración de la visita que le habíamos concedido.

Espectador en un sofá frente a una película que parece observarle desde la pantalla

A mí me interesan las películas que no gritan su propia importancia, las que no necesitan colocar un violín debajo de cada lágrima ni subrayar la metáfora con rotulador fluorescente, como si temieran que se nos pasara por alto. En esas películas, una mirada puede durar dos segundos escasos y sin embargo cargar con veinte años de silencio acumulado. Una cocina mal iluminada, con esa luz amarillenta de tubo fluorescente a punto de fundirse, puede explicar un matrimonio entero mejor que media hora de discurso sobre la incomunicación conyugal.

El cine, además, es una máquina extraordinariamente eficaz de fabricar testigos. Durante hora y media observamos a desconocidos tomar decisiones que, vistas desde la comodidad del sofá, con la mantita puesta y el mando al alcance de la mano, nos parecen absurdas, hasta gritables. Y luego, apagada la pantalla, repetimos alguna de esas mismas decisiones absurdas con una serenidad que a los personajes de la película jamás les habríamos permitido.

Y mientras tanto la tecnología ha cambiado por completo nuestra forma de mirar. Podemos detener una película en cualquier fotograma, ampliar un plano hasta descomponerlo, corregir el color que el proyector del cine de barrio nos escatimaba, escuchar los comentarios del director sobre por qué eligió ese encuadre y no otro, y consultar en dos clics quién diseñó la lámpara que aparece, casi de refilón, en el minuto cuarenta y tres. La imagen ya no termina en la pantalla: se ramifica en búsquedas nocturnas, en foros de desconocidos tan obsesivos como uno mismo, en vídeos de gente que explica el final con flechas rojas y una seguridad que envidio. Y aun así, con todo ese aparato al servicio de la comprensión, el misterio central de la escena permanece intacto, casi ofendido por tanta explicación.

Butaca de cine y película reflejada en una tira de celuloide, imagen sobre la memoria cinematográfica

Porque una película no es un acertijo que deba quedar resuelto antes de acostarse, con las piezas bien encajadas y la conciencia tranquila. Es una experiencia que cambia según evoluciona quien la mira, aunque el fotograma sea exactamente el mismo. La escena que a los veinte años nos parecía el colmo del romanticismo puede parecernos, a los cincuenta, una forma bastante elegante —y bastante triste— de pedir ayuda sin decirlo con esas palabras. Quizá por eso volvemos a ciertas películas cada pocos años, casi por compromiso, casi por cariño. No para recuperar el pasado, que no se recupera viendo nada, sino para comprobar qué parte de nosotros sigue todavía allí, agazapada, esperando a que alguien la reconozca.

El actor no ha envejecido en la pantalla; sigue teniendo la misma cara, el mismo gesto, la misma manera de encender un cigarrillo que tenía el día del rodaje. Nosotros sí hemos envejecido, en cambio, y esa diferencia entre lo inmóvil y lo que se transforma produce una clase de conversación bastante extraña, casi fantasmal, entre quien fuimos y la imagen que se quedó fija para siempre.

Al final, el cine no nos dice quiénes somos, y sería ingenuo pedírselo. Hace algo bastante más incómodo, y por eso mismo más valioso: nos muestra quiénes fuimos cuando estábamos absolutamente convencidos de que ya sabíamos quiénes éramos.

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jueves, 24 de septiembre de 2026

La inteligencia artificial no piensa como nosotros, y esa es la noticia

La inteligencia artificial ha irrumpido en la conversación pública con la misma discreción que un elefante en una reunión de vecinos: derribando las macetas del rellano, pisando la alfombra ajena, obligando a todos a opinar sobre algo que hasta ayer mismo ignoraban por completo. Unos anuncian el fin del trabajo tal como lo conocemos. Otros prometen una edad dorada de ocio y abundancia. Y casi todo el mundo, de un día para otro, ha descubierto que tenía una opinión formada —y firme, y con frecuencia irreconciliable con la del vecino— sobre los modelos de lenguaje.

Convendría bajar el volumen. La noticia verdaderamente interesante no es que una máquina escriba un poema decoroso o resuma un informe de doscientas páginas en dos párrafos. Eso es un truco de manos, impresionante pero comprensible. Lo interesante, lo que de verdad debería detenernos, es que esa máquina pueda producir una respuesta convincente sin poseer una experiencia del mundo remotamente parecida a la nuestra.

Mujer frente a una pantalla con una red de conexiones que representa la inteligencia artificial y sus modelos de lenguaje

Un sistema de inteligencia artificial no recuerda el olor de la casa de sus abuelos, si es que alguna vez tuvo abuelos que oler. No ha esperado un diagnóstico sentado en el pasillo de un hospital, mirando el reloj como si mirarlo sirviera de algo. No ha perdido un tren por quedarse discutiendo con alguien a quien quería demasiado como para dejarlo ir sin la última palabra. No ha leído una novela a escondidas debajo de la manta, con una linterna que se iba apagando y un miedo dulce a que lo pillaran. Puede manejar las palabras con una soltura asombrosa —más que la mía, desde luego, y sospecho que más que la de cualquiera que esté leyendo esto—, pero esa soltura no equivale a tener una biografía. Hablar bien de la nieve no es haber tenido frío.

La diferencia importa, y mucho, porque tendemos a confundir la facilidad verbal con la comprensión. Cuando una máquina responde con aplomo, con esa cadencia segura de quien sabe de lo que habla, nuestro cerebro hace el resto del trabajo por su cuenta: le atribuye intención, le presta memoria, le regala ironía y hasta una pizca de tristeza electrónica. El cerebro humano ve caras en las nubes, figuras en las manchas de humedad y personalidad en el asistente de voz que le recuerda una cita médica. Pero eso lo ponemos nosotros.

Nada de esto convierte a la inteligencia artificial en un fraude ni en una moda pasajera. Al contrario: puede comparar documentos, detectar patrones, traducir, programar, generar imágenes y ayudarnos a empezar tareas que llevábamos meses posponiendo. Es poderosa precisamente porque no necesita parecerse a una persona para ser útil. Nadie le pide alma a un martillo, y aun así levantamos casas con él.

El problema empieza cuando le pedimos autoridad allí donde solo tiene capacidad. Una respuesta bien escrita puede contener un error de bulto. Un gráfico pulcro puede sostener una conclusión falsa. La máquina produce la frase más plausible según sus patrones y nos deja a nosotros la tarea de comprobarla.

Ilustración de inteligencia artificial y pensamiento humano: una mujer analiza una red de datos en la pantalla

La verdadera revolución no consiste en que las máquinas se vuelvan humanas. Consiste en que tendremos que aprender a convivir con algo que habla con fluidez, calcula a velocidades que insultan a cualquier cerebro biológico y no comparte nuestras consecuencias. No paga las facturas de sus errores ni carga con la vergüenza de haberse equivocado en público.

Habrá que pedir fuentes, revisar los resultados y conservar el derecho a decir esto no lo sé. Parece una exigencia modesta. En realidad es una forma radical de inteligencia: saber dónde termina lo que uno sabe.

La inteligencia artificial no piensa como nosotros, y quizá ni siquiera sea justo llamarlo pensar. La pregunta decisiva no es qué hará la máquina con nosotros. Es qué haremos nosotros con esa diferencia.


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lunes, 21 de septiembre de 2026

Introducción a las ciencias noéticas y otros saberes prohibidos

De escéptico convencido a explorador de la conciencia no local


Desde que tengo uso de razón he leído, indagado e investigado acerca del sentido de la vida, pero durante mucho tiempo lo hice dentro de una jaula intelectual: condicionado por convenciones científicas y metodológicas que me llevaban a desconfiar de cualquier afirmación que no pudiera validarse mediante los métodos aceptados. A quienes se apartaban del camino principal tendía a considerarlos charlatanes y rechazaba de antemano sus propuestas. Era una postura prudente y, hasta cierto punto, razonable.

Probablemente habría seguido así si no hubiera vivido una experiencia cercana a la muerte (ECM) durante el más grave de mis infartos. Una cosa es leer testimonios muy convincentes y conservar ciertas dudas, y otra muy distinta es atravesar personalmente una experiencia que uno vive como una certeza. 

No pretendo convertirla en una prueba para los demás, pero sí reconocer que modificó radicalmente mi manera de entender la conciencia. De no haber pasado por aquel trance tan brutal, imagino que seguiría siendo un escéptico con la mente cerrada a cualquier idea fuera de lo convencional.

También hay que tener en cuenta que hoy disponemos de herramientas conceptuales y tecnológicas que pueden ayudarnos a pensar la realidad de otra manera. En mi juventud no se me ocurría incorporar el paradigma computacional al conocimiento existencial, ni el funcionamiento de las redes globales como internet, ni el concepto de los datos «en la nube», ni la realidad virtual, los metaversos, los videojuegos o la inteligencia artificial. Todo ello puede contribuir a desarrollar modelos de pensamiento más complejos y a ampliar algunos esquemas filosóficos muy antiguos.

Conciencia no local, entropía, amor y miedo

Con quince años ya había leído los testimonios de Raymond Moody en Vida después de la vida y libros tan singulares como El centro del ciclón, de John C. Lilly. Ya tenía, por tanto, cierta apertura de mente, aunque combinada con la curiosidad y el escepticismo. También leía con interés morboso a von Däniken, aun intuyendo que buena parte de su obra pertenecía más a la especulación fantástica que a la investigación histórica.

No recomiendo morirse con fines meramente epistemológicos —saldría más caro el ajo que el pollo, y ya llegará nuestra hora—. Dado que hoy existen numerosos investigadores y autores vinculados al estudio de la conciencia, me limitaré a recomendar algunas lecturas y entrevistas. Como son muchos, y vivimos en la era de las redes y del vídeo, sugiero buscar primero en YouTube alguna conversación con cada autor y, según lo que despierte el interés de cada cual, profundizar después en sus libros, conferencias o podcasts.

Lo que sigue es un resumen orientativo, ordenado según mi valoración personal de su trayectoria, el interés de sus ideas y el grado de respaldo científico o académico de cada propuesta. No es una clasificación objetiva ni pretende colocar en el mismo plano la investigación experimental, la filosofía y el relato experiencial.

Primer bloque: investigación y formación científica destacadas

Donald Hoffman
Un punto de partida especialmente interesante. Doctor por el MIT, profesor emérito de Ciencias Cognitivas en la Universidad de California, Irvine, y autor de numerosos artículos revisados por pares, Hoffman defiende que el espacio-tiempo podría ser una interfaz evolutiva y no la realidad última. Su charla TED «Do We See Reality As It Is?» es una buena puerta de entrada. El libro de referencia es The Case Against Reality (2019).

Federico Faggin
Una figura curiosa: no procede del mundo académico de la conciencia, sino de la física y la ingeniería, y fue uno de los principales responsables del desarrollo del microprocesador Intel 4004. Cuando alguien con ese perfil técnico dedica sus últimos años a defender una concepción cuántica y fundamental de la conciencia, merece atención, aunque no se comparta la conclusión. Tiene charlas extensas explicando su teoría y su libro se titula Irreducible.

Rupert Sheldrake

caricatura del científico Rupert Sheldrake

Un caso especial: doctor en bioquímica por Cambridge, con una trayectoria inicial legítima en fisiología vegetal antes de proponer la hipótesis de la resonancia mórfica. Su charla TEDx de 2013, «The Science Delusion», generó un debate sobre los límites de la divulgación científica y fue retirada de la distribución principal de TEDx tras una revisión de la organización. El libro asociado es Science Set Free, también publicado como The Science Delusion (2012).

Bernardo Kastrup
Doctor en ingeniería informática y en filosofía, y probablemente uno de los defensores más sistemáticos del idealismo analítico en la actualidad. Aquí estamos principalmente en terreno filosófico, no experimental, pero sus argumentos están desarrollados con ambición y coherencia interna. Sus diálogos en el canal de la Essentia Foundation son un buen punto de entrada. El libro de referencia es The Idea of the World (2019).

Bruce Greyson
Quizá el más conservador del grupo. Es profesor emérito de psiquiatría y neurociencias conductuales de la Universidad de Virginia, y ha investigado durante décadas las experiencias cercanas a la muerte. Sus entrevistas en Closer to Truth y New Thinking Allowed son sobrias y poco sensacionalistas. Su libro es After (2021).

Dean Radin
Científico jefe del Institute of Noetic Sciences y expresidente de la Parapsychological Association. Es uno de los investigadores más conocidos de los fenómenos psi, aunque sus resultados y los de su campo siguen siendo objeto de controversia y no cuentan con una aceptación generalizada. Su libro The Conscious Universe (1997) resume bien su postura.

Herbert Spiegel
Cierra este bloque con una nota distinta: tuvo una formación médica sólida y fue un pionero de la hipnosis clínica dentro de la psiquiatría convencional. No dejó una obra de divulgación masiva, así que conviene buscar sus artículos clínicos y las grabaciones de demostraciones del Hypnotic Induction Profile.

ECM ciencia espiritualidad conciencia no local hipnosis


Segundo bloque: formación científica sólida y conclusiones más controvertidas


Andrew Gallimore
Neurobiólogo computacional doctorado en Cambridge, con trabajo especializado en farmacología del DMT junto a Rick Strassman. Su libro Alien Information Theory (2019) es una de las propuestas más coherentes dentro de la especulación psicodélica.

Bruce Lipton
Doctor en biología del desarrollo por Stanford, aunque su idea de que las creencias pueden reescribir la expresión génica recibe un fuerte rechazo desde sectores de la biología molecular convencional. Su libro The Biology of Belief (2005) sigue siendo uno de los más populares de esta lista.

Tara Swart
Neurocientífica y psiquiatra vinculada al MIT Sloan, aunque su libro The Source (2019) se mueve más en el terreno del desarrollo personal que en el de la investigación experimental estricta.

Helané Wahbeh
Con formación en investigación clínica, dirige trabajos del Institute of Noetic Sciences y aplica metodología formal a un objeto de estudio tan controvertido como la canalización. Su libro es The Science of Channeling (2021).


Tercer bloque: material cultural, experiencial y narrativo


Thomas Campbell

Thomas Campbell

Tiene formación en física, aunque su trilogía My Big TOE (Mi gran teoría del todo) es una obra autopublicada.

Campbell destaca por su intento de unificar ciencia y espiritualidad mediante un enfoque lógico, basado en la experimentación directa de la conciencia. Su mayor virtud, a mi juicio, es el compromiso con la evolución humana y la idea de que el propósito de nuestra existencia consiste en reducir la entropía interna mediante el amor, la cooperación y la superación del miedo.

Lo veo en sus vídeos con una gestualidad tranquila y un convencimiento que consigue atraerme a su terreno. Ahora estoy leyendo su trilogía TOE.

Dale Graff
También procede de la física y dirigió el programa gubernamental Stargate de visión remota, un campo cuyos resultados no han alcanzado una aceptación científica generalizada ni una replicación independiente concluyente.

David Hawkins
Comenzó como psiquiatra, pero evolucionó hacia una escala de conciencia basada en la kinesiología aplicada. El sistema está diseñado de una manera que dificulta su refutación, lo cual es una señal metodológica problemática, aunque no por ello carece de interés cultural o espiritual.

Robert Monroe
Sin formación científica especializada en este campo, fue un pionero principalmente experiencial. Su importancia reside en haber popularizado el concepto de experiencia extracorporal con Journeys Out of the Body (1971).

Stephan Schwartz
Sin formación científica reglada específica, desarrolló trabajos de arqueología remota y de visión remota aplicada. Sus métodos y conclusiones no cuentan con controles independientes ampliamente aceptados, pero su trayectoria y perseverancia lo convierten en una figura que merece atención.

Yo no ignoraría sus precisas profecías del futuro: para mí, Stephan Schwartz es el «adivino» documentado más exacto de todos los tiempos. Esa es mi valoración personal, basada en la evidencia documental.


¿Te cuesta meditar? Bola extra, bonus

Si alguien se frustra por no ser capaz de meditar de manera convencional, pero le gustaría iniciarse con ciertas garantías de éxito, puede probar con unos buenos auriculares y los audios binaurales Hemi-Sync del Instituto Monroe, o descargar la aplicación Expand: Beyond Meditation. Con la cuenta gratuita es suficiente para empezar.


Canales recomendados en YouTube para ampliar información

• New Thinking Allowed, con Jeffrey Mishlove.

• Closer To Truth.

• Institute of Noetic Sciences.

• Essentia Foundation.

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jueves, 17 de septiembre de 2026

El libro que empieza cuando el lector se equivoca

Abrimos un libro pensando en la trama y cerramos otro, uno que hablaba de nosotros disfrazado de coartada. El lector cree que va a leer sobre un detective, una familia arruinada por el silencio o una guerra que sucedió lejos y hace tiempo; en realidad, sin saberlo del todo, está buscando una manera decorosa de no mirarse demasiado tiempo en el espejo. La literatura tiene esa mala educación tan suya. No pregunta si estamos preparados, no pide permiso ni avisa. Deja una frase encima de la mesa, con la misma naturalidad con que alguien deja las llaves al entrar, y se marcha sin despedirse, dejándonos a solas con lo que acaba de soltar.

Y entonces nosotros fingimos, con bastante convicción, que no la hemos visto. Hacemos la cena. Contestamos mensajes que podrían esperar. Discutimos con alguien por una tontería que el jueves ya no recordaremos, mientras la frase sigue ahí, sobre la mesa, esperando con la paciencia de quien sabe que tarde o temprano volveremos a mirarla.

Lector inmerso en un libro mientras una imagen luminosa transforma la habitación

Lo que a mí me interesa, lo que me detiene de verdad, es el momento exacto en que un libro se equivoca de lector. No hablo del instante en que aburre —eso es fácil de explicar, y casi siempre culpa del libro o del momento—, sino del instante en que acierta, que es mucho más raro y mucho más incómodo. Uno empieza la lectura con la seguridad de un turista que lleva mapa, plano doblado en el bolsillo, itinerario decidido de antemano, y termina, sin darse cuenta de en qué esquina se desvió, en una calle que no figura en ningún plano. El personaje que al principio nos parecía ridículo, casi una caricatura mal resuelta, empieza a hablar de pronto con nuestra propia voz, con nuestras dudas exactas, con esa cobardía particular que creíamos guardada bajo llave.

Entonces aparece la pregunta incómoda, la que preferiríamos no hacernos: ¿hemos leído el libro, o el libro, con toda su paciencia de página en página, nos ha estado leyendo a nosotros?

Un buen libro no soluciona la vida, y conviene desconfiar de quien promete lo contrario. Lo que hace es más modesto y, a la vez, más difícil: la vuelve más precisa durante unas horas. Le pone nombre a una vergüenza que arrastrábamos sin palabras, a una pérdida que habíamos aprendido a rodear sin mirarla de frente, a un deseo que hasta entonces se movía por dentro con la eficacia lenta y gris de un funcionario sin ventanilla, uno de esos que atienden pero nunca resuelven nada.

Libro abierto

Por eso seguimos leyendo, año tras año, libro tras libro, aunque nadie nos lo exija. No para escapar de nosotros mismos, que sería la explicación más cómoda, sino para regresar con mejores instrucciones, con un mapa algo menos incompleto de nuestro propio territorio. A veces basta una sola frase, escrita en apariencia para otra persona, en otra época, en otra lengua incluso, y que sin embargo acaba mudándose a nuestra casa sin que nadie la haya invitado, ocupando un rincón del que ya no se irá.

El lector se equivoca muchas veces, y probablemente esa sea la condición misma de leer en serio. El libro, si es realmente bueno, no corrige el error. Lo aprovecha.

Si te interesa seguir leyendo sobre libros que se equivocan contigo, puedes conocer mis libros en Autor y libros.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Marujo metomentodo

Así, con Marujo Metomentodo, alcahueto y con calificativos similares es como suele afearme mi señora esa costumbre ancestral mía de hablar con algunas personas que aparecen en la pantalla del televisor.

Como sé que ese vetusto y caduco medio que es la tele funciona unidireccionalmente, de manera que el receptor puede escuchar al emisor pero no al contrario, me permito habitualmente hacer comentarios sobre lo que veo en pantalla, normalmente para criticar, la verdad, y a menudo blasfemar grandemente cuando aparecen ciertos políticos. Pequeños desahogos que uno se regala, pecaditos veniales.

Sé que es miserable desperdiciar tiempo en cotilleos y en críticas gratuitas... lo sé, de verdad.

Me consta que eso tan solo provoca un aumento de la entropía en el universo, que es lo último que necesitamos, que verdaderamente deberíamos amarnos los unos a los otros, como mandan —¡con buen criterio!— todas las religiones.

Pero, permítanme por una vez liberar mi pequeña maldad... como algo excepcional, ¿vale?

Verán, el otro día viendo en el informativo de Cuatro (por pura casualidad, no suelo ver las basuras de Mierdaset ni de Atresmierda tampoco, publicidad y estiercol a toneladas) me encontré con esta imagen:

Payasas mal vestidas

¿Es cosa mía o les quedan horriblemente mal, fatal, las ropas a ambas presentadoras?

A la de los informativos, la de la izquierda, dan ganas de darle unos bocadillos para que engorde y pueda rellenar esa payasada de traje enorme blanco que lleva.

Y en cambio a la otra, a la de la información del Tiempo, se le nota algo apretadita en esas estrecheces de ropajes, ¿no?

Así que me dije:

—¿Por qué no se intercambian las ropas?

Convencido de la solución genial que se me había ocurrido, le hice una foto a la pantalla de mi televisor y le metí la imagen a ChatGPT diciéndole que les cambiase las vestimentas.

¡Y hete aquí el resultado!

Al fin bien vestidas

¡¡¡NO ME DIGAN QUE NO ESTÁN MUCHÍSIMO MÁS ELEGANTES AMBAS ASÍ!!!

Ufff, qué a gusto me he quedado, lo siento.

Bueno, ¡qué demonios! Ya que estamos lanzados y entregados a la maldad voy a soltar otra cosa que llevo muchos años pensando en silencio.

Es acerca de esta presentadora deportiva, la que retransmite el Mundial de Motociclismo en esa inmundicia de plataforma llamada DAZN, Izaskun Ruiz:

Izaskun Ruiz, presentadora de MotoGP en DAZN

¿¿De verdad es solo cosa mía o esa presentadora parece que lleva unas gafas de esas con nariz incorporada como estas??

Gafas de broma con nariz incorporada

Discúlpenme la pequeña maldad. 

Izaskun, eres una belleza 😍, perdóname la tontería.  

Si te ha gustado esta travesura y quieres seguir leyendo gamberradas similares, visita la sección «Autor y libros» para descubrir mis historias y mis libros. 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Casandra y los pequeños profetas anónimos

Hay tardes que no parecen anunciar nada y que, sin embargo, se quedan. 

La de esta historia era una tarde cualquiera, de esas que uno olvida antes de llegar a casa, y solo por una casualidad de horarios —los jardineros municipales, la avenida, mi paso lento de costumbre— acabó convertida en algo que todavía, semanas después, no sé bien cómo llamar. Puede que solo sea una anécdota de pueblo. Puede que sea, a su modesta manera, una lección sobre la autoridad de quien sabe de verdad frente a quien solo cree saber. Que el lector decida, al final, de qué lado se queda.

La avenida en cuestión es una de esas calles anchas y sin apenas gracia que rodean las instalaciones deportivas municipales, un lugar de paso más que por el que casi nadie se detiene a mirar nada. Yo la cruzo con frecuencia, y desde hace tiempo tengo con ella una relación de fastidio menor, casi doméstico: los setos que bordean el lateral de las pistas se han acostumbrado a crecer hacia fuera, a desbordarse sobre la acera con una insolencia vegetal que a mí, particularmente, me irrita más de lo que debería. Hay algo en un seto que invade el espacio de los peatones que me resulta una pequeña traición al orden de las cosas: el vegetal se supone que debe quedarse en su sitio, y este no se queda. Camino por ahí a menudo esquivando ramas, arrimándome a la calzada, murmurando en silencio contra un desorden que en realidad a nadie más parece importarle.

El profeta de los setos acertó

Aquella tarde, sin embargo, el desorden estaba siendo corregido. Varios operarios municipales, con esas herramientas de motor que cortan el aire antes de cortar la hoja, se afanaban en devolver los setos a su límite legítimo. Y lo hacían, hay que decirlo, sin ninguna delicadeza: cortaban al ras, a lo bestia, como quien no tiene tiempo ni ganas de sutilezas jardineras. Pasé a su altura despacio, con esa curiosidad un poco boba que a veces me detiene ante cualquier oficio ajeno al mío, y fue entonces cuando escuché, sin buscarlo, un fragmento de conversación que no iba dirigido a mí.

Uno de los operarios —parecía algo indignado— le explicaba a su compañera, con la paciencia de quien repite algo que ha explicado muchas veces y ya no espera sorprender a nadie, que cortar así, tan agresivamente, iba a dejar los setos sin color. Mencionó la fotosíntesis, mencionó la clorofila, mencionó, con esa mezcla de rigor técnico y desgana laboral tan propia de quien lleva media vida haciendo lo mismo, que esas arizónicas se iban a quedar descoloridas y horriblemente feas por culpa de aquella poda salvaje. Ella no dijo nada que yo alcanzara a oír. 

Seguí caminando, y confieso que no le di al comentario más importancia que la que se le da a cualquier frase escuchada al azar en la calle: entra por un oído, se queda flotando un instante, y se va.

Pero algo debió permanecer. No sé explicar por qué una frase técnica sobre setos municipales se instala en la memoria con la persistencia con la que se instalan solo las cosas que, sin saberlo aún, presentimos importantes. Creo que es porque yo mismo me había preguntado muchas veces por qué no podaban bien esos setos que invadían la acera. Tal vez fue el tono del hombre, ese tono de quien no está adivinando sino constatando, la misma diferencia que existe entre el que apuesta y el que sabe. Tal vez fue simplemente que, por una vez, alguien me explicaba —sin pedírselo, sin dirigirse a mí siquiera— por qué las cosas iban a ser de una manera y no de otra. El caso es que la frase se quedó ahí, guardada en ese cajón de la memoria donde van a parar los comentarios ajenos que uno no sabe todavía para qué va a necesitar.

Pasaron las semanas. La vida siguió su curso ordinario, hecho de rutinas que no merecen mención y que, sin embargo, son las que de verdad componen una biografía: la misma avenida, los mismos horarios, el mismo paso ligeramente apresurado de quien va a algún sitio sin demasiada urgencia. Y entonces, un día, sin que yo lo hubiera planeado ni recordado siquiera de forma consciente, volví a pasar por delante de aquellas instalaciones deportivas.

Lo que vi me detuvo. Los setos, otrora verdes con esa vitalidad casi vulgar de la vegetación bien cuidada, se habían convertido en una franja marrón, gris, apagada, del color exacto de las cosas que han sido dañadas y todavía no saben si van a recuperarse. No era el marrón noble del otoño, ese color que uno acepta porque forma parte de un ciclo conocido. Era un marrón-gris de herida, de corte mal curado, un color triste que no anunciaba renovación sino simplemente pérdida. Y ahí, de pie frente a aquel seto desahuciado, me acordé del operario y de su clorofila.

Saqué el teléfono e hice un par de fotografías, no sé bien con qué intención exacta, quizá solo con el impulso de quien quiere guardar la prueba de algo que le ha resultado, por un instante, revelador. Y mientras guardaba la imagen pensé, con una media sonrisa que no sabía si era hacia el jardinero o hacia mí mismo, que aquel hombre había sido, sin proponérselo, una especie de profeta menor. No de los que anuncian guerras ni caídas de imperios, sino de los que anuncian, con total exactitud, lo que le va a pasar a un seto dentro de unas semanas. Un profeta de escala doméstica, adecuado a mi propia vida, que tampoco suele tratar con imperios.

Y aquí es donde la anécdota, que hasta ahora parecía cerrarse sola, se me quedó abierta. Porque lo interesante no es que el jardinero tuviera razón —tenerla era, al fin y al cabo, su oficio, y sería extraño lo contrario—, sino la extrañeza con la que yo, testigo casual, recibí el cumplimiento de aquella pequeña profecía. Vivimos rodeados de gente que sabe cosas exactas sobre el futuro inmediato de las cosas que maneja: el electricista sabe qué cable va a fallar, el médico sabe qué articulación se va a quejar dentro de diez años, el jardinero sabe qué seto se va a quedar marrón. Y sin embargo, cuando el futuro que anuncian se cumple delante de nuestros ojos, seguimos reaccionando con la misma sorpresa infantil con la que reaccionaríamos ante un oráculo antiguo, como si el conocimiento técnico y la adivinación no fueran, en el fondo, primos muy cercanos.

El seto de arizónicas mutilado: menos molesto, pero descolorido

Quizá lo que de verdad me detuvo frente al seto marchito no fue el color, sino la comprobación silenciosa de algo que rara vez pensamos: que estamos permanentemente rodeados de pequeñas profecías cumplidas que no nos importa comprobar. Nadie vuelve al lugar donde escuchó al electricista, al médico o al jardinero para verificar si tenían razón. Aceptamos su palabra como acto de fe profesional y seguimos caminando. Yo, por algún motivo que todavía no acabo de entender del todo, sí volví. Y me encontré con la prueba.

Este finde tuve una concurrida comida familiar y salió el plasta descerebrado de mi cuñado a intentar convencerme de que el cambio climático y el calentamiento global no existían, que eran los ciclos naturales y blablablá.

Ni me molesté en intentar asesarle mínimamente, simplemente le dije que a mí me parecía bien que él fuera terraplanista si quería, pero que no me diera la brasa con sus pobres falacias lógicas y sofismas, que ya me sabía de memoria.

Dicho lo cual giré la cabeza hacia otro comensal y seguí hablando con los adultos de la sala mientras él intentaba dejar claro que no creía que la Tierra fuera plana. 😉

Digo esto porque, como el jardinero, voy a dejar mi profecía aquí para quien quiera leerla y entenderla: en los próximos veinte años vamos a morir unos cinco mil millones de personas en la Tierra a consecuencia directa o indirecta del cambio climático que hemos provocado con nuestras acciones destructivas y por perseverar estúpidamente en la quema de combustibles fósiles. 

Si te interesan las profecías puedes visitar mis libros y conocer el resto de mis historias en  la sección Autor y libros.


miércoles, 29 de julio de 2026

¿Y si Dios nos está entrenando? La teoría que une el DMT, el karma y los ángeles

Un cerebro humano fabrica, en su propia glándula pineal, una molécula capaz de abrir la puerta a un mundo poblado de seres. No fantasmas difusos: entidades técnicas, indiferentes, con una consistencia asombrosa entre desconocidos que jamás se han cruzado. El chamán siberiano las ha visto. El ayahuasquero shipibo las ha visto. El iniciado de Eleusis, hace veinticinco siglos, también. Una radio no crea la emisora que sintoniza. Solo la filtra.

Voy a defender, hasta el final y sin las cortesías del relativismo, que ese canal es real, que conduce a otra capa de la realidad, y que esa capa está gestionada. No por un Dios que nos observa con ternura paternal, sino por un Programador que nos entrena para no hacerle daño.

¿Y si Dios nos está entrenando? La teoría que une el DMT, el karma y los ángeles

viernes, 17 de julio de 2026

Curt Richter y sus miserables experimentos con las ratas

Curt Richter, en su laboratorio de Johns Hopkins, practicó uno de esos experimentos cuya crueldad hoy repugna incluso antes de que empiece la reflexión. Llenaba recipientes de agua, arrojaba dentro a las ratas y medía cuánto tardaban en rendirse. El dato, repetido con una regularidad siniestra, parecía simple: braceaban unos minutos, se agotaban, se hundían. Pero Richter introdujo una variación mínima, casi trivial: sacar a una de ellas del agua justo antes del final, dejarla respirar, secarla, devolverla luego al mismo recipiente. Y entonces ocurrió algo desconcertante. Lo que antes duraba un cuarto de hora se convirtió en una resistencia desmesurada. No había cambiado el agua. No había cambiado el cuerpo. Había cambiado la idea del desenlace.

Eso es lo inquietante: no fue una lección sobre músculos, sino sobre significado. El animal no luchaba sólo contra el cansancio, sino contra una interpretación del mundo. Mientras todo esfuerzo desembocaba en el mismo fondo, la energía se consumía pronto. Pero bastaba una sola experiencia de interrupción, una sola fisura en la necesidad, para que el cuerpo obedeciera a otra lógica. No era la fuerza lo que se había multiplicado, sino la posibilidad.

Recreación del célebre y cruel experimento de Curt Richter con las ratas en su laboratorio de Johns Hopkins,

miércoles, 15 de julio de 2026

Diario de sueños extraños y perturbadores

Diario de sueños de Óscar Maif

 Hay sueños que no cuentan una historia sino que formulan una acusación, y este pertenece a esa estirpe. Comienza, como casi todo lo insoportable, con una escena que el soñante contempla desde fuera: un niño recoge heces dentro de una casa, y lo hace no por juego ni por castigo doméstico, sino porque unos soldados se lo han ordenado. La pregunta que el durmiente le dirige —por qué haces esto— es la última pregunta inocente del sueño, porque la respuesta lo despoja de toda distancia: al niño solo lo dejan vivir mientras siga recogiendo la inmundicia. La existencia, aquí, no es un derecho; es una concesión sujeta a la utilidad. Vivir a cambio de obedecer, respirar a cambio de degradarse.

El excremento no viene a hablar de dinero ni de sexo, pese a lo que quisiera cierto Freud escolar. Viene a decir algo más sencillo y más duro: que a alguien se le ha impuesto ocuparse de la porquería que otros producen, y que en esa tarea repugnante se cifra su permiso para seguir con vida. Es la materialización corporal de una humillación que en la vigilia quizá no tenga forma tan nítida: la sensación de que el propio sitio dentro de una estructura se paga aceptando lo que nadie debería aceptar.

Pero el sueño no se detiene en la compasión. Da el giro que lo vuelve grave, casi insoportable en su lucidez: el soñante descubre que él también lleva uniforme. No es el testigo indignado que creía ser; pertenece, formalmente, al grupo que hace posible el horror. Ahí está el verdadero centro de gravedad. No es un sueño de persecución, donde el mal está siempre afuera y uno es limpio; es un sueño de reconocimiento, donde uno descubre que ha estado vestido con la ropa de aquello que condena. La sombra no llega desde los soldados: llega desde el propio cuello de la camisa.

El niño del sueño

viernes, 12 de junio de 2026

Conciencia, ECM, Gödel, Penrose y Hameroff

Hay crímenes que no dejan cadáver, solo preguntas. Este es uno de ellos: si el cerebro es una máquina, ¿por qué a veces parece pensar como si se negara a obedecer del todo a sus propios engranajes? El expediente lleva décadas abierto, y los mejores detectives no se ponen de acuerdo.

Empecemos por la escena. No hay sangre ni huellas evidentes, pero sí un objeto incómodo sobre la mesa: la conciencia, ese fenómeno tan familiar que lo damos por descontado y tan escurridizo que, en cuanto lo miramos de frente, se disuelve entre los dedos. Todos sabemos lo que es estar despiertos, sentir, recordar, dolernos. Nadie sabe explicar del todo cómo un kilo y medio de materia húmeda y eléctrica produce eso que llamamos «yo». Ahí está el caso. Y, como todo buen caso, empieza con un testigo improbable.

La incompletitud de Gödel y la reducción orquestada de Penrose

En 1931, un lógico vienés de salud frágil y razonamiento implacable, Kurt Gödel, le hizo a las matemáticas una herida elegante. Demostró que en cualquier sistema formal lo bastante potente para contener la aritmética existirán siempre verdades que el sistema no puede demostrar desde dentro. No es magia ni misticismo: es un resultado técnico, riguroso, probado con precisión. Pero su eco fuera de las matemáticas resulta perturbador, como si alguien hubiera encontrado una grieta en los cimientos de la certeza y, al asomarse, no viera el fondo. Hay verdades, vino a decir Gödel, que se ven pero no se prueban. Una afirmación inofensiva en apariencia y, sin embargo, cargada de pólvora.

Décadas después, un físico inglés con la costumbre de pensar en diagonal, Roger Penrose, leyó esa grieta como un detective lee una huella donde los demás solo ven polvo. Su sospecha, expuesta con audacia en libros que irritaron por igual a filósofos y científicos, era inquietante: si una mente humana puede reconocer ciertas verdades que ningún procedimiento mecánico cerrado alcanza, entonces quizá pensar no sea simplemente calcular. Quizá a mente haga algo que no encaja del todo con la idea de que somos, en el fondo, ordenadores de carne con patas.

Esto está en discusión, no hay consenso. Muchos lógicos y filósofos consideran que Penrose fuerza a Gödel más de lo que el teorema permite, que entre «el sistema no puede probarlo» y «la mente humana es no algorítmica» hay un salto demasiado largo. Penrose lo da; sus críticos se quedan en la orilla, señalando el abismo.

Porque debajo del caso late una vieja disputa, casi teológica en su intensidad. De un lado, quienes sostienen que la mente es computación: el cerebro sería un procesador prodigioso, y la conciencia, el resultado de cálculos suficientemente complejos. Según esta visión —la que palpita en buena parte del entusiasmo actual por la inteligencia artificial—, si imitáramos la máquina con bastante fidelidad, la conciencia aparecería sola, como aparece el calor al frotar dos manos. Del otro lado, los que sospechan que hay algo en la experiencia consciente —el sabor de un recuerdo, la punzada de comprender de golpe— que no se deja reducir a una suma de operaciones, por muchas que sean. Es la diferencia, dirían, entre la receta perfecta de la sopa y el hecho irreductible de saborearla. Turing nos enseñó hasta dónde llega el cálculo; Penrose pregunta si la mente, a veces, se sale del mapa.

El misterio cuántico de la conciencia

Hasta aquí teníamos filosofía con modales matemáticos, pero faltaba el cuerpo del delito. Si la mente hace algo extraño, ¿dónde, físicamente, lo haría? Aquí el caso da su giro más arriesgado y aparece un segundo investigador, el anestesiólogo Stuart Hameroff, con una propuesta que, según el paladar de cada cual, suena a intuición brillante o a herejía de laboratorio. Dentro de cada neurona hay unos andamios diminutos, los microtúbulos: estructuras tubulares que forman parte del esqueleto interno de la célula, presentes en casi todos los tejidos del cuerpo y también, cómo no, en los del cerebro. Hameroff sugirió que en esas habitaciones microscópicas podrían ocurrir procesos cuánticos ligados a la conciencia.

Penrose y Hameroff unieron sus sospechas en una teoría de nombre intimidante, ideal para silenciar una sobremesa: Orch-OR, reducción objetiva orquestada. Traducida al castellano de andar por casa: la conciencia no brotaría solo del tráfico electroquímico entre neuronas, sino también de ciertos procesos cuánticos profundos en esos andamios minúsculos, como si la mente no fuera únicamente una central telefónica, sino además una conspiración de precisión en lo más pequeño. Es una hipótesis fascinante. También es, conviene repetirlo, una hipótesis discutida, no una verdad establecida. Una conjetura audaz, no un veredicto.

Y toda buena historia de detectives necesita un policía escéptico. Ese papel lo interpretó el físico Max Tegmark, que hizo lo que mejor saben hacer los aguafiestas de la ciencia: calcular. Su objeción fue brutalmente sencilla. El cerebro es caliente, húmedo y ruidoso, y en un entorno así la delicada coherencia cuántica —ese estado frágil del que dependería todo el edificio— debería desmoronarse en una fracción de segundo tan ridículamente breve que no alcanzaría ni para el más fugaz de los pensamientos. Durante un tiempo, aquello sonó a acta de defunción firmada y archivada.

Pero la ciencia tiene la mala costumbre de no respetar entierros prematuros. La llamada biología cuántica empezó a mostrar casos —sobre todo en la fotosíntesis— donde ciertos efectos cuánticos parecían cumplir un papel funcional incluso en sistemas vivos, calientes, a temperatura ambiente. Eso no demuestra Orch-OR, ni de lejos. Pero debilita la versión perezosa de la crítica, esa que zanjaba el asunto con un «en biología eso es imposible, fin de la conversación». Y, para no simplificar de más: ni siquiera la fotosíntesis está tan limpia como la pintan los vídeos entusiastas. Revisiones posteriores discuten si lo observado era coherencia electrónica funcional o efectos vibracionales de otra clase. Es decir: la fotosíntesis no exonera a Penrose; solo impide que Tegmark sea el único testigo admitido en sala.

Orch-OR

Aquí conviene detenerse, porque el caso tiene una trampa, y la cultura popular cae en ella con gusto: tiende a batir varios misterios distintos hasta convertirlos en uno solo, espeso y confuso. Una cosa es que Gödel ponga límites a los sistemas formales. Otra, que la mente humana no sea algorítmica. Otra más, que esa rareza requiera física cuántica. Y otra, mucho más osada, que esa física se aloje precisamente en los microtúbulos. Son cuatro afirmaciones, no una, y cada paso entre ellas exige su propia prueba. Penrose las enhebra con una audacia admirable; sus críticos sostienen que entre una y otra hay más saltos que puentes. Dicho sin aspavientos: Gödel no probó que la conciencia sea cuántica, Penrose no probó que el cerebro piense fuera del algoritmo, y Hameroff no probó que los microtúbulos sean el teatro secreto del yo. Pero tampoco puede despacharse todo con una sonrisita de suficiencia y la etiqueta de «pseudociencia», porque debajo del ruido hay preguntas reales, y algunas objeciones que parecían definitivas hoy parecen, cuando menos, menos definitivas.

Y entonces el expediente se vuelve verdaderamente temerario. Hameroff ha insinuado que, si la conciencia dependiera en parte de información cuántica alojada en los microtúbulos, en situaciones extremas —un paro cardíaco, un colapso fisiológico, el filo mismo de la muerte— esa información no tendría por qué destruirse: podría disiparse y, si el paciente regresa, reintegrarse de algún modo. Sería un marco especulativo para las experiencias cercanas a la muerte, esas ECM que tanta gente relata con asombro: la sensación de salir del cuerpo, una luz, una revisión vertiginosa de la vida entera, una paz desconcertante, una percepción que parece ensancharse justo cuando todo debería apagarse.

Pero aquí hay que pisar con cuidado, porque las ECM son terreno abonado para el autoengaño elegante. Que existan relatos sorprendentes, o que se hayan registrado picos de actividad cerebral en los últimos instantes de la vida, no obliga a concluir que «el alma abandona el cuerpo» con el aval de la física. Las experiencias cercanas a la muerte son un fenómeno serio, que se estudia desde la neurobiología, desde la psicología y también desde hipótesis más especulativas sobre la conciencia. La idea de Hameroff es fascinante, muy cinematográfica y muy peligrosa para quien tiene hambre de certezas: por ahora no es una explicación demostrada de las ECM, sino una conjetura derivada de Orch-OR y todavía más especulativa que la teoría madre. Lo honesto, de momento, es decir que Penrose y Hameroff ofrecen una narrativa audaz para ese misterio, no su resolución.

Así que el caso sigue abierto, y quizá ahí resida lo más hermoso del asunto. Las matemáticas pusieron un límite y se marcharon sin explicarlo del todo. La física sospecha una rendija, pero no encuentra la cerradura. La biología ofrece pistas ambiguas, de esas que sirven para acusar y para absolver según quién las lea. Y la conciencia, el sospechoso de siempre, permanece sentada al otro lado de la mesa, mirándonos con esa serenidad inquietante de quien sabe algo que no piensa contar. No tenemos confesión. No tenemos pruebas concluyentes. Tenemos, eso sí, un expediente que cada década se niega a cerrarse y que, contra todo pronóstico, se vuelve más interesante cuanto más lo investigamos. El cerebro, como todo buen sospechoso, sigue respondiendo a nuestras preguntas con un silencio de apariencia inocente. Y nosotros, detectives tercos, seguimos sin saber si ese silencio esconde una verdad enorme o, simplemente, la prueba de que aún no hemos aprendido a preguntar.

miércoles, 10 de junio de 2026

Textos literarios escritos con IA: dilema ético y paranoia ante las sospechas

Nadie firmó una confesión. Nadie admitió nada. Pero cuando el Commonwealth Short Story Prize anunció su ganador, algo extraño empezó a circular por los foros, los corrillos editoriales y las redes sociales con la velocidad silenciosa de un rumor que no necesita pruebas para crecer: ¿y si la mano que escribió esas frases no era humana? 

Hubo un tiempo en que la pregunta era filosófica y entretenida: ¿puede una máquina escribir literatura de verdad? Hoy esa pregunta ha perdido su inocencia. Ya no se formula en seminarios universitarios con café y condescendencia académica, sino en los despachos de las editoriales, en los jurados de los premios, en la cabeza de cualquier lector que termina un párrafo demasiado brillante y se queda mirando el nombre del autor con una desconfianza nueva, incómoda, que no sabe muy bien cómo justificar.

La inteligencia artificial no ha matado la escritura. Ha hecho algo más perturbador: ha contaminado la confianza. Ha introducido en el acto de leer una sombra de duda que antes no existía. Porque la literatura siempre fue, en el fondo, un pacto entre dos soledades: la del que escribe y la del que lee. Un contrato tácito que decía esto lo sentí yo, esto lo pensé yo, esto me costó algo. La IA no rompe ese pacto. Lo falsifica. Y una falsificación perfecta es, en cierto modo, más inquietante que una destrucción abierta.

Lo verdaderamente incómodo no es que las máquinas puedan escribir bien. Es que nosotros, los lectores, los críticos, los jurados, frecuentemente no sabemos distinguirlo. Y esa incapacidad nos dice algo sobre la literatura que quizás preferíamos no saber: que parte de lo que considerábamos genio era, en realidad, patrón.


debate acerca de la escritura creativa con IA



lunes, 25 de mayo de 2026

El milagro islandés: Trabajar menos para vivir más y mejor

Islandia: semana laboral de 36 horas vs 40

El caso islandés no empieza con la típica postal nórdica de gente bañándose en aguas termales a media tarde, sino con una realidad mucho más cruda: eran uno de los países más ricos de la OCDE, pero vivían tan agotados y faltos de tiempo libre como en Japón o México. Ante esta epidemia silenciosa, Islandia decidió poner a prueba una herejía económica, asumiendo que en la era moderna calentar la silla no equivale a producir más. Así, entre 2015 y 2021, lanzaron un experimento masivo con más de 2.500 empleados públicos —el 1% de su población activa— para pasar de las 40 horas semanales a 35 o 36, manteniendo el sueldo intacto. La idea no era simplemente regalar tiempo, sino cambiar la filosofía de raíz: la presencia dejó de ser la medida del éxito y empezaron a contar los resultados.

Para que el codiciado modelo de cuatro días funcionara sin generar horas extras encubiertas, las empresas tuvieron que hacer una profunda limpieza de hábitos. Se recortó burocracia, se fulminaron las reuniones inútiles y se priorizó trabajar de forma asíncrona. Saber que si terminabas a tiempo descansabas de verdad se convirtió en el mejor antídoto natural contra la dispersión. Y los temores apocalípticos de la patronal nunca se cumplieron. El edificio económico no colapsó; de hecho, el PIB nacional creció de unos 25.900 millones de dólares a 43.000 millones, el desempleo se quedó en un ínfimo 3,5% y la productividad se mantuvo o incluso mejoró. Pero el verdadero triunfo fue humano. Un 97% de los trabajadores mejoró su conciliación y bajaron drásticamente la fatiga y el estrés. Al tener más tiempo libre, el trabajo doméstico se redistribuyó mejor entre hombres y mujeres, suponiendo además un salvavidas literal para las familias monoparentales.

Mapa de Islandia

La trampa de este modelo se entiende muy bien cuando se mira a Bélgica. Allí intentaron subirse al carro en 2022, pero cometieron el error de simplemente comprimir las 40 horas en cuatro jornadas de diez. El resultado fue una maratón extenuante que apenas el 1% de los trabajadores quiso aceptar. Islandia demostró algo vital: no basta con reorganizar el calendario en el Excel; hay que reducir el volumen real de trabajo.

Por supuesto, no todo es magia escandinava y el modelo tiene sus costuras insalvables. En sectores donde el tiempo no se puede exprimir, como un hospital, una urgencia o el transporte, la productividad requiere presencia humana. Mantener el sistema sanitario funcionando con menos horas le costó al Estado unos 30 millones de dólares en nuevas contrataciones, una factura manejable para ellos, pero un abismo fiscal para otros países. Además, asomó el fantasma de la intensificación laboral: hacer lo mismo en menos tiempo hizo que las jornadas fueran más densas y cognitivamente agotadoras para algunos, cargando de mucha presión a los mandos intermedios. Tampoco han faltado académicos recordando que el estudio no fue perfecto, al carecer de grupos de control estrictos y basarse mucho en lo que la propia gente respondía en encuestas.

Con todo, la prueba ha sido tan contundente que desde 2024 la jornada reducida ha dejado de ser un experimento para convertirse en ley. Los sindicatos y la patronal han firmado convenios que consolidan esas 35 o 36 horas para casi todo el país. Y lo han hecho de forma inteligente, instaurando el concepto de "horas de trabajo activas" para diferenciar el tiempo real de trabajo del mero "estar" en la oficina, todo ello acompañado de subidas salariales y ayudas sociales. La inteligencia artificial promete ahora llevar este debate incluso a las 32 horas, pero la lección islandesa ya está escrita en piedra: trabajar menos sin hundir un país es posible, pero exige rediseñar cómo hacemos las cosas. Copiar solo el espejismo del viernes libre sin cambiar la maquinaria interna es, al final, quedarse con la postal turística y tirar a la basura el verdadero progreso.

domingo, 24 de mayo de 2026

Caso Zapatero: consideraciones jurídicas

Se mancilla en exceso a la Justicia

I. Advertencia:

Conviene aclarar desde el principio lo que este artículo no hace: no absuelve a nadie, no condena a nadie, y no toma partido en la guerra de trincheras que ha convertido el caso Plus Ultra en el último campo de batalla del debate político español. Lo que hace es algo más modesto y, quizás por ello, más útil: examinar los mecanismos jurídicos que rodean la instrucción del juez Calama y preguntarse, con la frialdad que el derecho exige, si la forma en que se ha conducido el proceso respeta las garantías que la Constitución española y la Ley de Enjuiciamiento Criminal establecen para todo ciudadano, incluidos —especialmente incluidos— quienes han ejercido el poder.

Porque la presunción de inocencia no es un privilegio de los inocentes. Es el blindaje que el Estado democrático opone a su propio poder punitivo, precisamente porque ese poder tiende a desbordarse cuando enfrenta a figuras de alta exposición pública. Si ese blindaje se erosiona con el pretexto de la gravedad de los cargos, el Estado de derecho deja de serlo para convertirse en su parodia.

II. El material existe. El problema es otro

Sería deshonesto comenzar afirmando que el auto del juez José Luis Calama es una fabricación. No lo es. El documento de ochenta y cinco folios describe una constelación de sociedades instrumentales —Análisis Relevante, Whathefav, Inteligencia Prospectiva, Caletón Consultores, Softgestor, Idella, Landside Dubai—, con flujos económicos cruzados que la Oficina Nacional de Investigación del Fraude (ONIF) describe como artificiales. Hay 418.000 euros ingresados en cuentas vinculadas al expresidente desde Análisis Relevante. Hay 352.980 euros desde Gate Center, entidad cuyo consejo asesor él preside. Hay 681.318 euros del grupo Thinking Heads. Todo ello aparece en el auto con cronología, datos bancarios y referencias documentales. Ese material existe y es serio.

El problema, como suele ocurrir en los casos que llegan demasiado pronto a las portadas, no está en los hechos brutos sino en el salto interpretativo: en el trayecto que media entre los datos objetivos y la calificación jurídica que el instructor ha elegido para nombrarlos. Ese trayecto es el que merece escrutinio.

III. La anatomía del tráfico de influencias: lo que la acusación necesita demostrar

El tráfico de influencias está tipificado en los artículos 428 a 430 del Código Penal. Su estructura es precisa y no admite lecturas elásticas sin riesgo de analogía prohibida: requiere que una persona prevalezca de su situación personal —su posición, su red de relaciones, su ascendiente sobre quien decide— para conseguir una resolución favorable que beneficie a un tercero. No es un delito de mera relación ni de simple acceso. Es un delito de interferencia concreta en la función pública.

Esto significa que, para sostener con solidez una acusación de esta naturaleza, la cadena probatoria exige acreditar una secuencia que podría formularse así:

El sujeto activo contacta con quien tiene capacidad decisoria

Ejerce sobre él su influencia de manera efectiva

Esa influencia provoca un cambio o impulso en la decisión

La decisión favorece a un tercero identificado

Existe una contraprestación o finalidad ilícita

Lo que el auto del juez Calama documenta con solidez son los extremos primero y quinto de esa cadena —contactos y flujos económicos—, pero resulta llamativamente silencioso en los eslabones centrales. ¿Qué ministro cambió de postura? ¿Qué funcionario modificó un informe? ¿Qué resolución administrativa adoptó un criterio distinto al que habría adoptado sin la intervención que se imputa? La defensa, en cuanto tome la palabra, formulará esa pregunta con toda la contundencia que le permite el artículo 24 de la Constitución.

El propio auto describe a Zapatero como "núcleo decisor" y "vértice" de la estructura, afirmando que ejercía "liderazgo estratégico" y mantenía "contactos institucionales de alto nivel". Pero como en todo razonamiento deductivo, cuanto más rotunda es la conclusión, más sólidas deben ser las premisas que la sustentan. Y entre las premisas que sostienen esa conclusión aparecen piezas que, examinadas individualmente, admiten lecturas perfectamente legales.

José Luis Rodríguez Zapatero, ex presidente del gobierno de España imputado

IV. Indicios o ilusiones ópticas: la fragilidad de algunas pruebas nucleares

Revisemos las piezas centrales con la lupa que merece cualquier acto que puede privar de libertad o crédito a un ciudadano.

La reunión con el ministro Escrivá (07 de septiembre de 2020, en plena tramitación del expediente) existió, documentada por un mensaje contemporáneo del Ministerio de Transportes. Pero el contenido de esa reunión no consta en ningún documento del sumario. Un expresidente del Gobierno tiene, por la naturaleza de su posición, acceso habitual a los despachos ministeriales. La interpretación de que esa reunión tuvo por objeto influir en el rescate es una hipótesis del instructor —no un hecho probado— que solo puede contrastarse, legítimamente, escuchando al investigado.

La carta del Santander dice "siguiendo instrucciones del Presidente", pero la firmaron directivos de Plus Ultra, no Zapatero. En términos jurídicos, se trata de una afirmación de tercero sobre una supuesta instrucción ajena, no de una prueba directa de que esa instrucción existiera. La diferencia es relevante: la declaración del hecho propio tiene valor incriminatorio; la referencia de un tercero al supuesto hecho de otro es un indicio indirecto que, sin contraste, permanece en el terreno de la conjetura.

La llamada de once minutos del 30 de abril de 2020 es quizás la pieza más sintomática de las debilidades estructurales del auto. Los teléfonos de los imputados se incautaron mucho después de producirse esa llamada, y no había escucha judicial autorizada en ese momento. Lo único que obra en el sumario es la referencia de un tercero —Rodolfo Reyes— a otro tercero —Ramón Gordils— sobre lo que supuestamente ocurrió en esa conversación. Es decir: un testimonio de segunda mano sobre el contenido de una llamada en la que ninguno de los dos testigos participó. La garantía probatoria de ese material es, cuanto menos, discutible.

La sociedad Landside Dubai existe, el contrato de cobrar el 1% del rescate público existe, pero —según la propia Agencia Estatal de Administración Tributaria— no consta pago alguno en su ejecución. Un contrato firmado y no cobrado es, en la mejor interpretación para la acusación, un indicio de intención. Pero la intención sin resultado consumado no construye el tipo de blanqueo de capitales del artículo 301 del Código Penal en toda su extensión.

V. La imputación antes de la audiencia: el corazón del problema garantista

Aquí reside el núcleo de lo que merece ser nombrado con precisión técnica. El derecho procesal penal español, vertebrado por la Ley de Enjuiciamiento Criminal y anclado en el artículo 24 de la Constitución, establece el principio de audiatur et altera pars —óigase también a la otra parte— como piedra angular de todo proceso con garantías.

El instructor disponía de una opción técnicamente impecable: citar a Zapatero como investigado, escuchar su versión, contrastar los indicios con sus explicaciones, y después calificar el nivel de imputación. Zapatero estaba disponible. Tenía domicilio conocido. Había ofrecido públicamente su versión. La opción fue descartada: se imputó primero, se calificó en términos máximos —organización criminal, no simple participación; liderazgo estratégico, no cooperación— y se citó a declarar para el 2 de junio de 2026, cuando el escándalo público ya se había consumado.

Esta inversión del orden no es un detalle menor de técnica procesal. Es la diferencia entre instruir y producir un titular. Y la distinción importa porque el sistema penal produce consecuencias gravísimas al margen de la sentencia: la imputación como "líder de organización criminal" destruye reputaciones, paraliza trayectorias y borra décadas de biografía pública antes de que el acusado haya pronunciado una sola palabra en su defensa.

La asimetría que esto genera es estructural y cruel: la portada llega rápida, potente y ubicua; el archivo o la absolución, si llegan, llegan tarde, silenciosos y enterrados en páginas interiores. El Tribunal Constitucional ha reconocido reiteradamente que el derecho fundamental a la presunción de inocencia del artículo 24.2 CE no se limita al momento de la sentencia, sino que irradia sobre todo el proceso, incluida la fase de instrucción.

VI. El informe Trump: cuando la prueba viene del exterior sin pasaporte jurídico

El llamado "informe Trump" —un documento procedente de la agencia Homeland Security Investigations (HSI), dependiente de la Administración estadounidense— ha sido señalado por diversos juristas como uno de los eslabones más vulnerables de la cadena probatoria.

El problema no es la procedencia geográfica del documento. Los Estados mantienen marcos de cooperación judicial internacional, y la información que llega de autoridades extranjeras puede ser perfectamente lícita y valiosa. El problema es el cómo. Para que un documento extranjero tenga eficacia probatoria en España, el ordenamiento jurídico exige el cumplimiento de requisitos formales que no son capricho burocrático sino garantía de autenticidad: la apostilla de La Haya —regulada por el Convenio del 5 de octubre de 1961, ratificado por España en 1978— o, en su defecto, la legalización por vía diplomática. El artículo 323 de la Ley de Enjuiciamiento Civil es meridiano al respecto: un documento extranjero sin esas certificaciones no puede ser considerado prueba documental plena.

A esto se añade el requisito de traducción jurada al castellano por intérprete oficial acreditado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, exigencia que la doctrina de la Dirección General de Seguridad Jurídica y Fe Pública ha reiterado en numerosas resoluciones. Sin ese mínimo formal, el documento carece de la trazabilidad que el principio de seguridad jurídica —artículo 9.3 de la Constitución Española— impone a toda actuación de los poderes públicos.

Joaquim Bosch, de Jueces para la Democracia, ha señalado expresamente que un documento extranjero sin autenticidad acreditada no puede tener validez probatoria en España y que su uso podría derivar en nulidad de pleno derecho. En la misma línea, el magistrado emérito del Tribunal Supremo Martín Pallín ha advertido que documentos de origen no verificado procedentes de entornos políticos extranjeros no pueden fundamentar decisiones judiciales sin arriesgar la integridad de todo el procedimiento. Elisa de la Nuez, abogada del Estado, ha añadido que cualquier documento utilizado en un proceso debe cumplir estándares estrictos de autenticidad y trazabilidad, y que lo contrario puede invalidar actuaciones completas.

VII. El artículo 11 de la LOPJ: la doctrina del árbol envenenado

El sistema jurídico español cuenta con un mecanismo de saneamiento tan poderoso como a veces olvidado: el artículo 11 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que proclama con una claridad sin concesiones que "no surtirán efecto las pruebas obtenidas, directa o indirectamente, violentando los derechos o libertades fundamentales".

Esta norma importó al derecho español la célebre doctrina anglosajona del fruit of the poisonous tree —el fruto del árbol envenenado—: si la raíz de la prueba está viciada por vulneración de derechos fundamentales, la contaminación se extiende a todos los elementos probatorios derivados de ella. No basta con expurgar la prueba ilícita original; es necesario examinar qué otras piezas del proceso deben su existencia a esa prueba contaminada, porque todas ellas caen bajo el mismo manto de nulidad.

El Tribunal Constitucional ha desarrollado esta doctrina en sentencias sucesivas —entre ellas, la significativa STC 97/2019— precisando que la regla de exclusión se aplica a las pruebas obtenidas con violación de derechos fundamentales. La pregunta que la defensa de Zapatero tiene perfectamente legitima es esta: si el informe HSI fue incorporado al proceso sin las garantías formales que el ordenamiento español exige, ¿cuántas de las actuaciones posteriores —registros, intervenciones, líneas de investigación— derivan causalmente de ese documento? Porque si la respuesta es "una cantidad significativa de ellas", el árbol envenenado puede comprometer una extensión considerable del bosque probatorio.

José Luis Rodríguez Zapatero, ex presidente del gobierno de España investigado

VIII. El lawfare como mecanismo, no como conspiración

Ha llegado el momento de abordar el término que más debate ha generado y que, paradójicamente, es el más frecuentemente mal usado. Lawfare no es sinónimo de conspiración política ni de mala fe judicial. Etimológicamente, surge de la fusión de law (ley) y warfare (guerra): describe el uso de mecanismos legales como instrumentos de conflicto político, independientemente de la intención de quienes los accionan.

Esta precisión es crucial: el lawfare puede producirse sin que ningún juez se proponga cometerlo. Se produce cuando el sistema procesal, en su diseño o en su aplicación concreta, genera un daño asimétrico e irreversible sobre una figura política antes de que el proceso pueda depurarse a sí mismo. El daño recae sobre el investigado —a quien la imputación pública destruye antes del juicio— mientras que el instructor, si yerra, no soporta consecuencia procesal alguna. Esa asimetría estructural es la que convierte ciertos usos del proceso en lawfare, aunque ningún actor concreto lo haya buscado.

Los socios parlamentarios del gobierno, inicialmente inclinados a hablar de persecución política, modularon su discurso al leer los 88 folios del auto. Esa moderación fue intelectualmente honesta: el auto no es una fábula. Pero la existencia de material indiciario no excluye automáticamente el lawfare; ambas cosas pueden coexistir. Un proceso puede tener sustancia y ser conducido de manera que vulnere garantías. El material puede ser real y la calificación, desproporcionada. Los hechos pueden ser graves y el procedimiento, defectuoso.

Conviene preguntarse —sin acusar a nadie en particular, pero sin esquivar la incomodidad de la pregunta— por qué un juez con la experiencia de Calama eligió la opción procesal más agresiva cuando la más cautelosa estaba disponible y era técnicamente más defendible. Por qué la UDEF construyó un relato calificativo de "organización criminal" cuando el material indiciario hubiera admitido formulaciones más modestas. Y por qué la Fiscalía Anticorrupción acompañó esa calificación sin pedir mayor cautela, dada la excepcional exposición pública del investigado. Estas preguntas no exigen respuesta conspirativa. Pero sí merecen respuesta.

IX. La presunción de inocencia como ficción jurídica

Existe una tensión irresuelta en el corazón del sistema procesal español que el caso Zapatero hace visible con una crudeza inusual: la presunción de inocencia es, técnicamente, una garantía constitucional vigente durante todo el proceso. Pero en la práctica social y mediática, la imputación pública —especialmente cuando viene acompañada de calificaciones tan rotundas como "líder de organización criminal"— produce una condena reputacional que ningún archivo posterior puede revertir.

Esto no es una exageración dramática. Es una descripción clínica de lo que ocurre. Como ha señalado el análisis jurídico del caso: aunque Zapatero declare el 2 de junio, aporte documentación que desmonte cada indicio, y la causa termine archivándose dentro de dos años, el daño ya está hecho y es irreparable. La frase "Zapatero, líder de organización criminal" ha circulado por todas las cabeceras del mundo. La asociación entre su nombre y la corrupción organizada ha quedado fijada en la memoria pública con la misma permanencia que una cicatriz.

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha elaborado, a lo largo de décadas de jurisprudencia, una doctrina sobre el derecho a un proceso equitativo —artículo 6 del Convenio Europeo de Derechos Humanos— que incluye expresamente el derecho del investigado a no ser públicamente estigmatizado antes de la condena. España, como Estado parte, está vinculada por esa jurisprudencia. Y cuando la lógica del proceso permite que la estigmatización se produzca antes del contraste, se produce una brecha entre el texto constitucional y la realidad del sistema que los juristas no deberían fingir que no existe.

X. Lo que la defensa debería argumentar: una guía procesal

Si uno asesora a la defensa de Zapatero —o a cualquier ciudadano en situación procesal comparable—, la estrategia garantista tiene líneas de ataque bien definidas:

Nulidad del informe HSI por falta de apostilla, de traducción jurada y de autenticación diplomática, con invocación del artículo 323 LEC, del Convenio de La Haya de 1961 y del principio de seguridad jurídica del artículo 9.3 CE.

Extensión de la nulidad a las pruebas derivadas del informe, con fundamento en el artículo 11.1 LOPJ y la doctrina del fruto del árbol envenenado, solicitando la identificación de qué actuaciones investigadoras tuvieron como detonante ese documento.

Vulneración del derecho de defensa (artículo 24.2 CE) por haber sido imputado en términos máximos sin haber sido previamente oído, con invocación de la doctrina constitucional que proyecta la presunción de inocencia sobre la fase de instrucción.

Falta de cadena causal en el delito de tráfico de influencias: exigir que la acusación identifique al receptor concreto de la supuesta influencia, el acto administrativo o decisión que fue modificado por esa influencia, y la prueba de que el cambio se debió a la intervención imputada y no a otros factores del proceso administrativo.

Impugnación de la calificación como organización criminal, por no concurrir los requisitos del artículo 570 bis del Código Penal: la existencia de tres o más personas, la permanencia en el tiempo, la finalidad concertada de cometer delitos, y la coordinación estructurada que el tipo exige y que el auto no acredita independientemente de los indicios de tráfico de influencias.

XI. Investigar a los poderosos, sí. Pero así, no

Cerrar este análisis con una posición clara es, también, una obligación intelectual. La investigación sobre el rescate de Plus Ultra es legítima, necesaria, y merece la atención judicial más rigurosa. Si hubo comisiones ilegales, si hubo influencia indebida para favorecer a una aerolínea con fondos públicos, si hubo blanqueo de capitales con conexiones venezolanas, todo eso debe ser investigado y juzgado.

Pero hay un modo de hacer eso que refuerza el Estado de derecho, y hay un modo de hacerlo que lo socava. Investigar primero, escuchar al investigado, contrastar indicios con versiones, y calificar después, con la mayor precisión que el material permita: ese es el camino garantista. Hacer lo contrario —imputar en términos máximos antes de oír al investigado, incorporar al sumario documentos extranjeros sin las exigencias de autenticidad que el sistema impone, producir el escándalo público antes del contraste procesal— no fortalece la justicia. La debilita, porque le proporciona a cualquier defensa un arsenal de argumentos garantistas que, en manos de buenos abogados, pueden prosperar.

Y si prospera la nulidad —si el árbol envenenado resulta tan frondoso como algunos juristas temen— el resultado sería el peor de los mundos: quienes hubieran delinquido quedarían impunes no por inocentes sino por la mala praxis procesal de quienes los investigaron. La justicia, ese valor tan alto que la Constitución consagra en su artículo primero, no puede permitirse ese lujo.

Por eso conviene nombrarlo ahora, con claridad, sin aspavientos y sin componendas: en el caso Zapatero conviven una investigación que merece ser tomada en serio y un proceso que presenta déficits garantistas lo suficientemente graves como para que cualquier jurista honesto —independientemente de su color político— se pregunte si la forma en que se ha conducido sirve a la justicia o, inadvertidamente, la traiciona.

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Este análisis se basa en el auto del juez José Luis Calama de 18 de mayo de 2026, en los informes 1907/2026 y 1908/2026 de la UDEF-BBCA, en el informe de la ONIF de 25 de febrero de 2026, y en las disposiciones de los artículos 9.3, 24.1 y 24.2 de la Constitución Española, el artículo 11.1 de la LOPJ, los artículos 428-430 y 570 bis del Código Penal, el artículo 323 de la LEC, y el Convenio de La Haya de 5 de octubre de 1961.

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