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jueves, 10 de septiembre de 2026

Casandra y los pequeños profetas anónimos

Hay tardes que no parecen anunciar nada y que, sin embargo, se quedan. 

La de esta historia era una tarde cualquiera, de esas que uno olvida antes de llegar a casa, y solo por una casualidad de horarios —los jardineros municipales, la avenida, mi paso lento de costumbre— acabó convertida en algo que todavía, semanas después, no sé bien cómo llamar. Puede que solo sea una anécdota de pueblo. Puede que sea, a su modesta manera, una lección sobre la autoridad de quien sabe de verdad frente a quien solo cree saber. Que el lector decida, al final, de qué lado se queda.

La avenida en cuestión es una de esas calles anchas y sin apenas gracia que rodean las instalaciones deportivas municipales, un lugar de paso más que por el que casi nadie se detiene a mirar nada. Yo la cruzo con frecuencia, y desde hace tiempo tengo con ella una relación de fastidio menor, casi doméstico: los setos que bordean el lateral de las pistas se han acostumbrado a crecer hacia fuera, a desbordarse sobre la acera con una insolencia vegetal que a mí, particularmente, me irrita más de lo que debería. Hay algo en un seto que invade el espacio de los peatones que me resulta una pequeña traición al orden de las cosas: el vegetal se supone que debe quedarse en su sitio, y este no se queda. Camino por ahí a menudo esquivando ramas, arrimándome a la calzada, murmurando en silencio contra un desorden que en realidad a nadie más parece importarle.

El profeta de los setos acertó

Aquella tarde, sin embargo, el desorden estaba siendo corregido. Varios operarios municipales, con esas herramientas de motor que cortan el aire antes de cortar la hoja, se afanaban en devolver los setos a su límite legítimo. Y lo hacían, hay que decirlo, sin ninguna delicadeza: cortaban al ras, a lo bestia, como quien no tiene tiempo ni ganas de sutilezas jardineras. Pasé a su altura despacio, con esa curiosidad un poco boba que a veces me detiene ante cualquier oficio ajeno al mío, y fue entonces cuando escuché, sin buscarlo, un fragmento de conversación que no iba dirigido a mí.

Uno de los operarios —parecía algo indignado— le explicaba a su compañera, con la paciencia de quien repite algo que ha explicado muchas veces y ya no espera sorprender a nadie, que cortar así, tan agresivamente, iba a dejar los setos sin color. Mencionó la fotosíntesis, mencionó la clorofila, mencionó, con esa mezcla de rigor técnico y desgana laboral tan propia de quien lleva media vida haciendo lo mismo, que esas arizónicas se iban a quedar descoloridas y horriblemente feas por culpa de aquella poda salvaje. Ella no dijo nada que yo alcanzara a oír. 

Seguí caminando, y confieso que no le di al comentario más importancia que la que se le da a cualquier frase escuchada al azar en la calle: entra por un oído, se queda flotando un instante, y se va.

Pero algo debió permanecer. No sé explicar por qué una frase técnica sobre setos municipales se instala en la memoria con la persistencia con la que se instalan solo las cosas que, sin saberlo aún, presentimos importantes. Creo que es porque yo mismo me había preguntado muchas veces por qué no podaban bien esos setos que invadían la acera. Tal vez fue el tono del hombre, ese tono de quien no está adivinando sino constatando, la misma diferencia que existe entre el que apuesta y el que sabe. Tal vez fue simplemente que, por una vez, alguien me explicaba —sin pedírselo, sin dirigirse a mí siquiera— por qué las cosas iban a ser de una manera y no de otra. El caso es que la frase se quedó ahí, guardada en ese cajón de la memoria donde van a parar los comentarios ajenos que uno no sabe todavía para qué va a necesitar.

Pasaron las semanas. La vida siguió su curso ordinario, hecho de rutinas que no merecen mención y que, sin embargo, son las que de verdad componen una biografía: la misma avenida, los mismos horarios, el mismo paso ligeramente apresurado de quien va a algún sitio sin demasiada urgencia. Y entonces, un día, sin que yo lo hubiera planeado ni recordado siquiera de forma consciente, volví a pasar por delante de aquellas instalaciones deportivas.

Lo que vi me detuvo. Los setos, otrora verdes con esa vitalidad casi vulgar de la vegetación bien cuidada, se habían convertido en una franja marrón, gris, apagada, del color exacto de las cosas que han sido dañadas y todavía no saben si van a recuperarse. No era el marrón noble del otoño, ese color que uno acepta porque forma parte de un ciclo conocido. Era un marrón-gris de herida, de corte mal curado, un color triste que no anunciaba renovación sino simplemente pérdida. Y ahí, de pie frente a aquel seto desahuciado, me acordé del operario y de su clorofila.

Saqué el teléfono e hice un par de fotografías, no sé bien con qué intención exacta, quizá solo con el impulso de quien quiere guardar la prueba de algo que le ha resultado, por un instante, revelador. Y mientras guardaba la imagen pensé, con una media sonrisa que no sabía si era hacia el jardinero o hacia mí mismo, que aquel hombre había sido, sin proponérselo, una especie de profeta menor. No de los que anuncian guerras ni caídas de imperios, sino de los que anuncian, con total exactitud, lo que le va a pasar a un seto dentro de unas semanas. Un profeta de escala doméstica, adecuado a mi propia vida, que tampoco suele tratar con imperios.

Y aquí es donde la anécdota, que hasta ahora parecía cerrarse sola, se me quedó abierta. Porque lo interesante no es que el jardinero tuviera razón —tenerla era, al fin y al cabo, su oficio, y sería extraño lo contrario—, sino la extrañeza con la que yo, testigo casual, recibí el cumplimiento de aquella pequeña profecía. Vivimos rodeados de gente que sabe cosas exactas sobre el futuro inmediato de las cosas que maneja: el electricista sabe qué cable va a fallar, el médico sabe qué articulación se va a quejar dentro de diez años, el jardinero sabe qué seto se va a quedar marrón. Y sin embargo, cuando el futuro que anuncian se cumple delante de nuestros ojos, seguimos reaccionando con la misma sorpresa infantil con la que reaccionaríamos ante un oráculo antiguo, como si el conocimiento técnico y la adivinación no fueran, en el fondo, primos muy cercanos.

El seto de arizónicas mutilado: menos molesto, pero descolorido

Quizá lo que de verdad me detuvo frente al seto marchito no fue el color, sino la comprobación silenciosa de algo que rara vez pensamos: que estamos permanentemente rodeados de pequeñas profecías cumplidas que no nos importa comprobar. Nadie vuelve al lugar donde escuchó al electricista, al médico o al jardinero para verificar si tenían razón. Aceptamos su palabra como acto de fe profesional y seguimos caminando. Yo, por algún motivo que todavía no acabo de entender del todo, sí volví. Y me encontré con la prueba.

Este finde tuve una concurrida comida familiar y salió el plasta descerebrado de mi cuñado a intentar convencerme de que el cambio climático y el calentamiento global no existían, que eran los ciclos naturales y blablablá.

Ni me molesté en intentar asesarle mínimamente, simplemente le dije que a mí me parecía bien que él fuera terraplanista si quería, pero que no me diera la brasa con sus pobres falacias lógicas y sofismas, que ya me sabía de memoria.

Dicho lo cual giré la cabeza hacia otro comensal y seguí hablando con los adultos de la sala mientras él intentaba dejar claro que no creía que la Tierra fuera plana. 😉

Digo esto porque, como el jardinero, voy a dejar mi profecía aquí para quien quiera leerla y entenderla: en los próximos veinte años vamos a morir unos cinco mil millones de personas en la Tierra a consecuencia directa o indirecta del cambio climático que hemos provocado con nuestras acciones destructivas y por perseverar estúpidamente en la quema de combustibles fósiles. 

Si te interesan las profecías puedes visitar mis libros y conocer el resto de mis historias en  la sección Autor y libros.


Casandra y los pequeños profetas anónimos

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