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jueves, 16 de enero de 2025

Delicias oníricas

En mi sueño me había hecho conocido en el mundo de la cultura porque el director de cine Álex Montoya había adaptado en un largometraje mi relato publicado en el libro "Relatos con codeína" titulado «La hija del coronel».

El director de cine Álex Montoya

Resulta que se había convertido en la gran película de la temporada, acaparando todos los premios más importantes, incluso siendo la nominada por España a los premios Oscar.

Así que mi primera gran aparición pública fue en la Gala de los Goya en la que subí junto a Álex para recoger, como co-guionista, el Goya al mejor guion adaptado. Primero agradeció él brevemente y a continuación me cedió la palabra. Dada mi timidez y por temor a aburrir a la gente me limité a mirar al público y los señalé mientras decía "gracias a todos", e hice la forma de un corazón juntando mis dos manos —como hacen los chavales ahora— uniendo los dedos índices arriba y los pulgares en la parte de abajo; asimismo tras eso separé las manos, las alcé y esta vez crucé el pulgar con el índice en ambas manos, dibujando dos pequeños corazoncitos al modo coreano. 

Resultó que TVE —que retransmitía la Gala urbi et orbe— estrenaba en esa ocasión Deaf Sign GPT, una IA que interpretaba el lenguaje de signos de los sordomudos y lo traducía inmediatamente proyectando los subtítulos en el escenario. Y por algún motivo comenzaron a aparecer frases sin sentido traduciendo mis simples gestos cariñosos de corazoncitos como si fuera un discurso inconexo y absurdo que recordó un poco a cuando Alfredo Landa subió a recoger su Goya y le dio un ictus sobre el escenario. La gente empezó a reír al darse cuenta de lo sucedido, así que me vi impelido a concluir mi intervención imitando a Antonio Ozores gritando con mucha gesticulación:

—¡No, hija nooooooo!

Aprovechando ese gran momento de risas en todo lo alto Álex me tomó del brazo y salimos del escenario sin dejar de saludar hasta desaparecer. 

Entre la brevedad del discurso de aceptación y las bromas virales que se hicieron a continuación en redes se ve que les caí en gracia a 'Los Javis' (Javier Ambrossi y Javier Calvo), porque me invitaron a una estupenda fiesta que daban en su casa, esa tan chula que cuenta con una puerta de entrada tan grande que parece un castillo.

Fiesta posterior a los premios Goya en casa de Los Javis (Ambrossi y Calvo)

Allí estaba yo como una estrella más de la cultura deambulando sin rumbo en solitario, pues no conocía a nadie... bueno: nadie me conocía a mí.

Hablé primero con Javier Calvo, el alto de los Javis, y no sé por qué me prestó, para que lo probara, un artefacto que era una especie de masajeador de cuello y espalda que se colocaba como una mochila. Me lo puse y lo más increíble es que a la vez que te masajeaba ibas levitando a unos cincuenta centímetros sobre el suelo. Avancé así por un largo y espacioso pasillo y al final del mismo se encontraban unas hermosas jovencitas haciendo yoga o algo así, vistiendo unas prendas de ropa vaporosas tan transparentes que dejaban bien a la vista sus encantos, a una se le veían las tetas (parecidas a las de Florence Pugh), a otra un prieto culo y a otra el mismísimo chirri medio depilado. Yo flipaba recreando mi vista con aquellos cuerpos mientras literalmente levitaba y recibía un agradable amasamiento en espalda, hombros y cuello. Las chicas se me acercaban y me rodearon admirando el dispositivo.

Fiesta con Los Javis

—¿Te hace volar eso?

—Flipas tú también, ¿verdad? ¡Es total! —le dije—. Toma, prueba.

Se lo puso y alucinó y mientras tanto se me acercó mucho a la cara una muchachita rubia bien mona que me miraba super coqueta e insinuante. La besé en los labios gustosamente, pero de pronto reculé y le dije:

—Ostras, tía, no sé si ahora es preceptivo obtener un consentimiento expreso antes de dar un beso, pero me pareció que venía a cuento y te lo he plantado sin preguntar, espero que no me canceles, porfi, que acabo de empezar.

Fiesta de Los Javis

La muchacha se echó a reír, pero se apartó porque venía Javier Ambrossi a saludarme muy amablemente y diciendo cuánto le complacía mi relato, porque —según me refirió— se había comprado el libro tras ver la peli de Álex Montoya, aunque el filme no se tituló como mi cuento, sino que se estrenó con el título más comercial de «La Gran Cena de Nochebuena».

Tras un rato de animada conversación me dio la impresión como de que estaba un poco coqueteando conmigo, así que, para desviar el tren de esa vía muerta, le pregunté con grande entusiasmo por su hermana, Macarena, a quien  idolatro.

—No ha podido venir, está rodando en Estados Unidos.

—Ya es hora de que triunfe internacionalmente, se lo merece.

Woody Allen en El dormilón
robot Optimus de Tesla









En ese momento aparecieron dando palmas para que fuéramos al comedor dos robots humanoides como los de Elon Musk, los optimus esos de Tesla, pero estaban tuneados como los de Woody Allen en «El dormilón» (Sleeper, 1973).

Me di cuenta de que uno de ellos parecía un poco borracho, como el de «El guateque» (The Party, 1968).

Fotograma de la película El guateque (The Party, 1968)

Qué puta rabia me dio despertarme justo en ese instante, qué frustrante, joder.



domingo, 17 de febrero de 2013

El bichejo que emergió de mis sueños

Todos hemos podido experimentar en alguna ocasión –¡con asombro!– ese curioso fenómeno por el cual algo que sucede en el mundo exterior lo terminamos incorporandos a nuestros sueños. Es algo raro e inquietante, pero sabemos que sucede.

La otra mañana estaba yo tan a gustito soñando, cuando de repente un bicharraco volador empezó a golpearse en su torpe vuelo contra mi nuca, y lo hacía repetidamente, persiguiéndome, como esas moscas idiotas que entran en un bucle perpetuo de chocarse contra un cristal, llegó a hacerlo cuatro o cinco veces.

En ese momento me desperté, pero no con ese alivio que se siente al despertar de una pesadilla, sino más bien con un desasosiego como sospechando que nos hallásemos ante un caso de haber incorporado a un sueño algo que ha ocurrido realmente en la habitación en la que duermo.

Dada mi primitiva fobia a los bichos soy bastante cuidadoso de que no entren insectos en la habitación, las ventanas están "protegidas" por tupidas redecillas disuasorias, pero nunca se sabe, así que hice una inspección visual del dormitorio en busca de la indeseada presencia de algún posible insecto volador. Nada de qué preocuparse y sin embargo no me quedé muy convencido.

A lo largo de esa mañana de sábado no pude evitar preguntarle discretamente a mi mujer. 

– Oye, ¿tú esta mañana has intentado en algún momento despertarme dándome unos golpecitos con el dedo en la nuca?

Se me quedó mirando con perplejidad y me dijo que, claro, que no tenía ella nada mejor que hacer que eso. Así que, aunque no sacó el cartel de "ironía", entendí que ella no había tenido nada que ver con mi  desconcertante y prematuro despertar de aquel día.

Y ahí quedó la cosa, aunque yo seguí con la turbadora idea de que de verdad un insecto gordo chocó contra mi cabezota (que no tiene mucho que envidiar en cuanto a consistencia y volumen perimetral a la del entrenador interino del Barça: Jordi Roura).

***

En la tarde del jueves me hallaba tan tranquilitamente sentado frente al monitor del ordenador intentando lidiar con los varios cursos MOOC que realizo simultáneamente, cuando de repente, por detrás mío, a mi derecha, se escucha un perturbador zumbido provocado por el veloz aleteo de un insecto volante no identificado, el cual –absurdamente– cruza frente a mí para ir a impactar contra el monitor, pero pese a sonar un repugnante crujido como a roto, el bicho remontó de nuevo su sonoro vuelo en otra dirección. El insecto era casi del tamaño de un moscardón, pero lucía un color y "textura" de mantis. Se me puso la piel de gallina.
En estos casos suelo reaccionar nerviosa y cobardemente, como Woody Allen en la célebre secuencia de «Annie Hall» con las langostas en la cocina. 

Sali corriendo y tomé rápidamente del mueble bajo el fregadero un bote de insecticida. Crucé el pasillo velozmente como un relevista olímpico, con mi spray en la mano cual testigo, y me encerré valientemente en mi habitación: yo contra la bestia, como un torero que se enfrentara él solo contra seis toros seis.

De acuerdo: yo soy unas diez mil veces más grande y robusto que el insecto y vengo armado además con un arsenal químico, pero así es la vida (y él tiene superpoderes de los que yo carezco: puede volar). Empecé a seguir –a una prudente distancia– el vuelo del espeluznante  bichejo verde rociándolo sin descanso. Casi agotado el spray y en vista de que el bichejo no cesaba en su torpe vuelo miré el bote de insecticida por si había cogido el de "rastreros" en vez del de "alados" y cuál no sería mi sorpresa y decepción al comprobar que acababa de vaciar un inocuo ambientador.

En estas que entra mi señora a la habitación, olfatea –arrugando la nariz y echando la cabeza para atrás resoplando– mira mi mano con el spray, y me pregunta (sin necesidad de nuevo de mostrar el cartel de "ironía"):

– ¿No crees que se te ha ido un poco la mano?

– Es que creía que era insecticida y quería matar a ese bicho–
y señalo la cortina donde se acaba de posar.

– Pues vaya despedicio más tonto–
dijo, enarcando las cejas en su clásico mohín de "Dios mío, qué paciencia hay que tener", mientras se acercaba, zapatilla en mano, al bichejo y lo mandaba al cielo de los insectos de un certero golpe.

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