lunes, 28 de septiembre de 2026

La película que nos mira desde el sofá

Hay películas que empiezan de verdad cuando aparecen los títulos de crédito. No porque sean profundas, que es una palabra que suele pedir un café solo, una subvención y a ser posible un festival donde lucirse, sino porque algo de ellas se queda encendido mientras nosotros, ya de pie, buscamos el mando entre los cojines del sofá.

La escena vuelve sin permiso, días o años después, en el momento menos oportuno: una puerta que no llega a abrirse, una canción que aparece demasiado tarde para salvar nada, un personaje que sonríe justo cuando debería estar pidiendo perdón de rodillas. El cine tiene esa incómoda costumbre de instalarse en la memoria cual huésped que ha entendido deliberadamente mal la duración de la visita que le habíamos concedido.

Espectador en un sofá frente a una película que parece observarle desde la pantalla

A mí me interesan las películas que no gritan su propia importancia, las que no necesitan colocar un violín debajo de cada lágrima ni subrayar la metáfora con rotulador fluorescente, como si temieran que se nos pasara por alto. En esas películas, una mirada puede durar dos segundos escasos y sin embargo cargar con veinte años de silencio acumulado. Una cocina mal iluminada, con esa luz amarillenta de tubo fluorescente a punto de fundirse, puede explicar un matrimonio entero mejor que media hora de discurso sobre la incomunicación conyugal.

El cine, además, es una máquina extraordinariamente eficaz de fabricar testigos. Durante hora y media observamos a desconocidos tomar decisiones que, vistas desde la comodidad del sofá, con la mantita puesta y el mando al alcance de la mano, nos parecen absurdas, hasta gritables. Y luego, apagada la pantalla, repetimos alguna de esas mismas decisiones absurdas con una serenidad que a los personajes de la película jamás les habríamos permitido.

Y mientras tanto la tecnología ha cambiado por completo nuestra forma de mirar. Podemos detener una película en cualquier fotograma, ampliar un plano hasta descomponerlo, corregir el color que el proyector del cine de barrio nos escatimaba, escuchar los comentarios del director sobre por qué eligió ese encuadre y no otro, y consultar en dos clics quién diseñó la lámpara que aparece, casi de refilón, en el minuto cuarenta y tres. La imagen ya no termina en la pantalla: se ramifica en búsquedas nocturnas, en foros de desconocidos tan obsesivos como uno mismo, en vídeos de gente que explica el final con flechas rojas y una seguridad que envidio. Y aun así, con todo ese aparato al servicio de la comprensión, el misterio central de la escena permanece intacto, casi ofendido por tanta explicación.

Butaca de cine y película reflejada en una tira de celuloide, imagen sobre la memoria cinematográfica

Porque una película no es un acertijo que deba quedar resuelto antes de acostarse, con las piezas bien encajadas y la conciencia tranquila. Es una experiencia que cambia según evoluciona quien la mira, aunque el fotograma sea exactamente el mismo. La escena que a los veinte años nos parecía el colmo del romanticismo puede parecernos, a los cincuenta, una forma bastante elegante —y bastante triste— de pedir ayuda sin decirlo con esas palabras. Quizá por eso volvemos a ciertas películas cada pocos años, casi por compromiso, casi por cariño. No para recuperar el pasado, que no se recupera viendo nada, sino para comprobar qué parte de nosotros sigue todavía allí, agazapada, esperando a que alguien la reconozca.

El actor no ha envejecido en la pantalla; sigue teniendo la misma cara, el mismo gesto, la misma manera de encender un cigarrillo que tenía el día del rodaje. Nosotros sí hemos envejecido, en cambio, y esa diferencia entre lo inmóvil y lo que se transforma produce una clase de conversación bastante extraña, casi fantasmal, entre quien fuimos y la imagen que se quedó fija para siempre.

Al final, el cine no nos dice quiénes somos, y sería ingenuo pedírselo. Hace algo bastante más incómodo, y por eso mismo más valioso: nos muestra quiénes fuimos cuando estábamos absolutamente convencidos de que ya sabíamos quiénes éramos.

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jueves, 24 de septiembre de 2026

La inteligencia artificial no piensa como nosotros, y esa es la noticia

La inteligencia artificial ha irrumpido en la conversación pública con la misma discreción que un elefante en una reunión de vecinos: derribando las macetas del rellano, pisando la alfombra ajena, obligando a todos a opinar sobre algo que hasta ayer mismo ignoraban por completo. Unos anuncian el fin del trabajo tal como lo conocemos. Otros prometen una edad dorada de ocio y abundancia. Y casi todo el mundo, de un día para otro, ha descubierto que tenía una opinión formada —y firme, y con frecuencia irreconciliable con la del vecino— sobre los modelos de lenguaje.

Convendría bajar el volumen. La noticia verdaderamente interesante no es que una máquina escriba un poema decoroso o resuma un informe de doscientas páginas en dos párrafos. Eso es un truco de manos, impresionante pero comprensible. Lo interesante, lo que de verdad debería detenernos, es que esa máquina pueda producir una respuesta convincente sin poseer una experiencia del mundo remotamente parecida a la nuestra.

Mujer frente a una pantalla con una red de conexiones que representa la inteligencia artificial y sus modelos de lenguaje

Un sistema de inteligencia artificial no recuerda el olor de la casa de sus abuelos, si es que alguna vez tuvo abuelos que oler. No ha esperado un diagnóstico sentado en el pasillo de un hospital, mirando el reloj como si mirarlo sirviera de algo. No ha perdido un tren por quedarse discutiendo con alguien a quien quería demasiado como para dejarlo ir sin la última palabra. No ha leído una novela a escondidas debajo de la manta, con una linterna que se iba apagando y un miedo dulce a que lo pillaran. Puede manejar las palabras con una soltura asombrosa —más que la mía, desde luego, y sospecho que más que la de cualquiera que esté leyendo esto—, pero esa soltura no equivale a tener una biografía. Hablar bien de la nieve no es haber tenido frío.

La diferencia importa, y mucho, porque tendemos a confundir la facilidad verbal con la comprensión. Cuando una máquina responde con aplomo, con esa cadencia segura de quien sabe de lo que habla, nuestro cerebro hace el resto del trabajo por su cuenta: le atribuye intención, le presta memoria, le regala ironía y hasta una pizca de tristeza electrónica. El cerebro humano ve caras en las nubes, figuras en las manchas de humedad y personalidad en el asistente de voz que le recuerda una cita médica. Pero eso lo ponemos nosotros.

Nada de esto convierte a la inteligencia artificial en un fraude ni en una moda pasajera. Al contrario: puede comparar documentos, detectar patrones, traducir, programar, generar imágenes y ayudarnos a empezar tareas que llevábamos meses posponiendo. Es poderosa precisamente porque no necesita parecerse a una persona para ser útil. Nadie le pide alma a un martillo, y aun así levantamos casas con él.

El problema empieza cuando le pedimos autoridad allí donde solo tiene capacidad. Una respuesta bien escrita puede contener un error de bulto. Un gráfico pulcro puede sostener una conclusión falsa. La máquina produce la frase más plausible según sus patrones y nos deja a nosotros la tarea de comprobarla.

Ilustración de inteligencia artificial y pensamiento humano: una mujer analiza una red de datos en la pantalla

La verdadera revolución no consiste en que las máquinas se vuelvan humanas. Consiste en que tendremos que aprender a convivir con algo que habla con fluidez, calcula a velocidades que insultan a cualquier cerebro biológico y no comparte nuestras consecuencias. No paga las facturas de sus errores ni carga con la vergüenza de haberse equivocado en público.

Habrá que pedir fuentes, revisar los resultados y conservar el derecho a decir esto no lo sé. Parece una exigencia modesta. En realidad es una forma radical de inteligencia: saber dónde termina lo que uno sabe.

La inteligencia artificial no piensa como nosotros, y quizá ni siquiera sea justo llamarlo pensar. La pregunta decisiva no es qué hará la máquina con nosotros. Es qué haremos nosotros con esa diferencia.


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lunes, 21 de septiembre de 2026

Introducción a las ciencias noéticas y otros saberes prohibidos

De escéptico convencido a explorador de la conciencia no local


Desde que tengo uso de razón he leído, indagado e investigado acerca del sentido de la vida, pero durante mucho tiempo lo hice dentro de una jaula intelectual: condicionado por convenciones científicas y metodológicas que me llevaban a desconfiar de cualquier afirmación que no pudiera validarse mediante los métodos aceptados. A quienes se apartaban del camino principal tendía a considerarlos charlatanes y rechazaba de antemano sus propuestas. Era una postura prudente y, hasta cierto punto, razonable.

Probablemente habría seguido así si no hubiera vivido una experiencia cercana a la muerte (ECM) durante el más grave de mis infartos. Una cosa es leer testimonios muy convincentes y conservar ciertas dudas, y otra muy distinta es atravesar personalmente una experiencia que uno vive como una certeza. 

No pretendo convertirla en una prueba para los demás, pero sí reconocer que modificó radicalmente mi manera de entender la conciencia. De no haber pasado por aquel trance tan brutal, imagino que seguiría siendo un escéptico con la mente cerrada a cualquier idea fuera de lo convencional.

También hay que tener en cuenta que hoy disponemos de herramientas conceptuales y tecnológicas que pueden ayudarnos a pensar la realidad de otra manera. En mi juventud no se me ocurría incorporar el paradigma computacional al conocimiento existencial, ni el funcionamiento de las redes globales como internet, ni el concepto de los datos «en la nube», ni la realidad virtual, los metaversos, los videojuegos o la inteligencia artificial. Todo ello puede contribuir a desarrollar modelos de pensamiento más complejos y a ampliar algunos esquemas filosóficos muy antiguos.

Conciencia no local, entropía, amor y miedo

Con quince años ya había leído los testimonios de Raymond Moody en Vida después de la vida y libros tan singulares como El centro del ciclón, de John C. Lilly. Ya tenía, por tanto, cierta apertura de mente, aunque combinada con la curiosidad y el escepticismo. También leía con interés morboso a von Däniken, aun intuyendo que buena parte de su obra pertenecía más a la especulación fantástica que a la investigación histórica.

No recomiendo morirse con fines meramente epistemológicos —saldría más caro el ajo que el pollo, y ya llegará nuestra hora—. Dado que hoy existen numerosos investigadores y autores vinculados al estudio de la conciencia, me limitaré a recomendar algunas lecturas y entrevistas. Como son muchos, y vivimos en la era de las redes y del vídeo, sugiero buscar primero en YouTube alguna conversación con cada autor y, según lo que despierte el interés de cada cual, profundizar después en sus libros, conferencias o podcasts.

Lo que sigue es un resumen orientativo, ordenado según mi valoración personal de su trayectoria, el interés de sus ideas y el grado de respaldo científico o académico de cada propuesta. No es una clasificación objetiva ni pretende colocar en el mismo plano la investigación experimental, la filosofía y el relato experiencial.

Primer bloque: investigación y formación científica destacadas

Donald Hoffman
Un punto de partida especialmente interesante. Doctor por el MIT, profesor emérito de Ciencias Cognitivas en la Universidad de California, Irvine, y autor de numerosos artículos revisados por pares, Hoffman defiende que el espacio-tiempo podría ser una interfaz evolutiva y no la realidad última. Su charla TED «Do We See Reality As It Is?» es una buena puerta de entrada. El libro de referencia es The Case Against Reality (2019).

Federico Faggin
Una figura curiosa: no procede del mundo académico de la conciencia, sino de la física y la ingeniería, y fue uno de los principales responsables del desarrollo del microprocesador Intel 4004. Cuando alguien con ese perfil técnico dedica sus últimos años a defender una concepción cuántica y fundamental de la conciencia, merece atención, aunque no se comparta la conclusión. Tiene charlas extensas explicando su teoría y su libro se titula Irreducible.

Rupert Sheldrake

caricatura del científico Rupert Sheldrake

Un caso especial: doctor en bioquímica por Cambridge, con una trayectoria inicial legítima en fisiología vegetal antes de proponer la hipótesis de la resonancia mórfica. Su charla TEDx de 2013, «The Science Delusion», generó un debate sobre los límites de la divulgación científica y fue retirada de la distribución principal de TEDx tras una revisión de la organización. El libro asociado es Science Set Free, también publicado como The Science Delusion (2012).

Bernardo Kastrup
Doctor en ingeniería informática y en filosofía, y probablemente uno de los defensores más sistemáticos del idealismo analítico en la actualidad. Aquí estamos principalmente en terreno filosófico, no experimental, pero sus argumentos están desarrollados con ambición y coherencia interna. Sus diálogos en el canal de la Essentia Foundation son un buen punto de entrada. El libro de referencia es The Idea of the World (2019).

Bruce Greyson
Quizá el más conservador del grupo. Es profesor emérito de psiquiatría y neurociencias conductuales de la Universidad de Virginia, y ha investigado durante décadas las experiencias cercanas a la muerte. Sus entrevistas en Closer to Truth y New Thinking Allowed son sobrias y poco sensacionalistas. Su libro es After (2021).

Dean Radin
Científico jefe del Institute of Noetic Sciences y expresidente de la Parapsychological Association. Es uno de los investigadores más conocidos de los fenómenos psi, aunque sus resultados y los de su campo siguen siendo objeto de controversia y no cuentan con una aceptación generalizada. Su libro The Conscious Universe (1997) resume bien su postura.

Herbert Spiegel
Cierra este bloque con una nota distinta: tuvo una formación médica sólida y fue un pionero de la hipnosis clínica dentro de la psiquiatría convencional. No dejó una obra de divulgación masiva, así que conviene buscar sus artículos clínicos y las grabaciones de demostraciones del Hypnotic Induction Profile.

ECM ciencia espiritualidad conciencia no local hipnosis


Segundo bloque: formación científica sólida y conclusiones más controvertidas


Andrew Gallimore
Neurobiólogo computacional doctorado en Cambridge, con trabajo especializado en farmacología del DMT junto a Rick Strassman. Su libro Alien Information Theory (2019) es una de las propuestas más coherentes dentro de la especulación psicodélica.

Bruce Lipton
Doctor en biología del desarrollo por Stanford, aunque su idea de que las creencias pueden reescribir la expresión génica recibe un fuerte rechazo desde sectores de la biología molecular convencional. Su libro The Biology of Belief (2005) sigue siendo uno de los más populares de esta lista.

Tara Swart
Neurocientífica y psiquiatra vinculada al MIT Sloan, aunque su libro The Source (2019) se mueve más en el terreno del desarrollo personal que en el de la investigación experimental estricta.

Helané Wahbeh
Con formación en investigación clínica, dirige trabajos del Institute of Noetic Sciences y aplica metodología formal a un objeto de estudio tan controvertido como la canalización. Su libro es The Science of Channeling (2021).


Tercer bloque: material cultural, experiencial y narrativo


Thomas Campbell

Thomas Campbell

Tiene formación en física, aunque su trilogía My Big TOE (Mi gran teoría del todo) es una obra autopublicada.

Campbell destaca por su intento de unificar ciencia y espiritualidad mediante un enfoque lógico, basado en la experimentación directa de la conciencia. Su mayor virtud, a mi juicio, es el compromiso con la evolución humana y la idea de que el propósito de nuestra existencia consiste en reducir la entropía interna mediante el amor, la cooperación y la superación del miedo.

Lo veo en sus vídeos con una gestualidad tranquila y un convencimiento que consigue atraerme a su terreno. Ahora estoy leyendo su trilogía TOE.

Dale Graff
También procede de la física y dirigió el programa gubernamental Stargate de visión remota, un campo cuyos resultados no han alcanzado una aceptación científica generalizada ni una replicación independiente concluyente.

David Hawkins
Comenzó como psiquiatra, pero evolucionó hacia una escala de conciencia basada en la kinesiología aplicada. El sistema está diseñado de una manera que dificulta su refutación, lo cual es una señal metodológica problemática, aunque no por ello carece de interés cultural o espiritual.

Robert Monroe
Sin formación científica especializada en este campo, fue un pionero principalmente experiencial. Su importancia reside en haber popularizado el concepto de experiencia extracorporal con Journeys Out of the Body (1971).

Stephan Schwartz
Sin formación científica reglada específica, desarrolló trabajos de arqueología remota y de visión remota aplicada. Sus métodos y conclusiones no cuentan con controles independientes ampliamente aceptados, pero su trayectoria y perseverancia lo convierten en una figura que merece atención.

Yo no ignoraría sus precisas profecías del futuro: para mí, Stephan Schwartz es el «adivino» documentado más exacto de todos los tiempos. Esa es mi valoración personal, basada en la evidencia documental.


¿Te cuesta meditar? Bola extra, bonus

Si alguien se frustra por no ser capaz de meditar de manera convencional, pero le gustaría iniciarse con ciertas garantías de éxito, puede probar con unos buenos auriculares y los audios binaurales Hemi-Sync del Instituto Monroe, o descargar la aplicación Expand: Beyond Meditation. Con la cuenta gratuita es suficiente para empezar.


Canales recomendados en YouTube para ampliar información

• New Thinking Allowed, con Jeffrey Mishlove.

• Closer To Truth.

• Institute of Noetic Sciences.

• Essentia Foundation.

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jueves, 17 de septiembre de 2026

El libro que empieza cuando el lector se equivoca

Abrimos un libro pensando en la trama y cerramos otro, uno que hablaba de nosotros disfrazado de coartada. El lector cree que va a leer sobre un detective, una familia arruinada por el silencio o una guerra que sucedió lejos y hace tiempo; en realidad, sin saberlo del todo, está buscando una manera decorosa de no mirarse demasiado tiempo en el espejo. La literatura tiene esa mala educación tan suya. No pregunta si estamos preparados, no pide permiso ni avisa. Deja una frase encima de la mesa, con la misma naturalidad con que alguien deja las llaves al entrar, y se marcha sin despedirse, dejándonos a solas con lo que acaba de soltar.

Y entonces nosotros fingimos, con bastante convicción, que no la hemos visto. Hacemos la cena. Contestamos mensajes que podrían esperar. Discutimos con alguien por una tontería que el jueves ya no recordaremos, mientras la frase sigue ahí, sobre la mesa, esperando con la paciencia de quien sabe que tarde o temprano volveremos a mirarla.

Lector inmerso en un libro mientras una imagen luminosa transforma la habitación

Lo que a mí me interesa, lo que me detiene de verdad, es el momento exacto en que un libro se equivoca de lector. No hablo del instante en que aburre —eso es fácil de explicar, y casi siempre culpa del libro o del momento—, sino del instante en que acierta, que es mucho más raro y mucho más incómodo. Uno empieza la lectura con la seguridad de un turista que lleva mapa, plano doblado en el bolsillo, itinerario decidido de antemano, y termina, sin darse cuenta de en qué esquina se desvió, en una calle que no figura en ningún plano. El personaje que al principio nos parecía ridículo, casi una caricatura mal resuelta, empieza a hablar de pronto con nuestra propia voz, con nuestras dudas exactas, con esa cobardía particular que creíamos guardada bajo llave.

Entonces aparece la pregunta incómoda, la que preferiríamos no hacernos: ¿hemos leído el libro, o el libro, con toda su paciencia de página en página, nos ha estado leyendo a nosotros?

Un buen libro no soluciona la vida, y conviene desconfiar de quien promete lo contrario. Lo que hace es más modesto y, a la vez, más difícil: la vuelve más precisa durante unas horas. Le pone nombre a una vergüenza que arrastrábamos sin palabras, a una pérdida que habíamos aprendido a rodear sin mirarla de frente, a un deseo que hasta entonces se movía por dentro con la eficacia lenta y gris de un funcionario sin ventanilla, uno de esos que atienden pero nunca resuelven nada.

Libro abierto

Por eso seguimos leyendo, año tras año, libro tras libro, aunque nadie nos lo exija. No para escapar de nosotros mismos, que sería la explicación más cómoda, sino para regresar con mejores instrucciones, con un mapa algo menos incompleto de nuestro propio territorio. A veces basta una sola frase, escrita en apariencia para otra persona, en otra época, en otra lengua incluso, y que sin embargo acaba mudándose a nuestra casa sin que nadie la haya invitado, ocupando un rincón del que ya no se irá.

El lector se equivoca muchas veces, y probablemente esa sea la condición misma de leer en serio. El libro, si es realmente bueno, no corrige el error. Lo aprovecha.

Si te interesa seguir leyendo sobre libros que se equivocan contigo, puedes conocer mis libros en Autor y libros.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Marujo metomentodo

Así, con Marujo Metomentodo, alcahueto y con calificativos similares es como suele afearme mi señora esa costumbre ancestral mía de hablar con algunas personas que aparecen en la pantalla del televisor.

Como sé que ese vetusto y caduco medio que es la tele funciona unidireccionalmente, de manera que el receptor puede escuchar al emisor pero no al contrario, me permito habitualmente hacer comentarios sobre lo que veo en pantalla, normalmente para criticar, la verdad, y a menudo blasfemar grandemente cuando aparecen ciertos políticos. Pequeños desahogos que uno se regala, pecaditos veniales.

Sé que es miserable desperdiciar tiempo en cotilleos y en críticas gratuitas... lo sé, de verdad.

Me consta que eso tan solo provoca un aumento de la entropía en el universo, que es lo último que necesitamos, que verdaderamente deberíamos amarnos los unos a los otros, como mandan —¡con buen criterio!— todas las religiones.

Pero, permítanme por una vez liberar mi pequeña maldad... como algo excepcional, ¿vale?

Verán, el otro día viendo en el informativo de Cuatro (por pura casualidad, no suelo ver las basuras de Mierdaset ni de Atresmierda tampoco, publicidad y estiercol a toneladas) me encontré con esta imagen:

Payasas mal vestidas

¿Es cosa mía o les quedan horriblemente mal, fatal, las ropas a ambas presentadoras?

A la de los informativos, la de la izquierda, dan ganas de darle unos bocadillos para que engorde y pueda rellenar esa payasada de traje enorme blanco que lleva.

Y en cambio a la otra, a la de la información del Tiempo, se le nota algo apretadita en esas estrecheces de ropajes, ¿no?

Así que me dije:

—¿Por qué no se intercambian las ropas?

Convencido de la solución genial que se me había ocurrido, le hice una foto a la pantalla de mi televisor y le metí la imagen a ChatGPT diciéndole que les cambiase las vestimentas.

¡Y hete aquí el resultado!

Al fin bien vestidas

¡¡¡NO ME DIGAN QUE NO ESTÁN MUCHÍSIMO MÁS ELEGANTES AMBAS ASÍ!!!

Ufff, qué a gusto me he quedado, lo siento.

Bueno, ¡qué demonios! Ya que estamos lanzados y entregados a la maldad voy a soltar otra cosa que llevo muchos años pensando en silencio.

Es acerca de esta presentadora deportiva, la que retransmite el Mundial de Motociclismo en esa inmundicia de plataforma llamada DAZN, Izaskun Ruiz:

Izaskun Ruiz, presentadora de MotoGP en DAZN

¿¿De verdad es solo cosa mía o esa presentadora parece que lleva unas gafas de esas con nariz incorporada como estas??

Gafas de broma con nariz incorporada

Discúlpenme la pequeña maldad. 

Izaskun, eres una belleza 😍, perdóname la tontería.  

Si te ha gustado esta travesura y quieres seguir leyendo gamberradas similares, visita la sección «Autor y libros» para descubrir mis historias y mis libros. 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Casandra y los pequeños profetas anónimos

Hay tardes que no parecen anunciar nada y que, sin embargo, se quedan. 

La de esta historia era una tarde cualquiera, de esas que uno olvida antes de llegar a casa, y solo por una casualidad de horarios —los jardineros municipales, la avenida, mi paso lento de costumbre— acabó convertida en algo que todavía, semanas después, no sé bien cómo llamar. Puede que solo sea una anécdota de pueblo. Puede que sea, a su modesta manera, una lección sobre la autoridad de quien sabe de verdad frente a quien solo cree saber. Que el lector decida, al final, de qué lado se queda.

La avenida en cuestión es una de esas calles anchas y sin apenas gracia que rodean las instalaciones deportivas municipales, un lugar de paso más que por el que casi nadie se detiene a mirar nada. Yo la cruzo con frecuencia, y desde hace tiempo tengo con ella una relación de fastidio menor, casi doméstico: los setos que bordean el lateral de las pistas se han acostumbrado a crecer hacia fuera, a desbordarse sobre la acera con una insolencia vegetal que a mí, particularmente, me irrita más de lo que debería. Hay algo en un seto que invade el espacio de los peatones que me resulta una pequeña traición al orden de las cosas: el vegetal se supone que debe quedarse en su sitio, y este no se queda. Camino por ahí a menudo esquivando ramas, arrimándome a la calzada, murmurando en silencio contra un desorden que en realidad a nadie más parece importarle.

El profeta de los setos acertó

Aquella tarde, sin embargo, el desorden estaba siendo corregido. Varios operarios municipales, con esas herramientas de motor que cortan el aire antes de cortar la hoja, se afanaban en devolver los setos a su límite legítimo. Y lo hacían, hay que decirlo, sin ninguna delicadeza: cortaban al ras, a lo bestia, como quien no tiene tiempo ni ganas de sutilezas jardineras. Pasé a su altura despacio, con esa curiosidad un poco boba que a veces me detiene ante cualquier oficio ajeno al mío, y fue entonces cuando escuché, sin buscarlo, un fragmento de conversación que no iba dirigido a mí.

Uno de los operarios —parecía algo indignado— le explicaba a su compañera, con la paciencia de quien repite algo que ha explicado muchas veces y ya no espera sorprender a nadie, que cortar así, tan agresivamente, iba a dejar los setos sin color. Mencionó la fotosíntesis, mencionó la clorofila, mencionó, con esa mezcla de rigor técnico y desgana laboral tan propia de quien lleva media vida haciendo lo mismo, que esas arizónicas se iban a quedar descoloridas y horriblemente feas por culpa de aquella poda salvaje. Ella no dijo nada que yo alcanzara a oír. 

Seguí caminando, y confieso que no le di al comentario más importancia que la que se le da a cualquier frase escuchada al azar en la calle: entra por un oído, se queda flotando un instante, y se va.

Pero algo debió permanecer. No sé explicar por qué una frase técnica sobre setos municipales se instala en la memoria con la persistencia con la que se instalan solo las cosas que, sin saberlo aún, presentimos importantes. Creo que es porque yo mismo me había preguntado muchas veces por qué no podaban bien esos setos que invadían la acera. Tal vez fue el tono del hombre, ese tono de quien no está adivinando sino constatando, la misma diferencia que existe entre el que apuesta y el que sabe. Tal vez fue simplemente que, por una vez, alguien me explicaba —sin pedírselo, sin dirigirse a mí siquiera— por qué las cosas iban a ser de una manera y no de otra. El caso es que la frase se quedó ahí, guardada en ese cajón de la memoria donde van a parar los comentarios ajenos que uno no sabe todavía para qué va a necesitar.

Pasaron las semanas. La vida siguió su curso ordinario, hecho de rutinas que no merecen mención y que, sin embargo, son las que de verdad componen una biografía: la misma avenida, los mismos horarios, el mismo paso ligeramente apresurado de quien va a algún sitio sin demasiada urgencia. Y entonces, un día, sin que yo lo hubiera planeado ni recordado siquiera de forma consciente, volví a pasar por delante de aquellas instalaciones deportivas.

Lo que vi me detuvo. Los setos, otrora verdes con esa vitalidad casi vulgar de la vegetación bien cuidada, se habían convertido en una franja marrón, gris, apagada, del color exacto de las cosas que han sido dañadas y todavía no saben si van a recuperarse. No era el marrón noble del otoño, ese color que uno acepta porque forma parte de un ciclo conocido. Era un marrón-gris de herida, de corte mal curado, un color triste que no anunciaba renovación sino simplemente pérdida. Y ahí, de pie frente a aquel seto desahuciado, me acordé del operario y de su clorofila.

Saqué el teléfono e hice un par de fotografías, no sé bien con qué intención exacta, quizá solo con el impulso de quien quiere guardar la prueba de algo que le ha resultado, por un instante, revelador. Y mientras guardaba la imagen pensé, con una media sonrisa que no sabía si era hacia el jardinero o hacia mí mismo, que aquel hombre había sido, sin proponérselo, una especie de profeta menor. No de los que anuncian guerras ni caídas de imperios, sino de los que anuncian, con total exactitud, lo que le va a pasar a un seto dentro de unas semanas. Un profeta de escala doméstica, adecuado a mi propia vida, que tampoco suele tratar con imperios.

Y aquí es donde la anécdota, que hasta ahora parecía cerrarse sola, se me quedó abierta. Porque lo interesante no es que el jardinero tuviera razón —tenerla era, al fin y al cabo, su oficio, y sería extraño lo contrario—, sino la extrañeza con la que yo, testigo casual, recibí el cumplimiento de aquella pequeña profecía. Vivimos rodeados de gente que sabe cosas exactas sobre el futuro inmediato de las cosas que maneja: el electricista sabe qué cable va a fallar, el médico sabe qué articulación se va a quejar dentro de diez años, el jardinero sabe qué seto se va a quedar marrón. Y sin embargo, cuando el futuro que anuncian se cumple delante de nuestros ojos, seguimos reaccionando con la misma sorpresa infantil con la que reaccionaríamos ante un oráculo antiguo, como si el conocimiento técnico y la adivinación no fueran, en el fondo, primos muy cercanos.

El seto de arizónicas mutilado: menos molesto, pero descolorido

Quizá lo que de verdad me detuvo frente al seto marchito no fue el color, sino la comprobación silenciosa de algo que rara vez pensamos: que estamos permanentemente rodeados de pequeñas profecías cumplidas que no nos importa comprobar. Nadie vuelve al lugar donde escuchó al electricista, al médico o al jardinero para verificar si tenían razón. Aceptamos su palabra como acto de fe profesional y seguimos caminando. Yo, por algún motivo que todavía no acabo de entender del todo, sí volví. Y me encontré con la prueba.

Este finde tuve una concurrida comida familiar y salió el plasta descerebrado de mi cuñado a intentar convencerme de que el cambio climático y el calentamiento global no existían, que eran los ciclos naturales y blablablá.

Ni me molesté en intentar asesarle mínimamente, simplemente le dije que a mí me parecía bien que él fuera terraplanista si quería, pero que no me diera la brasa con sus pobres falacias lógicas y sofismas, que ya me sabía de memoria.

Dicho lo cual giré la cabeza hacia otro comensal y seguí hablando con los adultos de la sala mientras él intentaba dejar claro que no creía que la Tierra fuera plana. 😉

Digo esto porque, como el jardinero, voy a dejar mi profecía aquí para quien quiera leerla y entenderla: en los próximos veinte años vamos a morir unos cinco mil millones de personas en la Tierra a consecuencia directa o indirecta del cambio climático que hemos provocado con nuestras acciones destructivas y por perseverar estúpidamente en la quema de combustibles fósiles. 

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La película que nos mira desde el sofá

Hay películas que empiezan de verdad cuando aparecen los títulos de crédito. No porque sean profundas, que es una palabra que suele pedir u...