lunes, 28 de septiembre de 2026

La película que nos mira desde el sofá

Hay películas que empiezan de verdad cuando aparecen los títulos de crédito. No porque sean profundas, que es una palabra que suele pedir un café solo, una subvención y a ser posible un festival donde lucirse, sino porque algo de ellas se queda encendido mientras nosotros, ya de pie, buscamos el mando entre los cojines del sofá.

La escena vuelve sin permiso, días o años después, en el momento menos oportuno: una puerta que no llega a abrirse, una canción que aparece demasiado tarde para salvar nada, un personaje que sonríe justo cuando debería estar pidiendo perdón de rodillas. El cine tiene esa incómoda costumbre de instalarse en la memoria cual huésped que ha entendido deliberadamente mal la duración de la visita que le habíamos concedido.

Espectador en un sofá frente a una película que parece observarle desde la pantalla

A mí me interesan las películas que no gritan su propia importancia, las que no necesitan colocar un violín debajo de cada lágrima ni subrayar la metáfora con rotulador fluorescente, como si temieran que se nos pasara por alto. En esas películas, una mirada puede durar dos segundos escasos y sin embargo cargar con veinte años de silencio acumulado. Una cocina mal iluminada, con esa luz amarillenta de tubo fluorescente a punto de fundirse, puede explicar un matrimonio entero mejor que media hora de discurso sobre la incomunicación conyugal.

El cine, además, es una máquina extraordinariamente eficaz de fabricar testigos. Durante hora y media observamos a desconocidos tomar decisiones que, vistas desde la comodidad del sofá, con la mantita puesta y el mando al alcance de la mano, nos parecen absurdas, hasta gritables. Y luego, apagada la pantalla, repetimos alguna de esas mismas decisiones absurdas con una serenidad que a los personajes de la película jamás les habríamos permitido.

Y mientras tanto la tecnología ha cambiado por completo nuestra forma de mirar. Podemos detener una película en cualquier fotograma, ampliar un plano hasta descomponerlo, corregir el color que el proyector del cine de barrio nos escatimaba, escuchar los comentarios del director sobre por qué eligió ese encuadre y no otro, y consultar en dos clics quién diseñó la lámpara que aparece, casi de refilón, en el minuto cuarenta y tres. La imagen ya no termina en la pantalla: se ramifica en búsquedas nocturnas, en foros de desconocidos tan obsesivos como uno mismo, en vídeos de gente que explica el final con flechas rojas y una seguridad que envidio. Y aun así, con todo ese aparato al servicio de la comprensión, el misterio central de la escena permanece intacto, casi ofendido por tanta explicación.

Butaca de cine y película reflejada en una tira de celuloide, imagen sobre la memoria cinematográfica

Porque una película no es un acertijo que deba quedar resuelto antes de acostarse, con las piezas bien encajadas y la conciencia tranquila. Es una experiencia que cambia según evoluciona quien la mira, aunque el fotograma sea exactamente el mismo. La escena que a los veinte años nos parecía el colmo del romanticismo puede parecernos, a los cincuenta, una forma bastante elegante —y bastante triste— de pedir ayuda sin decirlo con esas palabras. Quizá por eso volvemos a ciertas películas cada pocos años, casi por compromiso, casi por cariño. No para recuperar el pasado, que no se recupera viendo nada, sino para comprobar qué parte de nosotros sigue todavía allí, agazapada, esperando a que alguien la reconozca.

El actor no ha envejecido en la pantalla; sigue teniendo la misma cara, el mismo gesto, la misma manera de encender un cigarrillo que tenía el día del rodaje. Nosotros sí hemos envejecido, en cambio, y esa diferencia entre lo inmóvil y lo que se transforma produce una clase de conversación bastante extraña, casi fantasmal, entre quien fuimos y la imagen que se quedó fija para siempre.

Al final, el cine no nos dice quiénes somos, y sería ingenuo pedírselo. Hace algo bastante más incómodo, y por eso mismo más valioso: nos muestra quiénes fuimos cuando estábamos absolutamente convencidos de que ya sabíamos quiénes éramos.

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