miércoles, 1 de julio de 2020

lunes, 29 de junio de 2020

La parajoda del captcha

Lo de los captchas es algo a lo que le estoy cogiendo una cierta manía, la verdad. No solo es porque sea altamente cansino, sino que a veces es absurdísimo.

Busca en el captcha dónde está Wally, si eres valiente...

Por ejemplo, recuerdo que hace unos años en una página me ponía que pare demostrar que yo era humano y no una máquina pusiera el resultado de una multiplicación: 7 x 8.

¿Qué? Joer, hace siglos que uno no recita las tablas de multiplicar y esa operación en concreto se me ha dado siempre mal... ¿eran 54 ó 56? Así que como no estaba seguro del resultado tuve que recurrir a la calculadora (máquina) para demostrar que yo era humano. Te cagas.

El dichoso código de verificación de captcha

El sistema de ahora es distinto, pero a peor. Hay que estar buscando imágenes como tontos. Pero es que la encuentras y a veces se recarga y aparece otra imagen y le vuelves a dar y se vuelve a recargar... un bucle infernal.

Así que cuando salgo a la calle deambulo por ahí como loco, venga a buscar pasos de peatones, bicicletas, chimeneas, puentes, autobuses y hasta bocas de incendio colorás de esas que en España no hay.

Ea, localiza al vietcong en la selva captcha

miércoles, 24 de junio de 2020

Las carga el diablo


Las armas las carga el diablo.



Bromas
Cuántas veces habría escuchado esta admonición en forma de severo aviso, de revelación de secreto órfico cual si de inapelable verdad se tratara. Pero sonaba tan ridículo...

Mi manía de hacer bromas, esa característica estúpida que me ha acompañado en mi infancia y juventud sin ser requerida: se me aperece inesperadamente y soy incapaz de resistirme.

Muchas risas y momentos de placer me ha proporcionado... aún de vez en cuando, siempre de buen gusto y sin que nadie en las cercanías salga dañado (más o menos, se intenta).

Algunos disgustos también me ha dado. Uno de ellos especialmente gordo e inolvidable, de los que te pone los pelos de punta al rememorarlo.

Recuerdo de niño aquella broma, en principio inocente, de lanzarle a otro chico un falso puñetazo que se detenía antes de impactar en su rostro; mientras, con el otro brazo te dabas un manotazo ahuecado en el pecho consiguiendo un efecto de puñetazo de película: con mucho sonido y sin sustancia, como en Hollywood. Esto solía resultar en exitosa chanza la mayoría de las veces. Hasta que un día quise hacerle la broma a un amigo reciente y calculé mal, sin lograr frenar a tiempo el puñetazo... y con efectos especiales. A ver cómo se lo explicas y rearmas esa amistad incipiente. Difícil.

Otra de mis manías, la de dar sustos trabajados e inesperados, se me acabó bien temprano, en plena adolescencia. Aquella vez se me ocurrió esconderme en el armario empotrado de la habitación de mis hermanas y —siendo tan ágil entonces— no sé cómo conseguí apañármelas para colocar mi cabeza sobresaliendo a ras de donde estaba apilada la ropa de encima de los cajones sin que se viera mi cuerpo. Luego sólo era cuestión de esperar que volviera a casa alguna de mis hermanas y que abriera el armario. Y para eso estaba especialmente cualificado: podía aguardar durante horas inmóvil para no arruinar la que calculaba sería una gran broma. Estaba anticipando las risas, imaginando la cara de mi hermana cuando viera ahí inespeadamente una cabeza entre la ropa.

Bromas, sustos y miedos

Llegó Eva, la pequeña, abrió el armario y ni me vio. Al rato volvió y estaba parada justo frente a mí y seguía sin verme, supongo que eso provocó en mí alguna inevitable risilla y sólo entonces al sentir un ruidito se fijó en que había una cabeza en la oscuridad del armario, una cabeza que estallaba de pronto en convulsas carcajadas.

Tras un instante de terror en su rostro, Eva se quedó inmóvil... lívida. Lo primero que piensa un imbécil bromista es que te quieren devolver la broma, así que estuve un rato especulando con tal posibilidad, pero mi hermana estaba tan rara que tuve que descartar esta opción. Llamé a voces a mi padre, que acudió alarmado y al ver a mi hermana así me preguntó qué había pasado:

La he asustado... —confesé tremendamente avergonzado.

¿Pero tú eres subnormal o qué? —me preguntó afirmando. Antes se hablaba así, sin tener en cuenta si esa terminología molestaría a alguien o era incorrecta, se usaba esa expresión.

Mi padre estuvo intentando recuperar el color de mi hermana moviéndola, tratando de hacer que reaccionara de alguna manera. Yo estaba aterrorizado por el éxito de mi broma.

Repentinamente Eva pareció exhalar largamente y empezar a recobrar la normalidad, para alivio de mi padre y de mí mismo, que fui inmediatamente confinado en mi habitación como castigo.

***


Años después, siendo mayor de edad, hice la última broma estúpida, la que más me aterroriza rememorar.

Diabólica criatura
Teníamos una escopeta de perdigones desde pequeñitos.

Un día se me ocurrió la genial ocurrencia de fingir que dispararía perdigonazos, pero en realidad no metería ningún perdigón en la escopeta: simplemente sonaría como que percutía pero apenas expelería un poco de aire comprimido. Graciosísimo, ¿qué podría salir mal?

Así que fui a mi habitación, donde estaba mi novia sentada en la cama. Me eché un puñado de plomillos en la boca y fingí que cogía uno para cargar la escopeta, pero en realidad no la cargaba.
 
Mi novia me miraba con la misma cara de terror que simpre ponía ante cualquier broma mía y se tapó la cara con la almohada antes de que la disparara. Cuando se descubrió volví a hacer como que cargaba y la apunté de nuevo, recuerdo bien que le dije que le iba a disparar en un ojo e intenté apuntar a uno de ellos, pero antes de que pudiese tirar ella volvió a cubrirse con la almohada. Así estuvimos un buen rato, disparé varias veces  y acabé reprochándole que era una aburrida y confesando que en realidad no estaba disparando nada, solo aire.

Por si acaso, que las carga el diablo y tú tienes mucho peligro...

Como ella no me daba juego fui en busca de mi hermana Silvia, la cual desde pequeñita ha sido una exagerada a la que le encantaba hacerse la víctima y atraer la atención de mis padres.

Me le encontré en el pasillo, cuando ella iba a la cocina. Puse cara de loco, hice como que cargaba la escopeta y le disparé en una pierna.

Empezó a chillar como una rata. 

¡Estás loco, gilipollas, que duele!

Y yo muerto de risa pensando que vaya histérica y flipada, que decía que dolía mucho y no había lanzado más que aire comprimido. Me pareció el momento ideal de poner cara de psicopatón y volver a disparar, ahora a la otra pierna.

¡Pues toma más, para que sufras!

Corrió a esconderse en el cuarto de baño vociferando toda clase de insultos y barbaridades.

Yo me oculté esperando que saliera. En cuanto reapareció volví a disparar, aunque fallé porque huyó velozmente, dando gritos.

Disparando en plan broma

Ella no podía creerlo, dio tales voces que acudieron mi novia y mi otra hermana, que andaban por la casa. Entonces le dije, para humillarla ante ellas:

Pero idiota, ¿no ves que no estoy metiendo perdigones? ¡No te he disparado nada y estás haciéndote la muerta!

Ella, con incrédulo enojo, se bajó el pantalón y me enseñó la sangre de los perdigonazos:

¿No sabes que desde hace unos meses la escopeta tiene un cargador automático?

En ese momento, con la mayor cara de tonto que habré puesto en mi vida, miré y vi que —efectivamente— había un elemento nuevo en mi vieja escopeta: un tubo negro lleno de perdigones. Cada vez que se abría y cerraba la escopeta se cargaba uno automáticamente...

Y solo entonces comprendí la sabiduría que encerraba aquel viejo refrán: las armas las carga el diablo.


P.S.- Mi novia debió haberme dejado en ese mismo instante, pero la muy inconsciente acabó casándose conmigo tres o cuatro años después.
***

Mi hermana Silvia no era nada querida por nuestro vecino de arriba: un tranquilo militar jubilado de excelentes modales. Ella estaba aún saliendo de la edad del pavo adolescente y era bastante problemática: organizaba fiestas con sus amigas en las que hacían mucho ruido con las motillos y las juergas con porros y alcohol. Le resultaba bastante molesta a nuestro único vecino y a su señora.

También es cierto que aunque mis padres no andaban frecuentemente por esa casa, el vecino de arriba prefería no tratar mucho con papá desde que un día salió alarmado a la escalera del portal porque había escuchado unos disparos y vio a mi padre tan ufano con el cadáver de una serpiente.

vecino


El hombre únicamente venía a tratar conmigo cualquier problema de convivencia, porque sabía que yo le escuchaba activamente y le daba la razón con diplomacia.

Recuerdo que al día siguiente de aquel vergonzoso suceso llamó el vecino a la puerta.

Hola, ¿qué hay?

Pues verá, no me gusta molestar, pero es que ayer a la hora de la siesta su hermana estaba dando unos gritos que no eran ni medio normales...

Ah, ya, eso... bueno, en realidad tenía motivos para gritar porque le pegué unos tiros con la escopeta...

El vecino me miró incrédulo. Imagino que pensaría que me estaba cachondeando de él en su cara, porque le dije la frase con toda naturalidad y franqueza. O a lo mejor se fue contento y conforme  porque había disparado sobre mi hermana.

No lo sé, no volvió jamás.



jueves, 11 de junio de 2020

La profanación y el fantasma

Nunca tuve ocasión de echar raíces.

Desde pequeño nos íbamos mudando de un lugar a otro y no tuvimos una casa fija. No reniego de mi vida, ni siquiera estoy seguro de que sea beneficioso aferrarse a un espacio. 

El caso es que, a diferencia de muchas otras personas —como mi mujer—, no dispongo de ese refugio o santuario que puede representar en algunas ocasiones volver al lugar donde te criaste, en el que creciste; esa especie de alivio vicario de regresar a la protección y la seguridad del útero materno.

Utero materno, caldo primordial primigenio
Soy tan pobre que no dispongo ni de un lugar para la nostalgia...

El único piso en el que duramos un montón de años fue el de Madrid. Una casa estupenda, enorme, situada en una zona privilegiada de la capital, con el metro justo al lado. Estuvimos allí cerca de treinta años.

Recuerdo el día que llegamos a verlo por primera vez: estaba totalmente vacío y resonaban allí nuestras voces aún infantiles jugueteando por aquellos largos pasillos... A mis padres se los veía muy ilusionados porque era el primer piso que "estrenaban".

Llegó un momento en el que había que decidir entre seguir alquilándolo o comprarlo a un precio inferior al del mercado. Mi padre no quería líos y pretendía seguir así, de alquiler a un precio ridículo, pero sus hijos le convencimos de que se trataba de una gran oportunidad. Y lo era.

Pero, ay, vino la crisis y las subidas del Euribor. Mi padre no estaba a gusto con esa espada de Damocles de que llegara un momento en que no pudiese pagar esas cuotas altísimas crecientes y antes de que se produjese tal posible ruina decidió malvender la casa. Una pena. Acabó echándola de menos, lo sé, aunque no tenía sentido andar recordándolo.

Y ahora me ha dado por pensar que si el fantasma de mi padre anduviere por el mundo —atrapado de alguna manera, como en las películas de fenómenos paranormales— regresaría a esa casa, a su lugar favorito en el mundo: el sillón frente a la tele.

Allí me senté con mi padre tantos viernes por la noche a finales de los setenta para ver juntos el programa de José Luis Balbín «La Clave»...

Fotograma de la película de Howard Hawks 'Only Angels Have Wings'
Fotograma de la película de Howard Hawks 'Only Angels Have Wings'

Recuerdo también otra noche, con mi padre lejos de casa, viendo con mi madre aquella vieja peli de Howard Hawks en blanco y negro: Only Angels Have Wings.

Asimismo puedo visualizarme en el verano de 1985 o 1986 jugando a videojuegos conectando a la tele el ZX Spectrum mientras en la radio suena a todas horas el We Are The World.

Y ese mismo verano viendo pelis en el reproductor VHS de madrugada yo solito, con un auricular en un oído para no despertar a nadie ni molestar a los vecinos.

ZX Spectrum, reproductor y cinta VHS y disco de We Are The World
ZX Spectrum, reproductor y cinta VHS y disco de We Are The World

Me desentendí de aquella triste historia de la venta del piso y ni siquiera he vuelto por allí.

Pero hace unos años mi madre me dijo que había visto en internet unas fotos de la casa. Se ve que los nuevos propietariarios habían encargado las reformas a una decoradora y habían puesto las fotos en alguna revista o algo así. Le pedí que me pasara el enlace. Y allí estaba mi  piso. Mi habitación profanada, como todas las demás.


El salón de mi antigua casa, donde se ambientaba 'La hija del coronel'
El salón de mi antigua casa, donde se ambientaba 'La hija del coronel'


Y así lucía tan modernillo nuestro antiguo salón. Al fondo había antes una terraza, desde las columnas hacia el fondo. Parece pequeño por la perspectiva, pero era una gran terraza. El lugar donde está la chaise longue es justo el sitio donde se sentaba mi padre en su sofá: su sitio. Sí, en plan como Sheldon Cooper, si venían amigos a casa había que prevenirles: eh, quita de ahí, que es el sitio de mi padre. Sagrado. Ahora profanado. 

Este es el salón familiar donde tantas comilonas multitudinarias celebramos. Donde está inspirado el relato de La hija del coronel. El lugar del mundo del que puedo sentir mayor nostalgia.

Si los nuevos habitantes de la casa empezáis a observar fenómenos extraños.... ¡huid, insensatos!

miércoles, 10 de junio de 2020

Sigan avanzando...

...y Vanzando y los demás se perdieron en la selva.

Así rezaba aquel viejo chiste corto antiquísimo.

Pero ahora para mí es como un grito de guerra: tengo que seguir avanzando.

Llevo años estancado con una novela, incapaz de darle un forma global, solo podía funcionar en trocitos sueltos que se iban negando mutuamente. 

Así que en vez de seguir empujando como un mulo me he parado a pensar cómo resolver definitivamente el atranque. He cotilleado por la red a ver cómo resuelven ese problema algunos escritores, lo de darle una forma, un esquema, una línea de tiempo, cronograma o como quiera llamarse eso.

He aquí el resultado gráfico de alguna de mis averiguaciones:

Manuscrito del plan de Henry Miller para Trópio de Capricornio

Norman Mailer
Esquema de uno de mis favoritos: Norman Mailer


Aquí los cacaos gráficos de la autora de Harry Potter
Aquí los cacaos gráficos de la autora de Harry Potter

Marta Sanz
Marta Sanz también se maneja virgueramente en la complejidad

Bueno, cada uno tiene su estilo, pero todos tienen una guía que seguir, lo que a mí me faltaba, así que me he puesto manos a la obra y finalmente he conseguido esto:

Mi mesa de trabajo con el corcho nuevo
Empecé con post it en un cuaderno y acabé pasándolo a un tablero con fichas

Y también me he hecho un cuadro muy visual con los personajes principales
Y también me he hecho un cuadro muy visual con los personajes principales

Ahora puedo hacerme una idea global bastante rápida y efectiva consultando esos dos cuadros.

Peeero, también estaba harto de que la pereza y el despiste me tuviesen deseperado buscando archivos con partes de la novela (uno solo se me hacía inmanejable) y he decidido buscarme un programa específicamente diseñado para escritores, ideal para una novela.

Todo el mundo parece usar Scrivener, pero yo me he decidido por la alternativa gratuita diseñada por un escritor: yWriter6.


Mi novela en yWriter6
Mi novela en yWriter6


Es fácil de aprender a usar, hay algún manual en español en PDF y algunos tutoriales en Youtube. 

He tardado en trasladar la novela completa a ese programa, pero ahora al fin respiro tranquilo sabiendo que está todo en un solo sitio, el conjunto a la vista en un instante y con mis comodines visuales. Veo que tengo casi 40.000 palabras pasadas, pero eso tiene mucho trabajo de poda pendiente.

En fin, al menos ya estoy en condiciones de avanzar hasta el final con todo el camino despejado y con un poco de pendiente favorable.

¡Deséenme suerte!

* * *



Y una vez acabada la interesante lectura de Patrimonio de Philip Roth, ahora tengo varios candidatos en la pila de libros pendientes... no sé por cuál decidirme de entre esta docena de sugerentes títulos.

Diario del asco de Isabel Bono y once portadas más
¿A por cuál me lanzo? Me va a pasar como al asno de Buridán...

sábado, 16 de mayo de 2020

Orgasmos cinéfilos y revisión de viejos cuadernos.


En viendo que la cuarentena esta iba para largo y aunque estoy abonado a casi todas las plataformas de streaming estrimin: Movistar+, HBO, Netflix, Amazon Prime Video, FlixOle, Rakuten, Dazn, etc, decidí suscribirme a la única que en realidad merece la pena (7,99€ al mes para más de 10.000 títulos), que además es española y resulta —¡de lejos!— la más rentable en relación precio/calidad (y con la ventaja adicional de que podemos usarla mi hija y yo a la vez):

Poster de la película de Álex Montoya "Asamblea".
El suscribirme ha sido una auténtica gozada, me he vuelto loco consultando el impresionante catálogo de todo tipo de joyas cinéfilas que alberga, se me iba haciendo la boca agua. 

Excitado cual niño con zapatos nuevos... joé, qué expresión más antiquísima, ¿no? Si le regalara a mi sobrinillo unos zapatos lo más suave que me diría es:

Métetelos por el culo, boomer.

Ahora la expresión debería actualizarse a "como niño con consola nueva", o algo así.

En fin, como decía, lo primero que hice al darme de alta en Filmin fue disfrutar del estreno mundial online del primer largometraje de mi colegui de es.rec.cine Álex Montoya con su película "Asamblea"

Toda una experiencia, con un potente guion basado en una obra teatral, muy bien rodada y con un elenco de auténtico lujazo: Greta Fernández, Cristina Plazas, Francesc Garrido, Irene Anula, Marta Belenguer, etc.

Pero qué voy a decir yo del amiguete Álex... nada más que cosas buenas, pero como no quiero por ello dejar de recomendarles su película dejaré que sean los críticos de EL PAÍS y ABC quienes den cuenta de sus virtudes:

Crítica de Javier Ocaña en el diario EL PAÍS acerca de la peli Asamblea de Álex Montoya
Crítica de Javier Ocaña en EL PAÍS acerca de la peli Asamblea de Álex Montoya
Crítica de Oti Rodríguez Marchante en el diario ABC sobre el filme Asamblea de Álex Montoya
Crítica de Oti Rodríguez Marchante en ABC sobre el filme Asamblea de Álex Montoya
 Así que ya saben, no se la pierdan, está en Filmin.


* * * * *


En estos días de confinamiento —con esa cualidad nebulosa de irrealidad protodistópica— me ha dado por poner un poco de orden en mis cuadernos, algunos antiquísimos.

Estaba revisando uno de ellos, uno feucho, de esos finitos con espiral a la izquierda, de cartoncito blandengue en la portada y con cincuenta hojas de papel milimetrado. Me preguntaba por su antiguedad y observo que tomé una nota reflexiva tras la lectura de una noticia en la prensa. ¡Por aquel entonces yo compraba el periódico en papel! 

Realizada la pertinente datación con carbono 14 resulta que el apunte corresponde... ¡al milenio pasado! Nada menos que al 4 de septiembre de 1999. 

Portada del diario EL PAÍS del día 4 de septiembre de 1999


Por entonces el diario EL PAÍS costaba 125 pesetas. 

Y aunque en aquellos días se hablaba del repliegue israelí en Cisjordania, de la guerra de los Balcanes, de los terribles crímenes sin resolver que se cometían en ciudad Juárez o de la preocupación que había por aquello tan presuntamente terrible del "efecto 2000" en los ordenadores, a mí lo que me llamó la atención y anoté en mi cuaderno aquel primer sábado de septiembre fue un suceso local, como puede verse en la siguiente foto:


Anotación manuscrita en uno de mis cuadernos
Anotación en uno de mis antiguos cuadernos

Me sigue dando yuyu...


* * * * *


Por cierto, aquí les dejo el trailer de Asamblea.



Saluti a tutti!

viernes, 8 de mayo de 2020

Haiku a la muerte de su padre.


Móvil silenciado. Me acomodo en el sillón, cierro los ojos y practico la respiración abdominal. Docenas de pájaros gorjean afuera.

Trato de no pensar en nada, de vaciar la mente. Cuesta, pero una vez que me relajo y consigo adormilar al primate neurótico que pervive en nuestros cerebros, me concentro en hacer emerger los primeros recuerdos de mi vida.

Tras unos minutos reconectando neuronas aparece nítido un momento que permanecía oculto en algún rincón.

Alimentando el cerebro


Debía tener cuatro años, vivíamos cerca de Madrid y había un caminito sin tráfico, pero asfaltado: una cuesta pronunciada. Papá me había comprado un cochecito de pedales. Lo sube hasta la cima, me alecciona para que sujete firmemente el volante sin girarlo hasta llegar abajo. Quizá ya entonces me llamaba con ese nombre cariñoso que me puso y que tanto me gustaba oír: Atitito. Me suelta y el coche se acelera. Corre a mi lado por si me escoro. La velocidad tremenda que adquiero con la bajada me provoca un subidón de adrenalina excitante y cuando al fin me detengo derrapando, grito:

—¡Otra vez, papá!

Jamás me cansaba de experimentar tan emocionante sensación. Se le atribuye a Aldous Huxley la frase de que la velocidad es el único placer genuinamente moderno. A mi padre le fascinaba la velocidad, ya fuera en coche, en moto… o en caída libre. Probablemente por eso se hizo paracaidista, aunque él era artillero. Ahora acude a mí el recuerdo de cuando fuimos —por aquella misma época— a la base aérea de Alcantarilla para ver uno de los saltos en paracaídas de papá. Me sorprendo excitado mirando al cielo, aguardando la aparición de mi padre.

¿Cómo lo vamos a reconocer, mamá?

Me ha dicho que llevará un pañuelo blanco atado en la bota derecha.

Entusiasmado sigo al avión con la mirada y me percato de que mi madre está muy asustada y no entiendo el motivo: mi padre es un superhombre al que nada malo puede ocurrirle. 

Recuerdo también cuando en una gasolinera cuatro hombres pelearon contra papá, yo estaba tranquilo confiado en que saldría victorioso, pero mi madre —aterrada— tocaba el claxon y gritaba pidiendo auxilio. Aquellos tipos se dieron a la fuga y mi padre al regresar al coche dijo:

Uno me ha mordido en la mano, voy a tener que ponerme la antirrábica.

Papá se marchó un año, a finales de los sesenta, a hacer un curso de especialista en misiles a los Estados Unidos. Cuando volvió nos trasladamos de Madrid a San Roque, porque su nuevo destino era en una unidad para la defensa del Estrecho de Gibraltar.

Ahora te estoy viendo con tus aletas y las gafas de bucear desapareciendo en el mar, hacia el Peñón. A veces tardas horas y mamá se asusta cuando va anocheciendo y no has regresado, pero siempre vuelves para cuidarnos. Como aquel día que mis hermanos y yo aguardábamos impacientes que transcurrieran dos horas para poder bañarnos o —aseguraban entonces— moriríamos horriblemente de un corte de digestión. Jugábamos en la misma orilla, osando internarnos en el mar lo suficiente como para poder llenar el cubo. Mi hermana menor perdió pie con el escalón del lecho marino donde empezaba la zona que cubre, cayó boca arriba haciendo el muerto y fue arrastrada velozmente por una corriente de agua.

Alarmado corrí pesadamente sobre la arena hacia la terraza donde los mayores tomaban café gritando:

¡Papá, Silvia se ha caído al agua!

No había recorrido la mitad del camino cuando mi padre se cruzó conmigo corriendo en sentido opuesto, se lanzó de cabeza a la corriente que arrastraba a la pequeña y cual Johnny Weissmüller la alcanzó y la sacó en brazos a la orilla.

Más que esas virtudes, lo que me ha fascinado siempre de mi padre es su sabiduría y su manera de ser tan espontánea y alegre.

Siendo bachiller las matemáticas parecían un arcano inaprensible para mí, pero se convertían en sencillos divertimentos cuando papá me las explicaba en casa.

En ocasiones, si veía a mi madre muy desanimada, sabía cómo cambiar su humor. Decía:

Prepárate, que nos vamos unos días de viaje.

Mi padre y yo fotografiados por mi madre en el verano de 1968, de camino al pantano de San Juan.
Mi padre y yo en el verano de 1968.

Tenía esos inesperados y agradecibles comportamientos espontáneos. Como aquella vez que me empeñé en ver el cielo nocturno y nos llevó a una montaña a treinta kilómetros de Madrid para contemplar las perseidas.

Estudié en un internado militar. Me expulsaron por mal comportamiento y bajo rendimiento académico. Pero yo estaba enamorado de una chica de allí, la que hoy es mi mujer. Ante mis ruegos, papá redactó un escrito recurriendo mi expulsión. Fui readmitido.

Málaga: no me arranca el coche. Le digo a mi mujer que voy a una cabina a telefonear a mi padre.

Llama a una grúa, ¿qué puede hacer tu padre?

¿Qué podía hacer? ¡Magia!

Siguiendo sus indicaciones puse punto muerto y desplacé un metro el coche… y entonces arrancó. 

Tampoco era un santo. En las celebraciones religiosas familiares, al igual que yo, se quedaba en las puertas de las iglesias fumando, hacíamos buen equipo.

Él un día dejó de fumar, sin ayudas ni lloriqueos. Y no le importaba que fumásemos ante él.

Tenía su reverso tenebroso que deliberadamente obviaré. 

Un par de defectos: era un malqueda con las despedidas, las evitaba. Tampoco quería entrar en los hospitales, decía que de allí sales con lo que no has entrado.

Me subleva pensar que tú, padre, siendo un personaje tan admirable para mí, como tantas personas mayores que habrán sido modelos fundamentales para otras, seáis ahora simples cifras insignificantemente desindividualizadas en unas groseras estadísticas de ancianos fallecidos por Covid-19.

Desearía ser Jorge Manrique y componer las Coplas por la muerte de su padre, pero en mi modestia de aficionado junta-letras en los tiempos del Twitter me conformaré con perpetrar este sencillo haiku:

Genio y figura,
hasta tu último adiós  fue
a la francesa.

La próxima semana es mi cumpleaños y por primera vez en medio siglo no me tirarás  delicadamente de los lóbulos para felicitarme… y nadie en este mundo volverá a llamarme Atitito.

Haiku a la muerte de su padre.


jueves, 16 de abril de 2020

Cuatro cumples y un funeral

Bebiendo vino de la botaen la puerta de un cementerio.
Mi padre bebiendo vino de una bota en la puerta de un cementerio durante unas maniobras de la Brigada Paracaidista.

Todo cuanto podría haber salido mal... resultó finalmente peor.
Cuando mi padre ingresó en el hospital con neumonía y con los síntomas del COVID-19 le hicieron el pertinente test. Tardó varios días. Dio negativo. Bien, qué alivio.

Pero pasaba el tiempo y el enfermo no terminaba de mejorar. Cuando se veía ya que los hospitales madrileños colapsaban decidieron enviar a mi padre a casa para que terminara de recuperarse allí con antibióticos.

Bien, papá en casa de vuelta y se le puede ver porque ha dado negativo al coronavirus y somos vecinos.

Cuando llevaba dos días en casa se puso malísimo y hubo que llamar de nuevo a una ambulancia.

Resulta que en su hospital madrileño ya no había ninguna plaza, así que hubo que trasladarlo a Toledo.

Con los síntomas con los que ingresa vuelven a aislarlo y a hacerle la prueba para detectar el jodido bicho del demonio.

Papá sosteniéndome en brazos
Papá me sostiene en brazos


La información con cuentagotas. 

Pasan los días y lo último que supe es que parecía ir mejorando, le bajaba la fiebre y le quitaban el oxígeno, maravilloso.

El lunes 30 de marzo por la tarde le pregunto a mi hijo si intentamos hablar con su abuelo.

—Vale.

Marco la extensión de la habitación hospitalaria que ocupa mi padre, pero nadie descuelga el teléfono.

Bueno, a lo mejor está dormido o está pasando el médico en ese momento.

Un rato después suena el fijo: es mi hermana Silvia.

—Me ha llamado el médico. Papá ha dado positivo y está mucho peor —todo esto me lo dice llorando—, si no se recupera por sí mismo no le van a poner respirador...

Mi hijo se fija en que con la llamada de mi hermana se me está mudando la color y me pregunta alarmado qué pasa.

—Hijo mío, me temo que el abuelo se subió al árbol...

Lo pilla enseguida porque yo le conté aquel chiste. 

—No jodas.

Se viene a abrazarme llorando desconsoladamente... nunca la muerte le ha rondado a alguien tan cercano, bendita inocencia. Yo también cedo a mi estúpida resistencia emocional y dejo que la angustia salga en forma de lágrimas e hipidos.

Cuando pasados unos minutos conseguimos relajarnos un poco nos miramos sin saber qué hacer. Estábamos viendo juntos en la tele del salón un programa de humor de Youtube... Qué impotencia.

Papá en la nieve, en un baile de gala con mamá, subido a una barandilla en el Estrecho de Gibraltar y al final de sus días en el hospital.
Mi padre en la nieve, una foto en blanco y negro con uniforme, al centro en un baile de gala con mi madre, subido a una barandilla con el Estrecho de Gibraltar al fondo y al final de sus días en el hospital con una mascarilla de oxígeno.

Me subo a la bici estática y me pongo a pedalear con la mente perdida y la imagen de la TV congelada, como nuestras vidas.

Unos segundos después vuelve a sonar el teléfono. Veo en la pantalla del inalámbrico que es mi hermano Daniel, el médico. Ya sé lo que me  va a decir. Su tono de voz también confirma mis sospechas.

Mi hijo también ha leído la noticia en mi rostro y volvemos a abrazarnos en nuestra isla entre lágrimas, ya no cabe ni una mínima esperanza a la que asirse.

Mi mujer se acaba de levantar de su merecida siesta (ella también es "esencial" y trabaja estos días a todo ritmo). Al ver el valle de lágrimas en el que se ha convertido nuestro salón se une a nuestro abrazo y al llanto.

Mi hija vive por su cuenta. Cuando le doy la noticia se descoloca completamente. Nosotros tres al menos nos tenemos los unos a los otros para consolarnos, pero ella no puede unirse a su familia y no sabe cómo gestionarlo, pese a que está acabando este año Psicología. No puede creerlo, esto no debería ocurrir. La escucho y comprendo su angustia, descolocación e impotencia estando ella sola con su pareja y le aseguro que para esta noche montaré una videoconferencia a modo de "velatorio virtual" para que se pueda conectar toda la familia más cercana.

Tres momentos con mi padre.
Tres momentos con mi padre.


Mi hija es un poco incrédula respecto a que tal cosa pueda ocurrir tecnológicamente, pero a través de grupos de whatsapp familiares consigo montar una sala en Jitsi y escribo unas pequeñas instrucciones para conectarse desde PC con el navegador Chrome o desde tablet o móvil (vale para iOS o android), con los enlaces directos.

A la hora convenida van desfilando por la sala virtual los familiares avisados, cada uno desde su encierro. Es como un velatorio normal, pero en un espacio sin dimensiones, sin nada para picar, sin tener que salir fuera a fumar, sin coronas y... sin poder ver al finado. Es lo que hay, toca resignarse.

***

Recuerdo que hace tres o cuatro años, una noche de Halloween, mi padre tuvo una infección en el riñón que estuvo a punto de costarle la vida. Aquella noche lo llevé a urgencias en mi coche y cuando se lo llevaron al triaje me dio algo precavidamente y me dijo:

—Esto es para que me incineréis, no quiero entierro.

Miré lo que me había dado: era un fajo de billetes grandes, había más de cinco mil pavos.

De aquella se libró y le devolví el dinero en cuanto se puso mejor, pero ahora había que cumplir su deseo e incinerarlo. Seguía teniendo ese dinero preparado en su habitación. 

Indudablemente mi padre ha ido al cielo, hete aquí la prueba... cómo asciende al ser incinerado en el cementerio de Toledo.
Indudablemente mi padre ha ido al cielo, hete aquí la prueba... cómo asciende al ser incinerado en el cementerio de Toledo. Humo negro... efectivamente: non habemus papam. (Foto de mi hermano Daniel).

Menos mal que falleció en Toledo y se pudo hacer el siguiente sábado (cinco días) porque en Madrid nos dijeron que tardaban más de quince. Sólo podían ir tres personas, así que fueron mis tres hermanos. Dani, el benjamín de la familia, me iba mandando los vídeos por whatsapp, así que estuve allí también virtualmente. La tristeza dentro de la tristeza, penosa redundancia.
                                                                               
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Total, que en este nuevo mundo del confinamiento postcovid-19 llevo cinco eventos familiares virtuales por videoconferencia: cuatro cumpleaños (me apena especialmente el de mi alegre sobrinilla, a la que le encantan las celebraciones multitudinarias) y un funeral.


Y aquí me encuentro, con una pena profunda y extraña, con la campanilla de apestado en mi cuello, sin poder ir a trabajar y sin saber si tengo el bicho... y ni siquiera sé si prefiero tenerlo o no, porque parece que tampoco esté claro que el que lo ha pasado se inmunice. A mi hermana Silvia al presentar síntomas le hicieron el test y ha dado positivo. Los demás seguimos esperando, ignorantes y perdidos, cada uno en su cueva, viéndonos por Jitsi Meet para compartir momentos y emociones.

Quiero confíar en que vendrán tiempos mejores, pero a lo peor en alguno de los billones de virus dentro de los millones de infectados se produce la mutación definitiva que borre a la Humanidad de la faz del planeta... igual lo merecemos por maltratarlo tanto.

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