miércoles, 24 de junio de 2020

Las carga el diablo


Las armas las carga el diablo.



Bromas
Cuántas veces habría escuchado esta admonición en forma de severo aviso, de revelación de secreto órfico cual si de inapelable verdad se tratara. Pero sonaba tan ridículo...

Mi manía de hacer bromas, esa característica estúpida que me ha acompañado en mi infancia y juventud sin ser requerida: se me aperece inesperadamente y soy incapaz de resistirme.

Muchas risas y momentos de placer me ha proporcionado... aún de vez en cuando, siempre de buen gusto y sin que nadie en las cercanías salga dañado (más o menos, se intenta).

Algunos disgustos también me ha dado. Uno de ellos especialmente gordo e inolvidable, de los que te pone los pelos de punta al rememorarlo.

Recuerdo de niño aquella broma, en principio inocente, de lanzarle a otro chico un falso puñetazo que se detenía antes de impactar en su rostro; mientras, con el otro brazo te dabas un manotazo ahuecado en el pecho consiguiendo un efecto de puñetazo de película: con mucho sonido y sin sustancia, como en Hollywood. Esto solía resultar en exitosa chanza la mayoría de las veces. Hasta que un día quise hacerle la broma a un amigo reciente y calculé mal, sin lograr frenar a tiempo el puñetazo... y con efectos especiales. A ver cómo se lo explicas y rearmas esa amistad incipiente. Difícil.

Otra de mis manías, la de dar sustos trabajados e inesperados, se me acabó bien temprano, en plena adolescencia. Aquella vez se me ocurrió esconderme en el armario empotrado de la habitación de mis hermanas y —siendo tan ágil entonces— no sé cómo conseguí apañármelas para colocar mi cabeza sobresaliendo a ras de donde estaba apilada la ropa de encima de los cajones sin que se viera mi cuerpo. Luego sólo era cuestión de esperar que volviera a casa alguna de mis hermanas y que abriera el armario. Y para eso estaba especialmente cualificado: podía aguardar durante horas inmóvil para no arruinar la que calculaba sería una gran broma. Estaba anticipando las risas, imaginando la cara de mi hermana cuando viera ahí inespeadamente una cabeza entre la ropa.

Bromas, sustos y miedos

Llegó Eva, la pequeña, abrió el armario y ni me vio. Al rato volvió y estaba parada justo frente a mí y seguía sin verme, supongo que eso provocó en mí alguna inevitable risilla y sólo entonces al sentir un ruidito se fijó en que había una cabeza en la oscuridad del armario, una cabeza que estallaba de pronto en convulsas carcajadas.

Tras un instante de terror en su rostro, Eva se quedó inmóvil... lívida. Lo primero que piensa un imbécil bromista es que te quieren devolver la broma, así que estuve un rato especulando con tal posibilidad, pero mi hermana estaba tan rara que tuve que descartar esta opción. Llamé a voces a mi padre, que acudió alarmado y al ver a mi hermana así me preguntó qué había pasado:

La he asustado... —confesé tremendamente avergonzado.

¿Pero tú eres subnormal o qué? —me preguntó afirmando. Antes se hablaba así, sin tener en cuenta si esa terminología molestaría a alguien o era incorrecta, se usaba esa expresión.

Mi padre estuvo intentando recuperar el color de mi hermana moviéndola, tratando de hacer que reaccionara de alguna manera. Yo estaba aterrorizado por el éxito de mi broma.

Repentinamente Eva pareció exhalar largamente y empezar a recobrar la normalidad, para alivio de mi padre y de mí mismo, que fui inmediatamente confinado en mi habitación como castigo.

***


Años después, siendo mayor de edad, hice la última broma estúpida, la que más me aterroriza rememorar.

Diabólica criatura
Teníamos una escopeta de perdigones desde pequeñitos.

Un día se me ocurrió la genial ocurrencia de fingir que dispararía perdigonazos, pero en realidad no metería ningún perdigón en la escopeta: simplemente sonaría como que percutía pero apenas expelería un poco de aire comprimido. Graciosísimo, ¿qué podría salir mal?

Así que fui a mi habitación, donde estaba mi novia sentada en la cama. Me eché un puñado de plomillos en la boca y fingí que cogía uno para cargar la escopeta, pero en realidad no la cargaba.
 
Mi novia me miraba con la misma cara de terror que simpre ponía ante cualquier broma mía y se tapó la cara con la almohada antes de que la disparara. Cuando se descubrió volví a hacer como que cargaba y la apunté de nuevo, recuerdo bien que le dije que le iba a disparar en un ojo e intenté apuntar a uno de ellos, pero antes de que pudiese tirar ella volvió a cubrirse con la almohada. Así estuvimos un buen rato, disparé varias veces  y acabé reprochándole que era una aburrida y confesando que en realidad no estaba disparando nada, solo aire.

Por si acaso, que las carga el diablo y tú tienes mucho peligro...

Como ella no me daba juego fui en busca de mi hermana Silvia, la cual desde pequeñita ha sido una exagerada a la que le encantaba hacerse la víctima y atraer la atención de mis padres.

Me le encontré en el pasillo, cuando ella iba a la cocina. Puse cara de loco, hice como que cargaba la escopeta y le disparé en una pierna.

Empezó a chillar como una rata. 

¡Estás loco, gilipollas, que duele!

Y yo muerto de risa pensando que vaya histérica y flipada, que decía que dolía mucho y no había lanzado más que aire comprimido. Me pareció el momento ideal de poner cara de psicopatón y volver a disparar, ahora a la otra pierna.

¡Pues toma más, para que sufras!

Corrió a esconderse en el cuarto de baño vociferando toda clase de insultos y barbaridades.

Yo me oculté esperando que saliera. En cuanto reapareció volví a disparar, aunque fallé porque huyó velozmente, dando gritos.

Disparando en plan broma

Ella no podía creerlo, dio tales voces que acudieron mi novia y mi otra hermana, que andaban por la casa. Entonces le dije, para humillarla ante ellas:

Pero idiota, ¿no ves que no estoy metiendo perdigones? ¡No te he disparado nada y estás haciéndote la muerta!

Ella, con incrédulo enojo, se bajó el pantalón y me enseñó la sangre de los perdigonazos:

¿No sabes que desde hace unos meses la escopeta tiene un cargador automático?

En ese momento, con la mayor cara de tonto que habré puesto en mi vida, miré y vi que —efectivamente— había un elemento nuevo en mi vieja escopeta: un tubo negro lleno de perdigones. Cada vez que se abría y cerraba la escopeta se cargaba uno automáticamente...

Y solo entonces comprendí la sabiduría que encerraba aquel viejo refrán: las armas las carga el diablo.


P.S.- Mi novia debió haberme dejado en ese mismo instante, pero la muy inconsciente acabó casándose conmigo tres o cuatro años después.
***

Mi hermana Silvia no era nada querida por nuestro vecino de arriba: un tranquilo militar jubilado de excelentes modales. Ella estaba aún saliendo de la edad del pavo adolescente y era bastante problemática: organizaba fiestas con sus amigas en las que hacían mucho ruido con las motillos y las juergas con porros y alcohol. Le resultaba bastante molesta a nuestro único vecino y a su señora.

También es cierto que aunque mis padres no andaban frecuentemente por esa casa, el vecino de arriba prefería no tratar mucho con papá desde que un día salió alarmado a la escalera del portal porque había escuchado unos disparos y vio a mi padre tan ufano con el cadáver de una serpiente.

vecino


El hombre únicamente venía a tratar conmigo cualquier problema de convivencia, porque sabía que yo le escuchaba activamente y le daba la razón con diplomacia.

Recuerdo que al día siguiente de aquel vergonzoso suceso llamó el vecino a la puerta.

Hola, ¿qué hay?

Pues verá, no me gusta molestar, pero es que ayer a la hora de la siesta su hermana estaba dando unos gritos que no eran ni medio normales...

Ah, ya, eso... bueno, en realidad tenía motivos para gritar porque le pegué unos tiros con la escopeta...

El vecino me miró incrédulo. Imagino que pensaría que me estaba cachondeando de él en su cara, porque le dije la frase con toda naturalidad y franqueza. O a lo mejor se fue contento y conforme  porque había disparado sobre mi hermana.

No lo sé, no volvió jamás.



2 comentarios:

  1. Lo de tu mujer no puede ser sólo amor. Me imagino que te habrás parado a pensarlo más de una vez. Si no lo has hecho, hazlo.

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    1. Sip, el Barça es mes que un club y lo de mi señora debe ser más que amor (como cantaban en Jesucristo Superstar).

      Algo he debido hacer bien cosmológicamente cuando se me obsequia con este regalo.

      Saludos, Maese.

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Maifadas *

* Las Maifadas son respuestas disuasorias —por absurdas— para intentar evitar en el futuro más preguntas que le obliguen  a uno a discurrir....