Para mí este último libro de Antonio Muñoz Molina vuelve a ser un libro de Schrödinger que cuando lo abres y lees un fragmento lo mismo está vivo y te fascina que está muerto y apesta.
jueves, 14 de octubre de 2021
Volver a dónde de Antonio Muñoz Molina
Para mí este último libro de Antonio Muñoz Molina vuelve a ser un libro de Schrödinger que cuando lo abres y lees un fragmento lo mismo está vivo y te fascina que está muerto y apesta.
miércoles, 13 de octubre de 2021
Aquellas llamadas intempestivas... pronto hará treinta años
Dice Zacks, mi colega el profeta malagueño:
Hay dos tipos de personas en función de la relación que mantienen con el teléfono: los que se alegran de oírlo sonar y los que pensamos que su melodía es el cascabel de la serpiente, que nos llama para mordernos en cuanto descolguemos.
Mi mujer —bueno, en aquel momento éramos novios— solo con mirarme, antes de decirle nada (era de madrugada y eso no presagiaba nada bueno) empezó a hiperventilar ostentosamente y a llorar y tartamudear:
—¿Pero, qué, pero qué... qué ha pasado, qué es, quién?

Antes de colgar el teléfono —el fijo, aún no había móviles— le dije a mi madre: "Enseguida salgo para allá". Casi nueve horas de viaje en coche y novecientos kilómetros... aún no he había acostado, estaba viendo una película en vídeo de madrugada, según mi costumbre.
Mi novia insistió, angustiada:
—¿Qué? ¡Ay! Dime qué ha pasado...
—Un accidente de tráfico... mi hermano ha muerto y mi hermana Eva está ingresada muy grave.
Lágrimas... lamentos... incredulidad... y de pronto una trágica duda:
—¿Pero y el niño? Has dicho algo del niño que también iba en el coche... ¿Tu hermano Daniel?
—¿El niño...? —pregunté asombrado e incrédulo— no me digas... Sí, es cierto que mi madre me ha contado algo del niño, pero no me he enterado porque es absurdo, lo siento, estoy muy confundido...
—Sí, has dicho que el niño también iba en el coche, ¿qué niño?
Y es que tengo otro hermano tardío, diecinueve años menor que yo, que por entonces era un niño.
Desconcertadísimo, con ansiedad extrema, agónicamente agarrotado por la incertidumbre y la natural tendencia a los malos presagios, volví a telefonear a mi madre, pero como estaba tan nerviosa le pedí que me pasara con mi padre, que solía conservar la calma.
—Papá, cuéntame qué ha pasado, que mamá está tremendamente excitada y yo estoy en shock y no me estoy enterando bien de lo que ha ocurrido...
Mi padre era la voz de la pesadumbre y la derrota absoluta, jamás le había oído/visto así ni volví a verlo tan mal nunca más. Con toda la calma que pudo reunir me explicó que les acababa de llamar la Guardia Civil para comunicarles que el coche de mi hermano había sufrido un accidente cerca de un pueblo de León, estrellándose contra un árbol al salirse de la carretera y que mi hermano falleció instantáneamente y mi hermana estaba en el hospital muy grave con la mandíbula y numerosos huesos rotos.
Se estaban preparando para salir hacia León.
—¿Pero y el niño? Mamá me ha dicho que el niño también iba en el coche... ¿Cómo puede ser eso? —pregunté con terror.
—Sí, ese amigo de tu hermano que vive en León al que apodan "El Niño": José Manuel; tiene algún hueso roto y el ácido de la batería del coche le ha quemado parcialmente la cara, pero se encuentra bien.
Ufff, en ese momento suspiré aliviado y me agarré a esa buena noticia de que mi otro hermano no iba en el coche y que mi hermana seguía viva.
Qué horror, ningún padre debería enterrar a sus hijos, es una aberración absoluta.
Fui con papá al tanatorio para ver el cadáver. No quería, pero tenía que hacerlo: debía pasar ese amargo trago para poder creer que mi compañero y cómplice inseparable durante toda una vida ya no seguía en el mundo... como si de repente mi sombra desapareciera para siempre.
Mi hermano no manejaba el volante, iba dormido en el asiento de atrás porque tenía sueño y había dejado que mi hermana condujera y 'El Niño' iba en el asiento del copiloto.
Su cuerpo parecía intacto. No puedo olvidar la expresión extraña de su rostro —inquietante por lo insólito de denotar cierta placidez— sin el color y el calor de la vida, pero adornado con una ligerísima sonrisa, como si no se hubiera percatado de nada: murió desnucado mientras dormía, sin enterarse.
Apenas consigo recordar nada de todo aquello, de esa largo viaje en coche al hospital y a la morgue de León, de los día siguientes... sí recuerdo que aunque era agosto hacía un tremendo frío absurdo allí y que por el hospital aparecieron inesperadamente un montón de antiguos compañeros del internado militar en el que estudiamos que vivían en León o en las cercanías.
Tiempo después intenté pasar página y fui al mismo videoclub de Ronda para acabar de ver esa película que interrumpió aquella odiosa llamada telefónica.
Por supuesto jamás olvidaré de qué película se trataba: Rambling Rose (El precio de la ambición).
Desde hace años silencio el teléfono cada noche: no quiero esperar ninguna llamada, lo que tenga que ser será, pero no pienso estar pendiente de posibles desgracias. Todos moriremos inexorablemente cuando nos toque.
martes, 12 de octubre de 2021
El silencio de Don DeLillo
Acuden a la casa de sus amigos, Max y Diane, donde conocerán a Martin, un antiguo alumno de Diane obsesionado con el manuscrito original de la teoría de la relatividad de Albert Einstein.
Juntos intentan entender qué ha pasado y hasta qué punto el mundo que todos conocíamos ha cambiado para convertirse en algo distinto: un lugar en el que todas las certezas a las que nos agarrábamos como sociedad ya no nos sirven... la misma tecnología que una vez abrió una nueva era y nos hizo sentir inmortales, ahora nos puede llevar a la extinción.
Lo siento, pero no he conseguido pillarle la gracia a este corto relato de DeLillo que se lee en menos de dos horas (lo he escuchado en audiolibro en Audible) y tardas menos de dos mintuos en olvidar.
¡Y eso que me ha coincidido su lectura con la caída de Whatsapp, Facebook e Instagram de seis horas, que es lo más parecido que hemos vivido a lo que se propone en este relato!
lunes, 11 de octubre de 2021
Los vencejos de Fernando Aramburu
Como quiera que soy un tanto masoca y gozo de las pelis de directores como Ingmar Bergman, Michael Haneke, Ulrich Seidl... no pude resistirme ante una novela que trataba de un tipo que planifica su suicidio con justo un año de antelación.
La última novela de la escritora Isabel Bono, amiga de Aramburu, fue su inspiración. Pero lo que en la novela de la malagueña se abordaba un poco poéticamente Fernando lo trata del modo más prosaico posible: desde la perspectiva de un gañán egoísta y muy incorrecto políticamente (personalmente esto lo agradezco en estos tiempos de extremo comedimiento).
Llegué al final de las 25 horas de audiolibro porque me resultaba tremendamente entretenido (700 páginas en papel) y me ha hecho muy grata compañía durante el tiempo que me ha acompañado desde el smartphone en mis pequeños ratos muertos.
También considero sinceramente que si la historia se redujese a doscientas páginas podría llegar a ser una obra maestra algún día, pero por algún motivo el autor se ha empeñado en estirar la novela más allá de lo razonable, aunque tampoco me quejo porque más tiempo me ha entretenido (aunque pierda algo de calidad con taaantaaaa cantidad innecesaria).
También aviso que la crudeza del libro echa a muchos lectores para atrás: absténganse personillas sensibles.
martes, 20 de julio de 2021
Expediciones a los Metaversos (Parte I)
Adentrándose en terreno desconocido
Una historia de terror a lo Black Mirror
Uso las gafas de realidad virtual Oculus Quest 2 a modo de recompensa reforzante para premiarme a mí mismo cuando soy productivo física o intelectualmente. La otra noche llegó uno de esos momentos de gozar del merecido azucarillo y al ajustarme los v-lupos decidí que ese día exploraría por vez primera un espacio virtual social. ¡Viva la aventura!

La atrevida rubia empezó a hacer manitas
conmigo y yo —normalmente— no me achico si una belleza de ojos azules y
cabellos dorados coquetea conmigo, así que empecé también a tontear con
las manos, juntándolas, poniendo el pulgar hacia arriba mirándola a los
ojos, poniendo las manos como si fueran una pistola y disparando al
aire.
Estaba tan a gusto con ese tonteo que me dio por hacer ese
jueguecito infantil de chocar las manos al ritmo de la música (ella
podía escucharme, pero la belleza nórdica tenía silenciado su micrófono)
y empecé a chocar las manos yo mismo y luego con ella entonando aquel
clásico:
—Mai sei for yuti, tú eres alta, mai sei for yuti, tú eres tú, badabadú...
La rubia, divertida, intentaba seguirme el rollo y con entusiasmo buscaba nuevas maneras de interactuar conmigo.
Repentinamente
sentí un frío gélido recorriendo mi espalda. Aquel entusiasmo... esa
energía... tanto divertimento ante una tontadita... se me encendió la
alarma como si estuviera en un submarino a punto de hundirse. Y entonces
y solo en aquel momento me fijé con interés en el nombre de la rubia:
un nombre inglés normal, como cualquier otro, y el apellido tampoco
decía nada especial, peeeroooooooo... me fijé en el numerito que tenía
detrás su nickname.
Cero nueve. ¿Cero y nueve?...
¡¡¡Mierda, joder: 09!!! ¿Esa muchachita rubia adorable habría nacido en el año... 2009? ¡¡¡Entonces tendría once años!!!
Qué
horror, me vino un ataque de ansiedad y pánico, me sentía
increíblemente sucio e inusualmente idiota... ¿estaba ciberflirteando
con una nena de once añitos?
Ante la duda —abochornado, cual si
llevara una asquerosa gabardina virtual sin nada debajo— pulsé
apresuradamente el botón de apagado de las gafas.
martes, 13 de julio de 2021
La realidad virtual
Desde siempre me ha gustado estar al tanto de las nuevas tecnologías e incluso —en la medida de mis posibilidades— procuro situarme en la vanguardia.
Me recuerdo a mí mismo en 1993, cuando uno para ponerse al día se compraba revistas (de cine, de tecnología, de historia... qué tiempos tan lejanos parecen ahora) leyendo en una de videojuegos acerca de una alfombra que iba a detectar los movimientos del jugador y en la que podrías interactuar en juegos de lucha con patadas y puñetazos reales que serían detectados por la 'alfombra' y se trasladarían al videojuego de combate en tiempo real. ¡Qué increíble! En la revista aquella de 1993 hablaban de esa tecnología como si ya estuviera a punto de aparecer, pero tardaríamos muchos años aún en ver algo parecido.
Desde siempre me interesó la realidad virtual. Ya en los años 80 empezó a hablarse seriamente de su despegue, pero ya vemos que aún tardó muchos años en evolucionar siquiera una tecnología 3D medianeamente aceptable y cuando se quiso explotar comercialmente se hizo de manera tan precipitada y chapucera que fue un merecido absoluto fracaso comercial que se autodestruyó totalmente, una absurda y trágica aniquilación.
Pero finalmente hemos empezado a llegar a un punto tecnológico tan avanzado en el que empieza a parecer posible desarrollar con garantías las tecnologías de RV.
Impaciente siempre, me regalé un casco de realidad virtual hace un par de navidades. Se trataba de PS VR, que se conecta a la PlayStation 4. Lleva cables y una cámara externa que se encarga —junto a los dos mandos— de posicionar al jugador.
Me compré varios juegos para probar la anhelada tecnología y obtuve buenos momentos placenteros, pero siendo absolutamente sincero la experiencia me parecía aún demasiado mejorable como para entregarme a ella: me mareaba excesivamente, la precisión de la localización es torpecita, probé un juego de ping pong y era una auténtica castaña en cuanto a físicas; más allá de conseguir una buena inmersión... porque solté la pala —el mando— sobre la mesa del espacio virtual (¡inexistente!) y el mando cayó al suelo de mi casa con estrépito.
En fin: los vídeos se veían con mala calidad y atontaban mogollón, el tener que estar conectado con cables es un coñazo y acabas enrollándote con ellos constantemente y te limitan muchísimo, parecía todo el rato que llevabas unas gafas de bucear antiguas, los mareos eran constantes y desagradables y no encontraba nada especialmente memorable con lo que prolongar su uso. Así que ahí he tenido las gafas cogiendo polvo, alguna vez las usan mis sobrinillos porque a mi hijo tampoco le llama la atención demasiado el invento.
Las gafas para PC ni me las he planteado porque estoy encantado con mi PC con Windows 7 que vuela al lado de los cacharros que arrastran el mastodóntico Windows 10 (lo uso en el trabajo y da pena y asco: su lentitud geológica me desespera). Así que no pienso comprarme otro ordenador hasta que salga Windows 11 (al que tampoco le tengo mucha fé, pero parece será más liviano y desaparecerán algunas de las mierdas que no soporto de W8 y W10).
Pero cuando me enteré de que salieron las Oculus Quest... ¡la cosa se ponía interesante!
Esto ya sí: definitivamente merece la pena.
Así que en cuanto sacaron las Oculus Quest 2 y sus últimas actualizaciones con todas estas posibilidades no lo dudé y me las compré.
En estos momentos —¡cruzo los dedos y toco madera!— estoy on fire física y psicológicamente: en esta última semana he nadado más horas que en los últimos veinte años, ídem con los kilómetros de bici recorridos y de cinta caminados, etc, además de estar convencido de que en los dos próximos años voy a ser capaz de publicar otros dos libros de relatos ¡y dos novelas! (mientras escribo en paralelo las primeras páginas de mis memorias, de las que ya tengo —gracias Sap— mucho material recopilado)... así que aunque me he comprado las gafas voy intentando dosificar mucho su disfrute y las uso como premio cuando me porto bien (o sea cuando me ejercito físicamente o escribo abundantemente).
Puedo adelantar que mis experiencias han sido ya maravillosas, brutales, alguna terrorífica también...
En los próximas días les contaré algunas de esas imborrables vivencias.
domingo, 21 de febrero de 2021
Bola extra
El otro día, viendo el último capítulo de la segunda temporada de Los Durrell, madre e hija tomaban algo en una terraza y de pronto Margo Durrell, que observaba a la gente pasar, vio la luz:
—Ya sé lo que me gusta tanto de la gente de Corfú.
—¿Ah, sí, de qué se trata?
—¡Nunca tienen prisa!
Y hablamos de una serie ambientada en una época anterior a la nuestra en más de ochenta años. Está claro que ese es uno de los males propios y principales de nuestros días: estamos permanentemente ocupados, no tenemos tiempo para nada y lo que es aún peor: para nadie. O eso nos creemos...
¿No será más bien que llenamos nuestro tiempo compulsivamente por temor al aburrimiento? Ya lo decía Bertrand Russell mejor que yo en La conquista de la felicidad:
* * * * *
Ayer fui capaz de dedicar una buena parte del día al dolce far niente; no a tumbarme en el sofá a ver pelis o series, no, sino a una pasiva contemplación o meditación. ¡Y no es fácil! Estamos tan acostumbrados a dejarnos llevar por la salvaje y caudalosa corriente de las prisas que cuesta pararse un rato y dejar de bracear compulsivamente sin temor a ahogarse.
A primera hora, nada más desayunar, empecé el día sentándome en el sillón de mi habitación, sin música siquiera. Cerré los ojos procurando relajarme concentrándome en la respiración. Qué complicado es adiestrar al mono histérico que todos llevamos en nuestra mente inquieta.
Después me puse a escribir un poco, pero a mano, despacito, esmerándome en la caligrafía cual eximio pendolista.
Cuando el sol estaba en todo lo alto, pese al frío aparente, salí a la terraza, me despeloté y me puse a tomar el sol con los ojos cerrados, sin querer pensar en nada, simpemente disfrutando de ese gustazo primitivo y animal de dejarse calentar por nuestra estrella. ¡Qué placeres tan gratos, baratos y sencillos solemos despreciar! Y de paso pillando bronce y vitamina D. Por la tarde me senté media horita larga sobre una plataforma vibratoria que tengo y volví a dejar la mente en blanco, con una poderosa voluntad de aburrirme.
Y por último una sesión deportiva larga, suave, a mi ritmo: pero esta vez no he seguido las indicaciones del vídeo de youtube de una muchachita joven y hermosa que suele hacerme de guía deportiva, sino que he ido por libre, bailando a lo loco, dejándome llevar instintiva y ancestralmente por los sonidos mientras mi mente divagaba; luego —en completo silencio— he caminado un poco sobre la cinta a buen ritmo y he pedaleado en la bici estática también absorto, sin mirar las calorías ni el tiempo, hasta que me he cansado lo suficiente para dormir como un bendito.
Por último una ducha de esas largas y relajantes con agua bien caliente, en las que te deleitas escuchando el sonido de las gotas y dejándote embriagar por los olores del jabón exótico y mi champú de plátano que dan ganas de comérselo.
A veces no puedes evitar tener la sensación de que estás perdiendo el tiempo: la de cosas que podías haber hecho en todos esos ratos aparentemente improductivos.
Pero la inesperada recompensa ha llegado en algún impreciso momento de la madrugada...
Cuando murió mi padre creamos un grupo de whatsapp los cuatro hermanos que le sobrevivimos para poder charlar entre nosotros con confianza y tranquilidad sin incluir a mi madre ni a otros familiares. Por algún motivo ese grupo que ya cumplió su función ahí ha seguido sin ser usado. El otro día mi hermana mandó por ese grupo un mensaje y yo contesté enseguida sin pensarlo, quizá un poco borde:
Ahí quedó la cosa. Mi hermana es mucho de celebrar y parece no enterarse de que sigue la pandemia y conviene extremar las precauciones: le he dicho que ni voy a cumpleaños ni a reunión ninguna, que hasta que no mejore la situación solo videoconferencias.
Bien, tras este breve inciso retomo el hilo.
Anoche, en lo que en mi subjetiva percepción me han parecido varias horas he estado hablando con mi padre tan a gusto, con nuestra habitual complicidad, de nuestras tonterías: viejas anécdotas, de pelis o series que le solía recomendar, de algún manjar gastronómico nuevo que merezca la pena probar, comentando las carreras de motos y de fórmula1, o algún torneo de tenis. Estaba tremendamente feliz y disfrutando tanto del momento —tan real y gozoso— hasta que de pronto acudió a mi mente una idea perturbadora: oye, espera... ¿pero papá no había muerto?
Por un instante he estado a punto de hundirme, pero al ser los sueños tan reales como la propia realidad, indistinguibles en ese instante en que los vives, he pensado dentro del sueño: ¡qué absurdo! Cómo va a estar muerto papá si está aquí delante de mí tan tranquilo y feliz y llevamos horas y horas charlando. Y he seguido con el maravilloso sueño un tiempo más.
Lo curioso es que al despertarme no recordaba nada, ha sido un buen rato después, mientras remoloneaba en la cama, cuando he recordado el intenso y hermoso sueño con el que se me han concedido unas horas extras gratis en la compañía de mi padre, tan reales como si hubiera resucitado durante un rato.
lunes, 15 de febrero de 2021
El tiempo se dilata y se contrae
En el teléfono móvil me aparece una notificación de Google Fotos
mostrándome las imágenes y vídeos que hice con mi Huawei hace
exactamente un año… y apenas puedo creerlo.
Aunque pasados los
cincuenta el tiempo parece acelerarse exponencialmente aquí se ha producido una excepción
a esa regla: la jodida pandemia parece haber densificado el
paso del tiempo.
Veo las fotos y vídeos de aquel día, tan
felices y despreocupados entre una multitud de personas que
abarrotábamos en Nou Camp en Barcelona y no puedo creerlo...
Recuerdo que no pudimos comer en el McDonalds que hay cerca del estadio porque estaba absolutamente repleto de gente y nos costó encontrar un restaurante con mesa libre.
Rememoro
aquello y parece que ha transcurrido una eternidad desde entonces,
cuando mi padre aún vivía y estaba tan tranquilo y sano en su casa sin
sospechar el desastre que le traerían las siguientes semanas, que serían
las últimas de su vida.
Qué horror, cuándo acabará esta pesadilla.
jueves, 28 de enero de 2021
Magister docet
A los quince años bastante preocupación tiene uno lidiando con la adolescencia como para tener que enfrentarse a complicaciones adicionales. Por lo que sea, decidieron los dioses que a esa edad me viese forzado a abandonar el cálido nido para irme a estudiar a un internado en tierras lejanas.
Aquel tren expreso que se arrastraba lento durante la madrugada me escupió en mi nuevo destino tras una docena de horas descubriendo exóticos olores en compañía de desconocidos en un reducido compartimento de segunda clase: ya sabías cuál era tu sitio.
He perdido la cuenta de las distintas reformas educativas, pero sí recuerdo que entonces —iniciando los ochenta, cuando la palabra SIDA era aún tan desconocida como COVID-19— se estudiaba lo que se denominaba BUP; yo cursaría el segundo curso de aquel Bachillerato Unificado Polivalente..
Teníamos una asignatura llamada Latín.
—¿Quién nos da Latín? —preguntó un veterano con el miedo esbozado en su rostro.
—¡Uf, nos ha tocado La Tapona!
El mote no era excesivamente ingenioso: le venía por su complexión física —bajita y gorda— pero el verdadero problema era el miedo que infundía en los alumnos. Pronto pude sentirlo en primera persona del singular. Más que clases educativas aquello parecían interrogatorios de la Gestapo en los que vivías en un continuo estrés por si no sabías declinar correctamente algún sustantivo o conjugar un verbo, nadie se libraba de las preguntas sorpresa ni de los irónicos comentarios hirientes si fallabas.
Años después, cuando vi la película La vida de Brian me dio un ataque de risa en la mítica escena en la que un guardia romano sorprende al protagonista haciendo pintadas en un edificio y en vez de detenerlo lo regaña y le tira de las orejas porque había escrito incorrectamente: "Romanos fuera". Me recordó a La Tapona.
En aquel curso, sintiéndome abandonado en un lugar lejano e inhóspito, tiré de rebeldía juvenil y me refugié en las novelas de evasión. Como solía decirse de los malos estudiantes: suspendí hasta el recreo.
Al año siguiente a mis traumas antiguos sumé uno nuevo: el estigma del repetidor, pero —sabedor de que si volvía a repetir me expulsarían— no comencé el curso tan desanimado.
Entonces era yo el veterano que le preguntó a un compañero:
—¿Quién nos da Latín?
—Un profe nuevo, viene de fuera, ni idea.
Me alegré, porque no era partidario del más vale malo conocido y sí del hemos venido a jugar.
Llegó a clase con la máxima expectación entre el alumnado por ver qué nos esperaba. Por la puerta apareció un individuo delgado, bajito, con el pelo muy corto y algo escaso, con pinta de curilla y sin embargo con cara de buena gente. Lo primero que hizo fue decir que no tuviéramos miedo de la asignatura porque era apasionante y lo íbamos a pasar muy bien aprendiendo. Además nos contó que era nuestro tutor y que podíamos contar con él para lo que quisiéramos. ¡Y no era mentira!
En solo unos meses don Manuel Olea consiguió que esa clase que el año anterior me resultaba odiosa me pareciera agradable y que disfrutase traduciendo a los clásicos. El Latín, que era el "coco" para los infortunados alumnos de La Tapona, era una asignatura agradable con don Manuel.
Cuando alguien llegaba tarde a clase en vez de regañarlo le pedía que pidiera permiso para entrar en latín:
—Patetne aditus? —decíamos.
—Recta introea —respondía sonriente.
Siendo yo elegido como director de la revista literaria del instituto él se ofreció a ayudarme y cuando le presenté las primeras ideas y bocetos me dio un gran consejo: la gente está más cómoda leyendo líneas cortas, por eso los periódicos publican en varias columnas. Entonces decidimos que nuestra revista en formato A4 se editaría en dos columnas, lo que la hizo mucho más vistosa y atractiva.
Un día se jugó un partido de fútbol sala de profesores contra alumnos. Nuestro tutor no era diestro con el balón en los pies, pero se le veía asfixiado al pobre. Un alumno le dio una patada en un lance del juego y era tal el cariño que suscitaba que el alumno fue abucheado por nosotros, sus compañeros.En clase nos burlamos cariñosamente de su escasa habilidad balompédica:
—Sé que juego mal, por eso me esfuerzo mucho en correr a atacar y defender, para suplir con entrega mi impericia.
Un día no pudo atendernos para una reunión de la revista y nos invitó a ir a su casa el sábado por la mañana. Los tres alumnos que llevábamos el peso principal de la publicación fuimos allí y nos sorprendió comprobar que vivía muy humildemente con su mujer y un montón de hijos y que trabajaba en un pequeño rinconcito sobre una mesita redonda (me recordó un poco a Antonio Gamboa).
Un par de años después obtuvo otro destino y se marchó, pero dejó su huella.
A mediados de los noventa coincidimos cuatro amigos que habíamos sido alumnos de don Manuel y nos enteramos de que estaba de director en un instituto en Coín y decidimos ir a visitarlo.
—¿Pero cómo vamos a encontrarlo en un fin de semana? —objetó una de las compañeras.
—¡Seguro que lo conocen!
Efectivamente: nada más llegar al pueblo, al primero que le preguntamos por el director del instituto nos indicó dónde vivía. Qué ilusión nos hizo volver a verlo, estaba igual de afable y sonriente, se notaba que se alegraba sinceramente de vernos.
No lo entretuvimos mucho porque es un hombre muy ocupado, pero pasamos algo más de una hora agradable poniéndonos al día.
Me trasladé por trabajo muy lejos de allí y no volví a saber de él hasta que en 2003 —inesperadamente— lo reconocí en las noticias en la televisión.
Fue un suceso que entonces impactó a España: el asesinato de la joven Sonia Carabantes, que estudiaba en el instituto que dirigía don Manuel.
Aquel terrible crimen había dejado trastornados a sus compañeros de instituto… se puede uno imaginar la magnitud del alcance emocional para los chavales, pero supe que don Manuel era la persona más apropiada para gestionar un hecho tan brutal y desconcertante.
domingo, 17 de enero de 2021
Las 10 mejores series españolas de 2020
Hete aquí mi ranking particular de las mejores series españolas (entre las que he podido ver, claro) del año pasado.
1/ 30 monedas
La anterior serie de ciencia ficción de Álex de la Iglesia no la vi, pero esta... madre mía: es una serie colosal, formidable. La aupo al puesto primero por su valentía, por hacer lo que le da la gana saltándose todas las reglas, los capítulos duran lo que tengan que durar sin tener que embutirlos o expandirlos según los modos canócicos. Se atreve osadamente a mezclar géneros como le da la puta gana el tío... ¡y consigue que el producto resultante funcione perfectamente!
Qué grandes momentos he pasado en compañía de estos personajes que se muven por todo el mundo, pero con su epicentro en tierras segovianas, ¡una delicia ab-so-lu-ta!
Y menudo reparto: Eduard Fernández e hija, Megan Montaner, como la prota maciza, Miguel Ángel Silvestre, Macarena Gómez (que lo mismo vale para una comedia alocada que pare una de terror) Pepón Nieto de picoleto, Manolo Solo, etc. No se la pierdan.
2/ Antidisturbios
Un desalojo por un desahucio en el centro de Madrid se complica y sucede una tragedia. Un equipo de Asuntos Internos de la Policía investiga lo sucedido. Al fin la ficción nacional se mete con gran éxito en una gran serie policíaca realista y que te engancha desde el principio para no soltarte. La prota, la mallorquina Vicky Luengo me ha sorprendido gratamente.
3/ Patria
Fui de los pocos rebeldes que se negó a leer la novela, pero decidí darle una oportunidad a su adaptación. Aunque tira mucho de trazo grueso hay que reconocer que ha enganchado y seducido a multitudes, entre quienes me incluyo: es innegablemente interesante.
4/ La línea invisible
Otra serie sobre los terroristas que nos aguaron la fiesta durante años, en este caso se nos habla de su nacimiento.
Es interesantísimo descubrir como con unos motivos quizá comprensibles y de los que casi cualquier puede participar vamos deslizándonos hacia una absurda orgía sangrienta en la que todos acabamos perdiendo.
5/ El pueblo (T2)
La primera comedia de la lista, situada en el top five por méritos propios y sobrados.
Es una especie de La que se avecina de culto en la España vaciada, una serie realmente original y medidamente gamberra, con sus quesos protocolarios y esos personajes entrañables: Carlos Areces interpretando a una canallita politiquillo corrupto enrollado con ese otro gran descubrimiento de actriz que es María Hervás, con Santi Millán e Ingrid Rubio de hippies, el gruñón Arsacio, el Majareshi, pero sobre todo mi personaje favorito: el Ovejas, auténtico protagonista, interpretado por un enorme Javier Losán que se merece algún premio pero ya.
Deseando que empiece la tercera temporada, a mi mujer también le encanta.
6/ White Lines
En el sexto puesto de la lista voy a meter una serie que ha pasado algo desapercibida, aunque creo que merece este lugar. Se trata de una especie de thriller que sucede en Ibiza involucrando noches de juerga discotequera, narcotráfico y maniobras de venganza entre grupos mafiosetes.
Aparece un cadáver en el desierto almeriense que resulta ser el de de un DJ británico desparecido veinte años atrás en Ibiza. Entonces la hermana del finado viaja hasta la isla para averiguar qué pasó realmente con su hermano y reconstruir sus últimas horas de vida.
Un ejercicio también nostáligo, una interesante y entretenida propuesta esta de Álex Pina, que finalmente parece no tendrá continuidad. Buenos intérpretes también.
7/ Nasdrovia
Aunque generalmente las comedias suelen estar conceptuadas de cara a la crítica muy por debajo de las producciones dramáticas podrán observar que en mi listalas series humorísticas siempre son valoradas en gran medida, sé de su dificultad y me encanta que me hagan reir y disfrutar con una sonrisa pintada en el careto. Esta serie nueva de M+ ha conseguido eso precisamente, espero que haya pronta continuación.
8/ Mira lo que has hecho (T3)
Otra gran serie cómica de producción nacional-catalana la de Berto Romero, con esa gran actriz que hace de su mujer. Una pena que acabe.
9/ Vergüenza (T3)
Este penúltimo puesto se lo lleva la tercera y última temporada de la serie gamberra e incorrecta de Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero.
10/ Cuéntame cómo pasó (T20) - La que se avecina (T12a)
Y el décimo y último puesto de la lista lo reservo —ex aequo— para dos veteranísimas de la ficción seriada española que ahí siguen aguantando el tipo después de tantos años acompañándonos: ¡no es fácil!
Elegir entre la familia Alcántara y los vecinos de Montepinar me resulta complicado, así que la décima plaza la compartirán.
* * * * *
De series interesantes que no he visto me queda Veneno, de la que vi dos capítulos y estaba bastante bien, pero a mi mujer no le gustaba; tendré que verla solito.
Idem me ocurre con El último show, la de Marianico el corto, esta pinta aún mejor, pero solo he visto el primer episodio.
Una que quiero ver y aún no he podido es Caminantes.
Y por la mitad o así llevo: Dime quién soy.
jueves, 14 de enero de 2021
La adorabilidad de Grogu explicada
Los humanos estamos diseñados para adorar a los bebés: esas criaturas chiquititas, con cabeza grande y circular y ojos grandotes y redondotes.
Por esa misma razón nos seducen estéticamente nuestras hermosas mascotas: los perros y los gatos también tienen formas redondeadas, grandes ojos y son chiquitines.
Los robots para el cuidado de ancianos los diseñan también con esos mismos parámetros.
Y es por eso que diseñaron a Grogu —antes también conocido como Baby Yoda o El Niño— con esas mismas características.
Y funcionó tan bien que encandiló incluso a alguien tan gruñón como Werner Herzog.
Es una anécdota conocida que durante el rodaje, y tras hacer unas escenas con la marioneta robótica de Baby Yoda, los directores le pidieron al mítico director germano volver a grabar dichas tomas, ya sin el muñeco. Su intención era probar con una versión 100% digital del diminuto personaje verde, cosa que no le gustó para nada al alemán, que les recriminó con su intimidante vozarrón:
—¡No sean cobardes, déjenlo así como está!
martes, 5 de enero de 2021
Mis lecturas del año 2020

Estaré atento a lo próximo que publique esta muchacha.

Una obra inacabada o concluida precipitadamente por imperativo editorial, con una estructura bastante fallida, que provoca pudor ajeno y además con un fragmento-pegote escrito a cuatro manos.
El repentino final con el monólogo de teatrillo musical que se inventó es bastante flojito.
Libro claramente alimenticio, nada que objetar si a su target lector le sirve.


Bastante satisfecho con este novelón: categoría literaria, orden, precisión y mucha emoción verdadera, sin trampas, la que se cuenta en esta historia real sobre su padre... vamos igualito-igualito que la novela de la Lindo.
Una maravilla literaria y un gran homenaje a un padre.


Hasta aquí llegué por recomendación de mi argentina favorita.
Y se lo agradezco porque no conocía al autor y me ha camelado con esta historia sobre los orígenes y las vicisitudes de los emigrados.
Luego supe que era de mi hija, pero por curiosidad me puse a leerlo.
No es gran cosa, quizá no ha envejecido demasiado bien, pero es otro interesante ejemplo de lo absurdo de la censura que también sufrió en su momento.

Me gustó tanto que indagué acerca de la peli y vi que estaba basada en una novela corta de Honoré de Balzac... y así llegué a ella.
Por desgracia para mí tanta prisa era innecesaria porque no disfruté de este nuevo título como del anterior, es un poco más de lo mismo, pero peor y como inflado artificiosamente metiendo muchos diálogos que para mi gusto sobran porque tampoco son el fuerte de esta autora.
Se trata de una colección de relatos cortos estupendos, muy originales y que incluso me han enseñado algo acerca del proceso de escritura, agradables lecciones que me llevo puestas.
Y por último estoy acabando la lectura de esta novela escrita con tanto talento y tan apasionante, otro grandísimo homenaje a un padre fallecido.
Qué envidia.
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