Provincia de Palencia, septiembre de 1975.
Tenía ocho años.
Recién llegado al internado un veterano me preguntó si era novato y como aquella palabra me sonaba insultante le dije que no, que era nuevo.
—¡Eres un novato!
—No, soy nuevo —repetí cabezota.
Me rodearon entre varios, se estorbaban entre ellos para pegarme.
Te llamas Toby. No, Kunta Kinte. Toby. Kunta…
Tenía ocho años.
Recién llegado al internado un veterano me preguntó si era novato y como aquella palabra me sonaba insultante le dije que no, que era nuevo.
—¡Eres un novato!
—No, soy nuevo —repetí cabezota.
Me rodearon entre varios, se estorbaban entre ellos para pegarme.
Te llamas Toby. No, Kunta Kinte. Toby. Kunta…
***
Diez años después, a ochocientos kilómetros, un grupo de policías de paisano bebía en una venta andaluza. Uno de ellos le dijo una grosería a la chica de la que yo estaba enamorado. Me encaré con él, sin sospechar de su condición de agente de la autoridad. Sus compañeros vinieron a por mí, consiguieron colocarme algunos golpes y romperme la camisa, pero aquella chica —que creía fuera de mi alcance— es hoy mi mujer.
No bastó con aquello para seducirla, pero perseveré sin descanso.
Éramos compañeros en clase de francés y estaba colado por sus enormes ojos verdes e hipnotizado por sus tetas. Cuando salió a escribir por primera vez a la pizarra me convencí de que cualquier esfuerzo sería pequeño para conseguir aquel trasero.
La suerte me sonrió y accidentalmente acabé siendo locutor en un programa en Radio Cadena Española. Lo hice sólo para llamar su atención dedicándole canciones. Empezamos a salir. Ella quería saberlo todo de mí, yo todo de ella.
—¿No odias a tus padres por haberte mandado a un internado cuando eras tan pequeñito?
Ella no podía entenderlo, pero un niño está programado para querer a sus padres. Y ese código es sólido.
***
Durante años reprimí aquellos recuerdos. En lo más profundo del olvido. Casi trescientos niños juntos, un imán para abusones, una golosina para pederastas.
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A mediados de los noventa Raquel me telefoneó desde el hospital. Mi tía es una de las personas a las que más he amado jamás:
—Nanete, vente ya por favor, no quiero morirme sin conocer a tu hija.
—No te vas a morir, tonta, iremos en navidades.
La niña nació en septiembre de 1995 en Málaga y esa llamada de Raquel ocurrió en noviembre. Murió una semana después. Aquello me supuso una buena bronca con mi mujer, que no quiso ir a Madrid hasta Navidad. Al final tuvimos que ir a al funeral.
***
Uno de los peores recuerdos del internado palentino: aquella noche mientras cenaba y recibí a traición un bofetón tremendo. Lloraba de rabia y temblaba mirando a la monja mercedaria que me acababa de agredir, quería saber el motivo por el que me había golpeado.
—¡No se come pan con la sopa!
Cómo podría alguien saber tan arbitraria norma sin que se la hubieran explicado antes...
***
En 1955, casi erradicada la tuberculosis, aquel sanatorio se convirtió en un internado para hijos de militares. Yo fui allí en 1975 con mi hermano pequeño.
El terror: al levantarnos por la mañana las monjas inspeccionaban nuestras camas. El "leproso" se había meado. Gritos, agresión física, insultos crueles, ducha de agua fría, humillación pública: pretendían que los otros niños nos riésemos de él, pero apartábamos la mirada.
Mi tía Raquel fue con mis padres a visitarnos al internado. Cuando nos vio con ese corte de pelo tan radical y feo, con las orejas y las manos llenas de sabañones se puso a llorar y le dijo a mi madre:
—¿A qué estás esperando para sacarlos de aquí?
Muchos años después —mi hermano ya había fallecido— le pregunté al fin a mi padre, sin rencor, solo por saber:
—¿Por qué nos mandaste al internado?
***
A veces la leche olía rara, pero con la achicoria se disimulaba un poco. Aquel día olía fatal. Se lo dije a la monja. Ese bofetón no me pilló tan desprevenido.
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Muchos años después —mi hermano ya había fallecido— le pregunté al fin a mi padre, sin rencor, solo por saber:
—¿Por qué nos mandaste al internado?
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Al principio el duro de los domingos te lo quitaban los niños más mayores. Luego las monjas te decían que lo donaras para que los niños de África no murieran de hambre. Finalmente aprendías a defenderlo de abusones y abusonas porque lo único que te convertía en niño en aquel lugar era poder gastar ese duro en chucherías antes de entrar al cine.
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Me alegré cuando murió Franco porque nos dieron tres días libres y papá vino a recogernos.
He pasado el día entero en internet buscando información acerca de aquel internado.
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He pasado el día entero en internet buscando información acerca de aquel internado.
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El primer duro nuevo con la cara del rey y el escudo era tan bonito que se lo mandé en una carta a mi tía Raquel.
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—Tu madre estaba muy deprimida —me contestó papá.
* * * * *
A continuación enlazo un vídeo de Youtube con historias de terror de aquel internado hoy en ruinas, quien las cuenta fue uno de mis antiguos compañeros del colegio. En la descripción del vídeo hay enlaces a varias historietas terroríficas, el pavo las cuenta con cierta gracia teatral.
¡Buenas Noches desde los ángulos camuflados de Cronos! :
ResponderEliminarQuerido Amiguete, en relación a esta entrada tuya que, vaya por delante que me ha encantado y apreciado in extremis....¡supera esto que es de fecha de la primera semana de Julio pasado....!...
http://eltelendopereviterno.blogspot.com/2019/09/m-i-v-e-t-e-r-n-o-i-n-t-e-r-n-d-o-c-s-t.html
Atentamente, y desde la veteranía que nos une a ambos.....
¡¡¡Filo!!! ¡¡¡¡¡¡¡V i v a E s p a ñ a!!!!!!!!
V i v a R o n d a !!!!!!!!
Mañana te contesto en esa genial entrada de tu blog, que hoy no me ha dejado y se ha borrado el mensaje, pero te anticipo que estuvimos recientemente en el Patronato...
ResponderEliminarSaludos!!!