Hay una clase de crimen que se comete con buenas intenciones, y es el más difícil de perdonar. No el sabotaje torpe del vandálico, sino la eutanasia voluntaria y sonriente, la que se ejecuta con iluminación de spa y música de fondo a 432 Hz. Eso es exactamente lo que RTVE perpetró el pasado 16 de febrero cuando descolgó el cartel de "Culturas 2" en las tardes de La 2 y colgó en su lugar el de "Sukha": una palabra sánscrita que significa felicidad, placer y bienestar, y que en la historia de la televisión pública española debería quedar registrada como el epitafio más sofisticado que se haya escrito jamás sobre la ambición intelectual de una cadena.
No nos engañemos con eufemismos. Esto no es una renovación. Es una rendición.
El crimen, despacio
Durante tres años, "Culturas 2" fue ese espacio improbable y obstinado que todavía creía que el espectador de La 2 merecía ser tratado como adulto. Un adulto capaz de escuchar una entrevista a un escritor sin que nadie le prometiera que aquello le iba a servir para dormir mejor. Un adulto que podía aguantar una crónica cinematográfica de cierta exigencia sin necesitar que entre medias alguien le explicara los beneficios del cardamomo. Esa fe radical en la inteligencia del público era, justamente, lo que hacía del programa algo digno de defensa.
"Sukha", en cambio, llega al mundo con una declaración de principios que ya anuncia el desastre: será una mirada a la cultura "curiosa, crítica y disfrutona". Disfrutona. Aquí el crítico detiene su pluma un momento, la mira, y decide continuar de todas formas, porque alguien tiene que hacerlo. "Disfrutona" es la palabra que usan quienes han decidido que la cultura es demasiado seria para tomársela en serio. Es el adjetivo que se aplica cuando se quiere neutralizar el único rasgo que distingue a la alta cultura del entretenimiento de relleno: la capacidad de molestar, de incomodar, de dejar al espectador con una pregunta encendida en la nuca cuando apaga el televisor.
La arquitectura del vacío
Examínese la estructura del nuevo programa y se comprenderá enseguida de qué clase de proyecto estamos hablando. Salud física y mental. Bienestar. Gastronomía. Viajes. Arte en vivo. Todo mezclado con la elegancia de un smoothie de supermercado: nutrientes genéricos disueltos en un líquido sin textura que se ingiere sin masticar. La felicidad como horizonte estético. El bienestar como criterio editorial. Se acabó aquello de que el arte sirve para incomodar, para sacudir las certezas, para revelar la herida en el lugar donde uno creía tener cicatriz. Ahora el arte sirve para "la calma en el vendaval del día". Un remanso. Un refugio. Una infusión de tila con subtítulos.
El director del programa, Miguel Ángel Hoyos, ha resumido la filosofía del espacio con una frase que merece ser enmarcada y colgada en el vestíbulo de cualquier facultad de comunicación audiovisual como advertencia a los estudiantes de primer año: "Sukha" ofrecerá "una mirada muy amplia a la cultura". Muy amplia. Es decir: tan amplia que ya no es ninguna. Un programa que habla de todo habla de nada. La amplitud, en televisión como en filosofía, suele ser el disfraz que viste la ausencia de criterio cuando no puede permitirse un buen sastre.
El trío y sus contradicciones
Los tres presentadores elegidos para conducir este experimento merecen ser analizados, porque su combinación revela con más honestidad que cualquier nota de prensa cuál es la naturaleza real del proyecto.
Pablo González Batista llega desde los territorios de la ironía y el periodismo de trinchera, un hombre con buen ojo para la farsa mediática y reflejos rápidos para el chiste. Virtudes encomiables. El problema es que la ironía, cuando se aplica a la cultura sin el contrapeso de la erudición, se convierte fácilmente en condescendencia. En el magacín diario, la distancia irónica tiende a resolverse en frivolidad, que es la distancia irónica para pobres.
Susana Castañón aporta la solvencia de quien ha pasado años frente a los telediarios y ha entrevistado a figuras de peso en la esfera cultural. Su presencia es la concesión que el programa se hace a sí mismo: un gesto hacia el rigor que sin embargo no alcanza a salvar el conjunto, del mismo modo que un buen prólogo no puede redimir una novela mediocre.
Y luego está Jero Fernández. Su historial en "Saber Vivir" dice, sin necesidad de que nadie abra la boca, lo que "Sukha" es verdaderamente: un programa de servicios con pretensiones culturales, un magazine de salud y bienestar que ha decidido que visitar el estudio de una pintora de moda le otorga carta de naturaleza artística. La presencia de Fernández no es un detalle; es la firma al pie del documento que certifica la identidad real del formato. No hay nada que reprocharle a él: simplemente, hace lo que sabe. El problema es que lo que sabe no es crítica cultural.
El huérfano cinematográfico
El punto más doloroso de esta transición no es lo que "Sukha" tiene, sino lo que ha decidido no tener. "Culturas 2" poseía una sección de cine con entidad propia, con voz y estilo reconocibles, con la capacidad de convertir un comentario sobre una película en una pequeña pieza de escritura. Era, en definitiva, un espacio donde el cine importaba de verdad, donde se le dedicaba tiempo, atención e inteligencia.
En "Sukha", el cine ha desaparecido como categoría y reaparece como anécdota: un invitado que habla de sus inicios, una actuación en el estudio de una artista plástica, un directo desde un festival de magia. Todo muy visual. Todo muy inmediato. Todo absolutamente intercambiable. El espectador que busque una disección honesta de un guion, un análisis de la puesta en escena, una reflexión sobre el lenguaje cinematográfico, puede ir buscando otro canal, porque "Sukha" no tiene para él ni silla en la que sentarse.
El espejo que acusa
Lo que más debería inquietar de todo este asunto no es el programa en sí —que quizá encuentre su público y quizá lo merezca— sino lo que su existencia nos dice sobre la televisión pública y, por extensión, sobre nosotros. Cuando La 2 renuncia a ser un espacio de exigencia estética para convertirse en un remanso terapéutico, no hace sino capitular ante el supuesto imperativo del algoritmo: nadie quiere ser desafiado, todos quieren ser consolados, la cultura es un lifestyle y el arte una terapia.
Esta lógica tiene un nombre que los manuales académicos todavía discuten pero que yo prefiero bautizar sin rodeos: condescendencia institucional. La convicción, instalada en los despachos de programación, de que el espectador de la televisión pública ya no aguanta que le exijan nada, que necesita que la cultura se le sirva desmenuzada, templada y acompañada de un consejo nutricional. Históricamente, La 2 fue el canal que acogió "A fondo", "Metrópolis", ciclos de cine que formaron generaciones enteras de miradas. Aquel canal creía que el espectador podía ser mejor. "Sukha" ha decidido que ya es suficientemente bueno tal como está. Y no hay desprecio más elaborado que ese.
Veredicto sin apelación
Que conste en acta que quien suscribe no pide a "Sukha" que sea lo que no puede ser. No se le pide que resucite a Bazin ni que dedique cuarenta minutos a la semiótica del plano secuencia. Se le pide, simplemente, que decida qué es. Porque un programa que quiere ser cultura, bienestar, gastronomía, viajes, salud mental, humor y actualidad simultáneamente tiene todas las papeletas para no ser ninguna de esas cosas con la profundidad suficiente.
"Sukha" significa felicidad. Qué curioso: en la jerga de la programación televisiva contemporánea, la felicidad resulta ser siempre lo que queda cuando se elimina todo aquello que podría resultar incómodo. Quitad la crítica, quitad la exigencia, quitad el desafío, quitad la especialización, quitad la profundidad. Lo que sobra, dicen los programadores, es cultura. Lo que sobra, digo yo, es vacío con buena iluminación.
El gran arte no busca la calma. Es el vendaval. Y La 2 acaba de instalar doble cristal en todas las ventanas.
P.S.- Ruego al dios de los televidentes culturales que no se malogre también el nuevo programa de Pere Estupinyà, a quien le han cerrado el interesante programa de El cazador de cerebros y le han encargado otro... aunque me temo que tiene muy mala pinta, que quieren que sea otra bazofia pseudocultural de entretenimiento tontucio superficial.





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