Para mí este último libro de Antonio Muñoz Molina vuelve a ser un libro de Schrödinger que cuando lo abres y lees un fragmento lo mismo está vivo y te fascina que está muerto y apesta.
jueves, 14 de octubre de 2021
Volver a dónde de Antonio Muñoz Molina
Para mí este último libro de Antonio Muñoz Molina vuelve a ser un libro de Schrödinger que cuando lo abres y lees un fragmento lo mismo está vivo y te fascina que está muerto y apesta.
miércoles, 13 de octubre de 2021
Aquellas llamadas intempestivas... pronto hará treinta años
Dice Zacks, mi colega el profeta malagueño:
Hay dos tipos de personas en función de la relación que mantienen con el teléfono: los que se alegran de oírlo sonar y los que pensamos que su melodía es el cascabel de la serpiente, que nos llama para mordernos en cuanto descolguemos.
Mi mujer —bueno, en aquel momento éramos novios— solo con mirarme, antes de decirle nada (era de madrugada y eso no presagiaba nada bueno) empezó a hiperventilar ostentosamente y a llorar y tartamudear:
—¿Pero, qué, pero qué... qué ha pasado, qué es, quién?

Antes de colgar el teléfono —el fijo, aún no había móviles— le dije a mi madre: "Enseguida salgo para allá". Casi nueve horas de viaje en coche y novecientos kilómetros... aún no he había acostado, estaba viendo una película en vídeo de madrugada, según mi costumbre.
Mi novia insistió, angustiada:
—¿Qué? ¡Ay! Dime qué ha pasado...
—Un accidente de tráfico... mi hermano ha muerto y mi hermana Eva está ingresada muy grave.
Lágrimas... lamentos... incredulidad... y de pronto una trágica duda:
—¿Pero y el niño? Has dicho algo del niño que también iba en el coche... ¿Tu hermano Daniel?
—¿El niño...? —pregunté asombrado e incrédulo— no me digas... Sí, es cierto que mi madre me ha contado algo del niño, pero no me he enterado porque es absurdo, lo siento, estoy muy confundido...
—Sí, has dicho que el niño también iba en el coche, ¿qué niño?
Y es que tengo otro hermano tardío, diecinueve años menor que yo, que por entonces era un niño.
Desconcertadísimo, con ansiedad extrema, agónicamente agarrotado por la incertidumbre y la natural tendencia a los malos presagios, volví a telefonear a mi madre, pero como estaba tan nerviosa le pedí que me pasara con mi padre, que solía conservar la calma.
—Papá, cuéntame qué ha pasado, que mamá está tremendamente excitada y yo estoy en shock y no me estoy enterando bien de lo que ha ocurrido...
Mi padre era la voz de la pesadumbre y la derrota absoluta, jamás le había oído/visto así ni volví a verlo tan mal nunca más. Con toda la calma que pudo reunir me explicó que les acababa de llamar la Guardia Civil para comunicarles que el coche de mi hermano había sufrido un accidente cerca de un pueblo de León, estrellándose contra un árbol al salirse de la carretera y que mi hermano falleció instantáneamente y mi hermana estaba en el hospital muy grave con la mandíbula y numerosos huesos rotos.
Se estaban preparando para salir hacia León.
—¿Pero y el niño? Mamá me ha dicho que el niño también iba en el coche... ¿Cómo puede ser eso? —pregunté con terror.
—Sí, ese amigo de tu hermano que vive en León al que apodan "El Niño": José Manuel; tiene algún hueso roto y el ácido de la batería del coche le ha quemado parcialmente la cara, pero se encuentra bien.
Ufff, en ese momento suspiré aliviado y me agarré a esa buena noticia de que mi otro hermano no iba en el coche y que mi hermana seguía viva.
Qué horror, ningún padre debería enterrar a sus hijos, es una aberración absoluta.
Fui con papá al tanatorio para ver el cadáver. No quería, pero tenía que hacerlo: debía pasar ese amargo trago para poder creer que mi compañero y cómplice inseparable durante toda una vida ya no seguía en el mundo... como si de repente mi sombra desapareciera para siempre.
Mi hermano no manejaba el volante, iba dormido en el asiento de atrás porque tenía sueño y había dejado que mi hermana condujera y 'El Niño' iba en el asiento del copiloto.
Su cuerpo parecía intacto. No puedo olvidar la expresión extraña de su rostro —inquietante por lo insólito de denotar cierta placidez— sin el color y el calor de la vida, pero adornado con una ligerísima sonrisa, como si no se hubiera percatado de nada: murió desnucado mientras dormía, sin enterarse.
Apenas consigo recordar nada de todo aquello, de esa largo viaje en coche al hospital y a la morgue de León, de los día siguientes... sí recuerdo que aunque era agosto hacía un tremendo frío absurdo allí y que por el hospital aparecieron inesperadamente un montón de antiguos compañeros del internado militar en el que estudiamos que vivían en León o en las cercanías.
Tiempo después intenté pasar página y fui al mismo videoclub de Ronda para acabar de ver esa película que interrumpió aquella odiosa llamada telefónica.
Por supuesto jamás olvidaré de qué película se trataba: Rambling Rose (El precio de la ambición).
Desde hace años silencio el teléfono cada noche: no quiero esperar ninguna llamada, lo que tenga que ser será, pero no pienso estar pendiente de posibles desgracias. Todos moriremos inexorablemente cuando nos toque.
martes, 12 de octubre de 2021
El silencio de Don DeLillo
Acuden a la casa de sus amigos, Max y Diane, donde conocerán a Martin, un antiguo alumno de Diane obsesionado con el manuscrito original de la teoría de la relatividad de Albert Einstein.
Juntos intentan entender qué ha pasado y hasta qué punto el mundo que todos conocíamos ha cambiado para convertirse en algo distinto: un lugar en el que todas las certezas a las que nos agarrábamos como sociedad ya no nos sirven... la misma tecnología que una vez abrió una nueva era y nos hizo sentir inmortales, ahora nos puede llevar a la extinción.
Lo siento, pero no he conseguido pillarle la gracia a este corto relato de DeLillo que se lee en menos de dos horas (lo he escuchado en audiolibro en Audible) y tardas menos de dos mintuos en olvidar.
¡Y eso que me ha coincidido su lectura con la caída de Whatsapp, Facebook e Instagram de seis horas, que es lo más parecido que hemos vivido a lo que se propone en este relato!
lunes, 11 de octubre de 2021
Los vencejos de Fernando Aramburu
Como quiera que soy un tanto masoca y gozo de las pelis de directores como Ingmar Bergman, Michael Haneke, Ulrich Seidl... no pude resistirme ante una novela que trataba de un tipo que planifica su suicidio con justo un año de antelación.
La última novela de la escritora Isabel Bono, amiga de Aramburu, fue su inspiración. Pero lo que en la novela de la malagueña se abordaba un poco poéticamente Fernando lo trata del modo más prosaico posible: desde la perspectiva de un gañán egoísta y muy incorrecto políticamente (personalmente esto lo agradezco en estos tiempos de extremo comedimiento).
Llegué al final de las 25 horas de audiolibro porque me resultaba tremendamente entretenido (700 páginas en papel) y me ha hecho muy grata compañía durante el tiempo que me ha acompañado desde el smartphone en mis pequeños ratos muertos.
También considero sinceramente que si la historia se redujese a doscientas páginas podría llegar a ser una obra maestra algún día, pero por algún motivo el autor se ha empeñado en estirar la novela más allá de lo razonable, aunque tampoco me quejo porque más tiempo me ha entretenido (aunque pierda algo de calidad con taaantaaaa cantidad innecesaria).
También aviso que la crudeza del libro echa a muchos lectores para atrás: absténganse personillas sensibles.
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