martes, 24 de febrero de 2026

Añorando Culturas 2: Shuka, o el cadáver de la cultura

Hay una clase de crimen que se comete con buenas intenciones, y es el más difícil de perdonar. No el sabotaje torpe del vandálico, sino la eutanasia voluntaria y sonriente, la que se ejecuta con iluminación de spa y música de fondo a 432 Hz. Eso es exactamente lo que RTVE perpetró el pasado 16 de febrero cuando descolgó el cartel de "Culturas 2" en las tardes de La 2 y colgó en su lugar el de "Sukha": una palabra sánscrita que significa felicidad, placer y bienestar, y que en la historia de la televisión pública española debería quedar registrada como el epitafio más sofisticado que se haya escrito jamás sobre la ambición intelectual de una cadena.

​No nos engañemos con eufemismos. Esto no es una renovación. Es una rendición.

Culturas 2 exterminado estúpidamente, adiós a Tania Sarrias, Paula Helgar, y Desiree de Fez y hola a la estulticia ligera


El crimen, despacio

Durante tres años, "Culturas 2" fue ese espacio improbable y obstinado que todavía creía que el espectador de La 2 merecía ser tratado como adulto. Un adulto capaz de escuchar una entrevista a un escritor sin que nadie le prometiera que aquello le iba a servir para dormir mejor. Un adulto que podía aguantar una crónica cinematográfica de cierta exigencia sin necesitar que entre medias alguien le explicara los beneficios del cardamomo. Esa fe radical en la inteligencia del público era, justamente, lo que hacía del programa algo digno de defensa.

Tania Sarrias, la añorada presentadora de Culturas 2

"Sukha", en cambio, llega al mundo con una declaración de principios que ya anuncia el desastre: será una mirada a la cultura "curiosa, crítica y disfrutona". Disfrutona. Aquí el crítico detiene su pluma un momento, la mira, y decide continuar de todas formas, porque alguien tiene que hacerlo. "Disfrutona" es la palabra que usan quienes han decidido que la cultura es demasiado seria para tomársela en serio. Es el adjetivo que se aplica cuando se quiere neutralizar el único rasgo que distingue a la alta cultura del entretenimiento de relleno: la capacidad de molestar, de incomodar, de dejar al espectador con una pregunta encendida en la nuca cuando apaga el televisor.

La arquitectura del vacío

Examínese la estructura del nuevo programa y se comprenderá enseguida de qué clase de proyecto estamos hablando. Salud física y mental. Bienestar. Gastronomía. Viajes. Arte en vivo. Todo mezclado con la elegancia de un smoothie de supermercado: nutrientes genéricos disueltos en un líquido sin textura que se ingiere sin masticar. La felicidad como horizonte estético. El bienestar como criterio editorial. Se acabó aquello de que el arte sirve para incomodar, para sacudir las certezas, para revelar la herida en el lugar donde uno creía tener cicatriz. Ahora el arte sirve para "la calma en el vendaval del día". Un remanso. Un refugio. Una infusión de tila con subtítulos.

¡Cuánto te añoro Paula Hergar!

El director del programa, Miguel Ángel Hoyos, ha resumido la filosofía del espacio con una frase que merece ser enmarcada y colgada en el vestíbulo de cualquier facultad de comunicación audiovisual como advertencia a los estudiantes de primer año: "Sukha" ofrecerá "una mirada muy amplia a la cultura". Muy amplia. Es decir: tan amplia que ya no es ninguna. Un programa que habla de todo habla de nada. La amplitud, en televisión como en filosofía, suele ser el disfraz que viste la ausencia de criterio cuando no puede permitirse un buen sastre.​

El trío y sus contradicciones

Los tres presentadores elegidos para conducir este experimento merecen ser analizados, porque su combinación revela con más honestidad que cualquier nota de prensa cuál es la naturaleza real del proyecto.

Pablo González Batista llega desde los territorios de la ironía y el periodismo de trinchera, un hombre con buen ojo para la farsa mediática y reflejos rápidos para el chiste. Virtudes encomiables. El problema es que la ironía, cuando se aplica a la cultura sin el contrapeso de la erudición, se convierte fácilmente en condescendencia. En el magacín diario, la distancia irónica tiende a resolverse en frivolidad, que es la distancia irónica para pobres.

Susana Castañón aporta la solvencia de quien ha pasado años frente a los telediarios y ha entrevistado a figuras de peso en la esfera cultural. Su presencia es la concesión que el programa se hace a sí mismo: un gesto hacia el rigor que sin embargo no alcanza a salvar el conjunto, del mismo modo que un buen prólogo no puede redimir una novela mediocre.

Y luego está Jero Fernández. Su historial en "Saber Vivir" dice, sin necesidad de que nadie abra la boca, lo que "Sukha" es verdaderamente: un programa de servicios con pretensiones culturales, un magazine de salud y bienestar que ha decidido que visitar el estudio de una pintora de moda le otorga carta de naturaleza artística. La presencia de Fernández no es un detalle; es la firma al pie del documento que certifica la identidad real del formato. No hay nada que reprocharle a él: simplemente, hace lo que sabe. El problema es que lo que sabe no es crítica cultural.

La tripleta de la nadería

El huérfano cinematográfico

El punto más doloroso de esta transición no es lo que "Sukha" tiene, sino lo que ha decidido no tener. "Culturas 2" poseía una sección de cine con entidad propia, con voz y estilo reconocibles, con la capacidad de convertir un comentario sobre una película en una pequeña pieza de escritura. Era, en definitiva, un espacio donde el cine importaba de verdad, donde se le dedicaba tiempo, atención e inteligencia.

En "Sukha", el cine ha desaparecido como categoría y reaparece como anécdota: un invitado que habla de sus inicios, una actuación en el estudio de una artista plástica, un directo desde un festival de magia. Todo muy visual. Todo muy inmediato. Todo absolutamente intercambiable. El espectador que busque una disección honesta de un guion, un análisis de la puesta en escena, una reflexión sobre el lenguaje cinematográfico, puede ir buscando otro canal, porque "Sukha" no tiene para él ni silla en la que sentarse.

El espejo que acusa

Lo que más debería inquietar de todo este asunto no es el programa en sí —que quizá encuentre su público y quizá lo merezca— sino lo que su existencia nos dice sobre la televisión pública y, por extensión, sobre nosotros. Cuando La 2 renuncia a ser un espacio de exigencia estética para convertirse en un remanso terapéutico, no hace sino capitular ante el supuesto imperativo del algoritmo: nadie quiere ser desafiado, todos quieren ser consolados, la cultura es un lifestyle y el arte una terapia.

Esta lógica tiene un nombre que los manuales académicos todavía discuten pero que yo prefiero bautizar sin rodeos: condescendencia institucional. La convicción, instalada en los despachos de programación, de que el espectador de la televisión pública ya no aguanta que le exijan nada, que necesita que la cultura se le sirva desmenuzada, templada y acompañada de un consejo nutricional. Históricamente, La 2 fue el canal que acogió "A fondo", "Metrópolis", ciclos de cine que formaron generaciones enteras de miradas. Aquel canal creía que el espectador podía ser mejor. "Sukha" ha decidido que ya es suficientemente bueno tal como está. Y no hay desprecio más elaborado que ese.

Vaya panda...

Veredicto sin apelación

Que conste en acta que quien suscribe no pide a "Sukha" que sea lo que no puede ser. No se le pide que resucite a Bazin ni que dedique cuarenta minutos a la semiótica del plano secuencia. Se le pide, simplemente, que decida qué es. Porque un programa que quiere ser cultura, bienestar, gastronomía, viajes, salud mental, humor y actualidad simultáneamente tiene todas las papeletas para no ser ninguna de esas cosas con la profundidad suficiente.

"Sukha" significa felicidad. Qué curioso: en la jerga de la programación televisiva contemporánea, la felicidad resulta ser siempre lo que queda cuando se elimina todo aquello que podría resultar incómodo. Quitad la crítica, quitad la exigencia, quitad el desafío, quitad la especialización, quitad la profundidad. Lo que sobra, dicen los programadores, es cultura. Lo que sobra, digo yo, es vacío con buena iluminación.

El gran arte no busca la calma. Es el vendaval. Y La 2 acaba de instalar doble cristal en todas las ventanas.

P.S.- Ruego al dios de los televidentes culturales que no se malogre también el nuevo programa de Pere Estupinyà, a quien le han cerrado el interesante programa de El cazador de cerebros y le han encargado otro... aunque me temo que tiene muy mala pinta, que quieren que sea otra bazofia pseudocultural de entretenimiento tontucio superficial.


lunes, 5 de enero de 2026

El misterio de los Reyes Magos

Queridos lectores-detectives. Lo que tienen ante ustedes no es un cuento de hadas, sino el caso sin resolver más antiguo de la cristiandad: el enigma de los Tres Magos de Oriente. Y como en toda buena investigación, comencemos por lo que sabemos —o más bien, por lo que creemos saber.

El documento fundacional es escueto, casi telegráfico. El Evangelio según San Mateo —nuestro único testigo ocular en el caso— nos presenta una escena que cualquier fiscal consideraría insuficiente para abrir juicio: unos magoi de Oriente siguen una estrella hasta Belén. Punto. Sin nombres. Sin número específico. Sin coronas, cetros ni túnicas de armiño.

Esperen. ¿Magoi? Aquí está el primer giro argumental que Hollywood pagaría millones por explotar: estos señores no eran monarcas paseándose por el desierto con sus tesoros. Eran miembros de una casta sacerdotal persa, una élite intelectual que leía el cosmos como nosotros leemos Twitter —con la diferencia de que ellos realmente entendían lo que estaban leyendo. Astrónomos, sabios, intérpretes del lenguaje divino escrito en constelaciones. Imagínenlos como los científicos de datos del mundo antiguo, pero con túnicas más llamativas y sin cafeteras Nespresso.

Los Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar

La palabra mago entonces no evocaba conejos saliendo de sombreros, sino poder, conocimiento arcano, esa clase de sabiduría que hace que la gente te mire con una mezcla de respeto y ligero temor. Eran los herederos de Zoroastro, los guardianes de secretos astronómicos que convertían la bóveda celeste en un inmenso libro de profecías.

Ahora viene el verdadero plot twist (girito): los nombres que todos tarareamos en villancicos —Melchor, Gaspar y Baltasar— son una adición posterior. Un retcon teológico, si se me permite el término friki. Estos alias no aparecen en ningún documento oficial hasta que un artista del siglo VI, trabajando en un mosaico de Rávena, decidió que el misterio necesitaba rostros.

¿Y el detalle de que fueran tres? Pura deducción detectivesca: tres regalos mencionados en Mateo, ergo, tres portadores. La lógica es seductora, pero endeble. Pudieron ser dos magos muy generosos, o siete tacaños que se repartieron los gastos. El texto original guarda silencio, como un testigo protegido.

Pero aquí la historia se vuelve aún más fascinante: la imagen de Baltasar como hombre de raza negra es una innovación renacentista, introducida entre los siglos XV y XVI. No fue capricho artístico, sino teología visual: el mensaje divino debía abrazar a Europa, Asia y África —las tres regiones conocidas en el mundo antiguo—, convirtiendo a estos magos en el primer comité de la ONU, versión Belén.

Si piensan que esto no puede volverse más novelesco, prepárense para el thriller de las reliquias. Según la tradición —y aquí la palabra "tradición" debe leerse con el mismo escepticismo con que uno lee "basado en hechos reales" en Netflix— la emperatriz Elena, madre de Constantino y coleccionista compulsiva de reliquias sagradas, habría localizado los restos de los Magos en algún rincón de Oriente.

Desde allí, estos huesos bien conectados viajaron a Constantinopla. Luego, en un giro digno de Ocean's Eleven, acabaron en Milán. Pero la historia no termina ahí: en 1164, el emperador Federico Barbarroja —que claramente no entendía el concepto de "respeto a la propiedad cultural"— los saqueó y los trasladó a Colonia, donde reposan hasta hoy en un relicario tan monumental que parece diseñado por un orfebre con delirios de grandeza.

¿Son auténticos? Querido Watson, esa es la pregunta de un millón de denarios. Las pruebas forenses modernas sugieren que los huesos pertenecen a diferentes individuos de distintas épocas. Lo cual podría indicar o bien un fraude medieval, o bien que los Magos poseían el secreto de la inmortalidad parcial. Ustedes eligen qué versión vende más libros.

Analicemos ahora la evidencia material: tres obsequios de altísima carga simbólica. No estamos hablando de calcetines y perfume genérico, sino de un mensaje codificado que haría sonreír a cualquier semiólogo.

oro, incienso y mirra

Oro: El metal de reyes. Un reconocimiento político inequívoco. "Vemos tu realeza, pequeño, aunque ahora mismo estés en un pesebre rodeado de animales que claramente no han leído el protocolo."

Incienso: Resina aromática reservada al culto divino. Un voto de confianza en la divinidad del niño. "No solo eres rey, eres Dios con mayúsculas. Sin presión."

Mirra: Y aquí, damas y caballeros, el regalo que arruina la fiesta. La mirra era un ungüento fúnebre, el equivalente antiguo de enviar flores a un funeral. Un presagio sombrío: "Naciste para morir, y esa muerte será significativa." Imaginen la cara de María: "Gracias, pero ¿tenían que recordárnoslo ahora?"

Es el trío perfecto de regalos para quien es simultáneamente rey, dios y mártir. Simbolismo del bueno, el que hace que los profesores de literatura lloren de emoción.

Logística transcontinental: el debate del transporte

Aquí entramos en una de las controversias más apasionadas del folklore: ¿en qué diablos viajaban estos señores?

En Europa, el canon establece camellos. Tiene sentido: vienen de Oriente, el camello es el 4x4 del desierto, imagen exótica garantizada para cualquier belén que se precie. Pero crucen el Atlántico y la historia cambia. En el Caribe y América Latina, los informes locales indican una clara preferencia por el caballo.

¿Por qué? Logística pura y dura. Los camellos en el Caribe son tan comunes como los pingüinos en el Sahara. El caballo, en cambio, es el animal de trabajo local, el que conoce el terreno, el que no va a hacer preguntas incómodas sobre su sindicato. Es adaptación cultural en su máxima expresión: los Magos son pragmáticos, no puristas.

Pero si piensan que ya conocen todos los secretos de este caso, esperen a que crucemos a México, donde la investigación toma un giro deliciosamente literal. Aquí, los Magos no solo entregan regalos: ocultan pruebas en un artefacto de masa, azúcar y fruta confitada conocido como la Rosca de Reyes.

Esta obra maestra ovalada —que simboliza la corona de los Magos y, según otras interpretaciones menos verificables, el infinito amor divino— esconde en su interior pequeñas figuras del Niño Jesús. Y aquí viene el giro: quien encuentra una figura no gana un premio. Al contrario: es condenado a ser "padrino" y pagar tamales el Día de la Candelaria, el 2 de febrero.

Es brillante. Es tradición convertida en lotería culinaria. Es la única ocasión en que encontrar algo valioso en tu comida resulta en una factura considerable. La rosca se convierte así en una ruleta rusa gastronómica donde cada mordisco puede sellar tu destino económico-social para las próximas semanas.

En Puerto Rico, el caso adquiere matices místicos con las "Promesas de Reyes": pactos solemnes donde el fiel solicita un favor celestial a cambio de oraciones cantadas —los aguinaldos— y celebraciones rituales. Es un contrato espiritual donde ambas partes conocen los términos: tú cantas, yo concedo. Capitalismo divino en su forma más pura.

Todo buen thriller necesita un informante, un espía en las sombras. Y aquí tenemos al misterioso paje conocido como Carbonero o Carbonilla, el agente encubierto de los Magos, el que vigila, anota, compila expedientes de conducta infantil que serían la envidia de cualquier agencia de inteligencia.

roscón de reyes

Si el informe anual resulta negativo —demasiadas mentiras, insuficiente higiene dental, exceso de peleas fraternales— Carbonilla deja su firma: carbón dulce. Pero no cualquier carbón: estamos hablando de una compleja creación química, azúcar calentado a 130 °C hasta transformarse en espuma negra comestible. Es castigo convertido en golosina, una paradoja pedagógica que confunde tanto como educa. "Eres malo, pero no tan malo. Toma, come tu vergüenza endulzada."

El Gran Rival: el duelo por la hegemonía de la ilusión

Y llegamos al clímax, al enfrentamiento que divide hogares y genera debates acalorados en cenas navideñas: los Reyes Magos versus Santa Claus.

Santa —llamémoslo por su nombre de guerra— fue catapultado a la fama global por la maquinaria de Coca-Cola en 1930. Su estrategia es agresiva: marketing omnipresente, presencia en todos los centros comerciales del hemisferio norte, merchandising que haría sonrojar a Disney. Es el gigante corporativo del reparto de ilusiones.

Pero los Magos resisten. En España e Iberoamérica conservan su feudo con la tenacidad de una dinastía que sabe que el tiempo juega a su favor. En México, las estadísticas son reveladoras: un 43% de los niños mantiene su lealtad a los Magos, frente a un 42% que se ha pasado al "viejo barbudo de rojo". Es prácticamente un empate técnico, una guerra fría de la fantasía infantil donde ambos bandos se espían mutuamente desde chimeneas y balcones.

La diferencia clave es cultural: Santa es individual, eficiente, casi fordista en su producción industrial de regalos. Los Magos son colectivos, exóticos, cargados de simbolismo milenario. Santa representa el pragmatismo anglosajón; los Magos, la complejidad mediterránea y latina.

Después de revisar toda la evidencia —documentos históricos incompletos, reliquias de dudosa procedencia, tradiciones que mutan según la geografía, regalos cargados de profecía— llegamos a una conclusión que cualquier buen detective debe aceptar: este caso nunca se cerrará completamente.

Y quizás esa sea precisamente su genialidad. Los Reyes Magos sobreviven porque son un misterio, una tradición que se adapta, que absorbe culturas, que permite interpretaciones múltiples sin perder su esencia. Son prueba viviente de que las mejores historias no son las que resuelven todas las preguntas, sino las que te hacen seguir buscando respuestas.

El expediente permanece abierto. La fe en lo extraordinario sigue siendo la pista definitiva. Y cada 6 de enero, millones de personas perpetúan esta investigación ancestral dejando zapatos en balcones, cortando roscas con expectación y manteniendo viva una tradición que, como los mejores enigmas, es imposible de resolver y, por tanto, imposible de olvidar.

viernes, 2 de enero de 2026

Cambio de año: adiós 2025, hola 2026

Celebraciones de fin de año 2025 2026
La medianoche cambia de huso en huso… pero la ilusión se parece en todos los idiomas.

Hay una noche en la que el mundo parece sincronizarse a su manera: ciudades iluminadas, brindis, supersticiones, abrazos y ese “caos controlado” que, por unas horas, nos permite creer que empezar de cero es posible.

La noche de fin de año se ha convertido en un ritual universal: algunos buscan suerte, otros significado; unos lo celebran a lo grande y otros lo convierten en un acto íntimo. Y, aun así, casi todos comparten la misma idea: que el nuevo año llegue con algo mejor.


1) Un vistazo al calendario: ¿cuándo empezó todo esto?

El “Año Nuevo” no siempre cayó el 1 de enero. Durante siglos fue una fecha móvil: a veces marcada por la agricultura, otras por el cielo, y muchas por decisiones políticas o religiosas.

  • Babilonios: celebraban en marzo, con el equinoccio vernal y la siembra.
  • Egipcios: lo alineaban con la inundación anual del Nilo.
  • Chinos: reciben el año con el Festival de Primavera según su calendario lunar.
  • Romanos: fijaron el 1 de enero en honor a Jano, dios de los comienzos y los finales.
  • Edad Media europea: la fecha se desplazó a hitos cristianos como Navidad o la Anunciación.
  • Calendario gregoriano: terminó consolidando el 1 de enero como referencia global.
Cambiar el año es, en el fondo, una forma de ordenar la esperanza: ponerle fecha a la renovación.
Uvas con las campanadas en España
En España, el tiempo se mide en campanadas… y en uvas.

2) El mapamundi de la suerte: tradiciones globales

En muchas culturas, la Nochevieja no se “mira”: se hace. Se come, se rompe, se limpia, se corre, se salta… como si el cuerpo pudiera empujar al destino en la dirección correcta.

Comida que da suerte

  • Italia: lentejas con cotechino (prosperidad, como monedas).
  • Filipinas: doce o trece frutas redondas (abundancia).
  • Sur de EE. UU.: hojas verdes y guisantes de ojo negro (riqueza y suerte).
  • Japón: fideos largos (vida larga y próspera).
  • Países Bajos: oliebollen (para ahuyentar lo malo).

Acciones para atraer lo bueno

  • Grecia: romper granadas en la puerta (cada semilla, una bendición).
  • Dinamarca: romper platos en casas amigas (buena suerte compartida).
  • Irlanda y otros: golpear ollas y sartenes (espantar malos espíritus).
  • Dinamarca: saltar desde una silla para “saltar” al nuevo año.
  • Perú y Latinoamérica: correr con maletas (manifestar viajes).
  • Japón y China: limpieza a fondo (barrer la desgracia del año pasado).

Vestuario con propósito

  • España e Italia: ropa interior roja (amor y pasión).
  • Perú: ropa interior amarilla (prosperidad).
  • Filipinas: lunares (éxito financiero, como monedas).

Y luego están las grandes postales del planeta: Times Square, Sídney, Copacabana, Londres, París, Berlín, Dubái… cada ciudad inventa su manera de decir: “aquí seguimos”.

Alimentos típicos en el cambio de año
La suerte también se cocina, se viste y se simboliza.

3) ¡España, uvas y olé! Nuestra Nochevieja a fondo

Si hay un ritual que nos define es el de las doce uvas: doce campanadas, doce oportunidades. Y, por unos segundos, un país entero intentando masticar a tiempo.

Las doce uvas de la suerte

  • Una uva por campanada para atraer buena suerte en cada mes.
  • Origen popular asociado a un excedente de uva (Alicante, 1909) y a la vez a una ironía colectiva frente a modas burguesas.
  • La Puerta del Sol (Madrid) como epicentro emocional y televisivo.

Otros rituales españoles

  • Ropa interior roja: “mejor si es regalada”.
  • Oro en la copa de cava: para atraer riqueza.
  • Lentejas el 1 de enero: promesa de prosperidad.
  • Churros con chocolate: el abrazo dulce después de medianoche.

Tradiciones regionales

  • Cataluña: canelones.
  • Galicia: grandes banquetes de marisco.
  • Salamanca: Nochevieja Universitaria.
  • Pamplona y Coín: disfraces y carnavales callejeros.
  • Ciudades costeras: Primer Baño del Año.

Y sí: la televisión se viste de gala. Campanadas, actuaciones, humor, drones, fuegos artificiales… y, en Canarias, ese segundo “cambio de año” que el resto del país mira con cariño (y a veces con envidia horaria).


4) Demasiado ruido y humo: las caras B

No todo brilla igual cuando se apagan las luces. El final de año también trae impacto ambiental, ruido, residuos y riesgos que muchas ciudades ya se plantean reducir.

  • Impacto ambiental: humo, partículas, químicos, confeti y plásticos de un solo uso.
  • Ruido: estrés en animales y personas sensibles.
  • Riesgos: aglomeraciones, conducción bajo alcohol, pirotecnia doméstica.
  • Presión social: la obligación de “pasarlo increíble” puede pesar más que celebra
  • Hay que acabar con los malditos petarditos de una vez por todas, el efímero y bobo disfrute de los retrasados mentales a quienes les gustan los ruiditos no compensa el mal que provocan, a la mierda los petardos que tiran petardos: cadena perpetua para ellos o decapitación pública.
A veces, la mejor tradición nueva es bajar el volumen y subir el sentido.
Petardos no: NO A LOS PETARDOS QUE TIRAN PETARDOS
El futuro puede celebrar igual de bonito… con menos ruido y humo.

5) La Nochevieja del futuro: ¿qué nos espera?

El cambio ya está en marcha: más conciencia ecológica, más tecnología y, paradójicamente, más necesidad de intimidad.

Celebraciones más sostenibles

  • Espectáculos de drones y láser como alternativa más silenciosa.
  • Decoraciones reutilizables o biodegradables.
  • Cenas con productos locales y menos desperdicio.
  • Pirotecnia “más verde” y —en algunos lugares— más silenciosa.

Tecnología al servicio de la fiesta

  • Realidad virtual y aumentada: fiestas híbridas, experiencias inmersivas.
  • IA para planificar, personalizar música y gestionar multitudes.
  • Retransmisiones globales: compartir el momento en directo.

Cambio de chip: más significado

  • Celebraciones más pequeñas, más cercanas.
  • Introspección: “borrón y cuenta nueva” sin obligación de excesos.
  • Fusión cultural: adoptar rituales de aquí y de allá con libertad.

Conclusión

Desde los rituales antiguos hasta las exhibiciones futuristas, la Nochevieja refleja lo más humano: esperanza, miedo, deseo de pertenecer y ganas de empezar mejor.

Feliz Año y que el 2026 te traiga suerte.

Añorando Culturas 2: Shuka, o el cadáver de la cultura

Hay una clase de crimen que se comete con buenas intenciones, y es el más difícil de perdonar. No el sabotaje torpe del vandálico, sino la e...