miércoles, junio 08, 2011

Fragmento de «Último tren a Utopía»


En solidaridad con Diego Ariza comparto estre fragmento de Último tren a Utopía que escribí en los años ochenta:



Por fin han concluido mis obligaciones para con la patria: he finalizado mi servicio militar, ya puedo considerarme todo un hombre.

Muchas son las cosas aprendidas durante mi estancia en filas y dejo atrás multitud de amigos y experiencias. Como por ejemplo el barco. Sí, el barco. Probablemente yo jamás habría surcado el mar de no haberme tocado hacer la mili en Ceuta.
    
Ayer me despedí de los compañeros en una juerga nocturna. Gracias a mi aventura africana he llegado incluso a trabar amistad con un individuo de otra raza, Hassan, el que nos vendía el hachís.

Y ahora subo al ferry, quizás por última vez.  

Tras hora y media sobre las olas el buque atraca en el puerto de Algeciras. Hoy la mar ha estado en relativa calma y sólo he vomitado ligeramente. Fue mucho peor cuando me concedieron el permiso en Navidades y hube de atravesar el estrecho con temporal de Levante.

Cruzo la pasarela y piso tierra peninsular. Cargando con innumerables bultos consigo llegar a la cola de la aduana. Hoy, previsiblemente, la cosa irá bien: no hay más de doscientas personas por delante de mí.

Hasta donde estoy se acerca un guardia civil. Solicita que le muestre mi documentación, a lo cual procedo diligentemente, pues me considero persona de orden y gusto de ver cómo las fuerzas de la seguridad del estado cumplen celosamente su cometido.
  
Escucho con sorpresa su orden:

- Haga el favor de acompañarme.  
  
Un tanto desconcertado echo un vistazo a la montaña que es mi equipaje y, rodeado del mismo, parto torpemente en pos del guardia. Me conduce a un cuartucho apartado de la multitud que puebla la cola de la aduana.

- Siéntese y espere aquí.
  
Contemplo estupefacto a los individuos que comparten sala conmigo y de inmediato comprendo que algo no marcha bien. Los tipos con los que me ha reunido no parecen demasiado convencionales: el que no tiene la cara cruzada por cicatrices lleva una descuidada cabellera y/o barba de varios días, cuando no pinchazos en sus tatuados brazos. Además, debo ser el único español de los allí congregados.

Logro inferir que el picoleto me ha catalogado como sospechoso.

Por más vueltas que le doy no alcanzo a comprender qué ha podido despertar en mí las sospechas del agente, mi aspecto externo es pulcro. Quizá, hipotetizo, mi estado resacoso tras la fiesta de anoche. O probablemente –continúo atando cabos– el pálido rostro enfermizo que me queda tras la travesía marina. Sí, eso debe ser, una mezcla de resaca y viaje.

De un cuarto anexo sale un guardia y llama al mismo a uno de los sospechosos. Me mira y exclama.

- Se siente, coño.

Busco asiento con la mirada y me ubico entre otros dos sospechosos. Preferiría haberme sentado en algún sitio apartado, pero no se ven más sillas libres.

Paso un mal rato al caer en la cuenta de que estamos solos once sospechosos en la pequeña habitación. ¿Y si a alguno de estos tipejos se le ocurre introducir droga en mis equipajes o en mis abrigos? Vigilo con mil ojos mis bultos procurando no perder de vista los movimientos de los demás sospechosos. Qué tensa espera. La estresante vigilancia del equipaje se me antoja infinitamente más horrible que cualquiera de las múltiples guardias nocturnas en el cuartel. Anhelo el momento de ser registrado.

Vuelve a abrirse la puerta del cuarto anexo y aparece tras ella un benemérito con malvada sonrisa satisfecha portando –en su enguantada mano– un huevo, al parecer de hachís, que el sospechoso ubicaba en el interior de su cuerpo.

De un salto me incorporo y –desesperado y neurótico– suplico al guardia que me cachee ya, puesto que perderé mi autobús de seguir demorándome.

Tras un tira y afloja dialéctico con el triunfador oval, y tras asegurarle que mi abuelo fue oficial de la guardia civil, accede a que yo sea el siguiente.

- Muy agradecido- sollozo
  
Se cierra la puerta y quedo a solas con los cinco representantes de la ley. Unos comienzan a registrar mis petates. Siento temor, incluso teniendo la certeza de que no escondo nada ilegal entre mis pertenencias. No puedo evitar poner cara de sospechoso ¿Y si me hubiesen introducido droga en la sala de espera pese a mi estricta vigilancia? ¿Y si alguno de los guardias me muestra droga y declara que la ha encontrado en mis bolsas? ¿Y si alguien en el barco mientras yo paseaba por cubierta metió algo en mi equipaje? Me siento totalmente desprotegido y acongojado y se me viene a la cabeza inevitablemente “El expreso de medianoche” y empiezo a sentir auténtico pánico.

- Desnúdese

Me quito el abrigo, que enseguida registran.

- Vamos, desnúdese.

Me despojo del jersey, la camisa, el pantalón y los zapatos. Los cachean de inmediato, sin dejar de inspeccionar hasta las más recónditas dobleces.

Me fijo en que los guardias llevan sus manos cubiertas por unos guantes de plástico transparente.

- El calzoncillo también
 
Me ruborizo pero obedezco bajándome el bóxer pudorosamente.

Al proceder a cumplimentar su orden observo algunos gestos de admiración al comprobar el tamaño de mis atributos genitales, igual que me ocurrió en las duchas del cuartel cuando llegué de novato (lo cual me valió el mote de Solomillo,
sobrenombre con el que me conocían todos mis compañeros).

Un guardia se sitúa a mi espalda y ordena:

- Flexiónese.

Giro la cabeza y veo en sus manos unos guantes de látex, con lo cual cruzan por mi mente toda clase de ideas horribles. Los guardias que no contemplan mi estriptís se entretienen desmontando mis zapatos con un destornillador.

- Está bien, vístase.

Procedo con rapidez a cubrir mi desnudez y a hacer recuento y recopilación de mi equipaje, ahora en lamentable estado de desgobierno.

- Acompáñeme.

Nuevamente obedezco y soy conducido ante un extraño aparato.

- Pase por los rayos.

- Pero si ya me han cacheado -inicié a modo de tímida protesta– y hasta desnudado... ¿no es esto perjudicial para la salud?

- Vamos, pase por los rayos.

Ante la seguridad y la firmeza de su tono decido acatar su orden sin rechistar más.

Otro rato de impaciente espera y por fin:

- Puede marcharse.

Me quedo atónito ahí plantado, esperando una disculpa. Como esta no llega ni parece que vaya a hacerlo jamás y ante la socarrona frase del guardia –“¿No iba a perder su autobús?”– opto por largarme y dejarlo estar.

La estación de autobuses no queda demasiado lejana al puerto y aunque voy sobrecargado de maletas tampoco llevo mucho dinero. Decido, pues, rechazar los tentadores servicios del taxi y me encamino hacia la estación dando tumbos.

A mitad de camino establezco una forzada pausa para tomar aliento. Hasta donde respiro se acercan dos individuos de etnia gitana y uno de ellos me muestra en su mano lo que parece un fragmento de droga.

- ¿Quieres tate?

- No, gracias, lo he dejado.

Ante mi respuesta su compañero exhibe una navaja de proporciones gigantescas con la que empieza a hurgarse las uñas.

- Bueno… dame doce gramos-  digo asustado.

- Toma veinticinco, tito, que estamos de oferta.

- Está bien- accedo, entregando el dinero.

La pareja se marcha tranquilamente. Yo había decidido dejar de fumar hachís en cuanto concluyera la mili y de hecho así va a ser, puesto que lo que me acaban de endosar es avecrem.

Llego extenuado a la estación.

Sí, –pienso– me habría salido mejor haber cogido el taxi ahorrándome dinero y esfuerzo…

9 comentarios:

  1. Qué buena historia, y qué miedo, Óscar. A mí en cuanto me acerco a una aduana ya tengo cara de sospechoso.
    Amm

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  2. Magnífico el relato, Óscar.

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  3. Se agradece el comentario, hermano "muñozmoliniano".
    Saludos.

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  4. Amigacho Maif: Se agradece el tono sarcástico que diluye un poco el sabor de esa humillación tan brutal.
    Saludos.

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  5. Supongo y espero que los procedimientos habrán cambiado y serán más amables y dignos. Aunque ahora quizá no lo parezca, en estos temas cotidianos sí que se ha progresado mucho con la consolidación de la democracia, por suerte.
    Saluti!

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  6. Es una vergüenza el ser humano. La posibilidad de vivir esas experiencias aduaneras me alejan de mi espíritu viajero. Habrá gente que no le de importancia. No es mi caso y menos sin "solomillo" que presentar.
    Tampoco está mal lo del avecrem y la faca de siete muelles.
    Ahora el relato no pasaria la censura de la Ley de Trato.
    Saludos

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  7. Lo del solomillo es más una hipérbole que otra cosa.

    Puede que el relato no pasase la censura hoy, lo cual no impide que esté inspirado en unos hechos reales.

    Saludos y gracias por el comentario.

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  8. Mi comentario sobre la censura actual está hecho como denuncia al "meapilismo" imperante.
    Se nota que es un relato basado en una experiencia, y además, muy bien contado.
    Saludos, Oscar.

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