Mi madre está de los nervios, mil veces más excitada que yo mismo, que no me encuentro exactamente nervioso sino algo incómodo y tenso.
Y no debería ser para tanto, simplemente sucede que esta noche voy a conocer a los padres de la chica con la que salgo desde hace tres años. Al fin ha llegado ese gran día, precisamente hoy -veinticuatro de diciembre- voy a conocer a la familia de la mujer a la que amo.
Me da cosa dejar a mi madre sola esta noche, la verdad, pero Cecilia ha insistido tanto que no puedo negarme. Por otro lado mamá está encantada, no le importa que nadie haya sugerido invitarla a ella, sólo quiere que mis relaciones con esa chica se “formalicen”.
Me ha comprado este caro traje para la ocasión. Ahora está revisando minuciosamente mi aspecto. Me peina con la ayuda de un secador de pelo, maldita sea, es demasiado. Me afeité por la mañana, pero me ha obligado a afeitarme de nuevo esta tarde. Supongo que será porque soy hijo único y quiere lo mejor para mí. Creo que Cecilia le gusta de verdad.
***
Mi hijo está aquí, tan tranquilo, hecho un pasmarote. Debe tener horchata en las venas, como su padre que en paz descanse.
Esta noche va a conocer a los que ojalá sean sus futuros suegros, los padres de esa muchacha tan agradable, Cecilia. Tiene que causarles una buena impresión, son de muy buena familia. El padre de ella es teniente coronel de caballería.
Su madre no trabaja fuera de casa, claro, no le hace falta, así ha podido cuidar de sus cuatro hijos como dios manda. Se nota que la chica tiene clase, es toda una señorita, no se le puede escapar a mi Fernandito.
Quién lo iba a decir, mi hijo, el pobre, emparentando con una familia así. ¡Dios lo quiera!
Aunque mis ingresos -llevando la portería de este edificio- son bastante ajustaditos, me he permitido el lujo de ir a comprarle a mi Fernandito este estupendo traje que le sienta fenomenal, con la tarjeta del Corte Inglés, en tres meses sin intereses. Y es que no pude resistirme cuando paseando por la calle Preciados vi lo bien que le quedaba el traje a ese maniquí que parecía mirarme con tristeza, como si fuera una persona que por un extraño y mágico encanto se ha quedado convertido en un maniquí.
***
¡Ay! Debe de estar a punto de aparecer. Temía la llegada de este día: hoy mi novio viene a conocer a mis padres.
Hace tiempo, bastante tiempo, que me insinuó que quería que se los presentara, al igual que hace dos años él me hizo conocer a su madre, pero me aterrorizaba tanto la llegada de este día que lo he ido posponiendo indefinidamente cuanto he podido hasta llegar a esta catastrófica situación: va a conocer a toda mi familia de golpe, porque esta noche es Nochebuena y cenaremos todos en casa.
***
Aquí me tienen, plantado frente a la puerta del domicilio del teniente coronel Motos, el padre de mi novia.
Mi temblorosa mano se dirige hacia el timbre.
Llamo una sola vez. Oigo al fondo –muy lejanamente- el sonido del timbre que acabo de pulsar. Transcurren cinco segundos. Diez segundos. No se oyen pasos que se dirijan hacia la puerta. Treinta segundos: vuelvo a llamar, esta vez dos timbrazos, que oigo atenuados a lo lejos.
Desde el interior de la casa me llegan ruidos de conversaciones y de la televisión, o sea que, en casa, estar están. Quince, treinta, cuarenta y cinco segundos. Nadie abre. Si ya estaba nervioso antes, ahora, además, estoy de mal humor. Llamo al timbre cinco veces seguidas. No me abren. Nadie se acerca a la puerta. ¡Y les oigo, distingo la voz de Cecilia!
Desenvaino mi antediluviano celular y marco el número del móvil de Cecilia:
«El teléfono marcado está apagado o fuera de cobertura.»
Genial. Pulso el timbre repetidas veces. Tilín, tilín, tilín, tilín, tilín, tilín, tilín, tilín, tilín, tilín, tilín, tilín, tilín, tilín, tilín. Nada. Vuelvo a dar varias ráfagas de tilines. Sin resultado. A la quinta ráfaga dejo de oír el sonido del timbre, joder, debo haberlo quemado.
No me sé el teléfono del domicilio, pero llamo a información y lo pregunto.
La operadora me comunica que no viene en la guía ningún número en la dirección que le he indicado. A la voz de esta operadora se le superpone otra voz que me avisa: «Su saldo está a punto de agotarse».
Genial.
Decido retrotraerme a tiempos pretéritos y llamar a la puerta con el clásico sistema de aporreamiento de la misma. La cosa parece sencilla, pero estoy ante una maldita puerta blindada y al golpearla con fuerza con mi puño consigo hacer mucho más daño en mis manos que ruido a través de las puñeteras planchas de acero que debe haber en lugar de la clásica madera. Los golpes son apenas audibles. Pruebo otra estrategia y llamo con las manos abiertas, resultado: mis palmas enrojecidas, mis dedos doloridos y tumefactos.
Nervioso y desesperado. No sé qué demonios hacer. Y qué ganas tengo de marcharme a mi casita. Ay.
Ya estaba a punto de llamar al ascensor para largarme cuando mi móvil vibra. Lo llevo en el bolsillo del pantalón, así que me regala unas graciosas cosquillitas. Es Cecilia:
- ¿Se puede saber dónde demonios te metes? Te estamos esperando.
- Llevo un rato aquí en la puerta de tu casa…
- ¿En la puerta, en la misma puerta, en el rellano?
- Eso he dicho, efectivamente.
- ¿Y por qué no has llamado abajo antes al portero automático? El timbre de arriba apenas se oye desde el salón, donde estamos, porque suena en la cocina y tenemos la puerta cerrada para que no salgan los olores.
-Ah, no se me había ocurrido, la puerta de abajo estaba abierta. Por cierto, conecta tu móvil.
-Es que me estaba quedando sin batería y…
-Cariño, ¿por qué no me abres la puerta y seguimos la conversación dentro y sin gastar dinero?
-Sí, sí, voy.
Es ella quien me abre. Voy a darle un beso en la boca, pero gira su cuello con rapidez y mis labios van a posarse en su mejilla. Capto la indirecta.
Me conduce al salón. Allí están todos, que se ponen en pie para recibirme.
Mientras mi madre, la pobre, estaría en casa cenando ella solita, viendo la tele o rezando por el éxito de mi Nochebuena con la familia del teniente coronel, a mí me presentaban a la familia de mi novia.
La engorrosa ceremonia de besuqueo y manoseos no duró mucho, lo suficiente para hacerme sentir mal al tener clavados en mí diversos ojos que me escrutaban sin disimulo, como buscándome defectos.
Primero fue el teniente coronel, sólo en ese momento supe que era tuerto, ya que mi novia nunca lo mencionó, un tipo grandullón y gordo que era como un oso gigantesco con barbas.
Después su mujer –una madurita atractiva para su edad- con la cual me sentí especialmente incómodo porque me dio la sensación de que me miraba con descaro el “paquete”.
En tercer lugar saludé al hijo mayor de ellos dos, también militar -el capitán Motos- destinado en el Regimiento de Artillería Mixto número 30 de Ceuta, que había llegado esa misma mañana a la península. Él me presentó a Ana Isabel -su mujer- o «Anais», como se hacía llamar, quien tenía una cara de aburrimiento y una pinta de pasar de todo un tanto deprimentes. Y el hijo de ambos, Jorgito, un pequeño canalla de siete añitos que nada más verme me dijo:
- ¿Tú eres Cecilio?
Cecilia, mi novia, le corrigió:
- No, se llama Fernando, y es mi novio.
Jorgito me miró sacándome la lengua y haciéndome burla me preguntó:
- ¿No te habrás tirado a la tita, no?
Me puse colorado como un tomate intentando componer una sonrisa que se me torcía.
- ¡Ni se te ocurra tirártela hasta que no os caséis!- me previno el minúsculo Jorge al tiempo que me propinaba un enorme pisotón con el tacón de su zapato que me hizo un daño tremendo en el dedo gordo del pie, justo en el que tengo una uña encarnada.
Sus padres se limitaron a excusarse vagamente en su nombre y a regañarle sin mucho empeño, mientras yo me retorcía de dolor reprimiendo a duras penas las ganas de estrangular al pequeñajo.
A continuación me presentaron a Silvia, la hermana gemela de mi novia –me impresionó porque era prácticamente indistinguible de ella, salvo porque tenía las tetas más grandes- así como al tipo con el que ella vivía: Pedro, un divorciado que también llevó a la cena a Blanquita, una niña de su anterior matrimonio, de unos cuatro añitos.
Al fin saludé a Azucena, la hermana menor, una adolescente mal encarada, quien me miró como perdonándome la vida.
Y por último conocí al abuelo materno, Alejandro, el cual al parecer vivía allí porque había sido expulsado de varias residencias, ya que siempre le tocaba el culo y los pechos a las enfermeras y hasta a las monjas.
Nos sentamos los doce congregados en torno a una gran mesa dispuesta en el salón, cual si de una apostólica última cena se tratara.
Sobre el mantel, en varios platos estratégicamente ubicados, dispusieron diversos aperitivos, con predominio de los cutres, la verdad: aceitunas, patatas fritas de bolsa, unas lonchas de mortadela, un plato con gusanitos, unos sándwiches de foie gras con pan de molde y unos cacahuetes manidos.
Había un platito con jamón serrano y otro con queso manchego, pero se encontraban justo en la diagonal del lugar que yo ocupaba en la mesa, por desgracia.
Rápidamente dimos cuenta de los exiguos aperitivos y trajeron una bandeja con gambas y langostinos, no muchos.
-Maldita sea -le susurré a Cecilia al oído- olvidé recordarte que soy alérgico al marisco.
- Anda, ¡es verdad!
- ¿Qué pasa?- preguntó la madre de Cecilia, que estaba sentada a mi otro lado.
- Es que Fernando es alérgico al marisco.
-Vaya, lo siento, mi hija no me dijo nada- se excusó mi “suegra”.
- ¡Shhhhhh, silencio! -gritó el oso tuerto mirando hacia el televisor- Que empieza el discurso del gangoso.
Todos se quedaron en silencio mirando el mensaje navideño de Su Majestad.
- A ver qué dice este año, que quizá sea el último, porque ese seguro que tiene un cáncer que te cagas, qué malo tendría que estar para no ir a ver la final del mundial de fútbol. A ver si dice algo de la puta crisis y del estado de excepción de Zapatero.
- Me excusará usted –le dije a mi suegra- para que salga a la terraza mientras ustedes comen marisco, es que simplemente de olerlo me empiezo a poner malo, me dan ganas de vomitar y estoy asfixiándome, lo siguiente será que se me hinchen los ojos, la lengua y los labios y le aseguro que no es un espectáculo agradable de contemplar.
- Claro, claro, faltaría más, ya lo siento, ya, me sabe mal.
- No se preocupe, estoy acostumbrado, soy alérgico desde pequeño.
Estaba famélico, porque esa tarde no había merendado para “hacer hambre” y no quedar como mal educado dejándome comida en el plato en casa del TCOL. Y ahora, en la terraza, estaba solo y aburrido fumándome un cigarrillo, y además de hambre tenía frío, porque menuda rasca hace esta noche en Madrid, tres grados bajo cero, según leí en un rótulo luminoso del ayuntamiento.
La buena noticia es que al menos me perdía el discurso del Rey, que todos parecían escuchar muy atentos y en silencio absoluto.
Me di cuenta de que estaba nevando y me asomé al salón para avisar a la familia Motos.
- ¡Está nevando!- anuncié con cierto entusiasmo infantil.
- Me cago en dios, como cuaje la nieve no va a haber manera de sacar mañana el coche por la rampa del garaje- dijo el teniente coronel.
Los demás siguieron escuchando el discurso como si nada, en cambio los pequeños Blanquita y Jorge salieron corriendo a la terraza para ver la nieve.
Jorgito se quedó mirando mi cigarro casi acabado e inesperadamente me propinó un manotazo que hizo caer la colilla al suelo.
- ¡No se fuma, idiota, que da cáncer!- me reprochó, al tiempo que me daba un fuerte mordisco en el brazo.
- ¡Condenado niño, deja de hacerme daño ya, que me tienes harto!
Jorgito se quedó mirándome algo asustado por mi reacción, pero puso cara de travieso y me dijo:
-Dame dinero para chuches o le digo a mi padre que me has pegado.
- No te he pegado, dile lo que quieras.
- Vale, pues entonces le voy a decir que me has tocado la colita.
- ¿Pero qué dices, niño?- exclamé incrédulo-. Anda toma cinco euros para que te compres chucherías, pero no te comportes así de mal.
- Mal te comportas tú, que eres un tacaño de mierda, dame veinte euros por lo menos o salgo llorando diciendo que me has puesto tu cola en la boca.
No quería estropear la noche ni buscarme problemas, así que cedí al chantaje y le entregué al mocoso un billete de veinte euros, mientras le decía:
- Toma, bonito, para que vayas ahorrando para sacarte el curso de controlador aéreo cuando seas mayor.
En ese momento se asomó mi “suegra” al balcón para decirme que pasara al salón, que ya habían acabado con el marisco.
“Pues sí que le habrán dado vueltas y rechupeteado para tardar tanto”, pensé, dado el pequeño tamaño de la bandeja que había llevado a la mesa.
Medio desmayado por el hambre me regocijaba pensando que al fin traerían a la mesa algo sustancioso para comer. Pero no, Cecilia apareció con una enorme sopera con consomé. Lo probé y... lo mejor que puedo decir a su favor es que estaba calentito, porque de sabor bastante insípido, pero insoportablemente salado.
- ¿Qué, se te ha caído el salero dentro, no?- le reprochó a su madre Azucena, la indómita adolescente.
-¿Esta salado?- preguntó la aludida aparentemente extrañada, mirándome a los ojos.
- No, no, para mí está bien así, rico y calentito– dije bajando la mirada y dando otro pequeño sorbo para que no se apercibiera de la evidente expresión de mentira que reflejaba mi rostro.
El teniente coronel debía haber perdido el paladar en la guerra, a juzgar por los sonoros sorbetones que le daba al consomé, acabado el cual pidió repetir.
- Tómate el mío si quieres, ¡qué ascazo!- se ofreció Azucena.
En ese momento se escuchó, proveniente de la calle, una música tradicional navideña. Todos se levantaron de la mesa y salieron a la terraza para escucharla. Abajo unos gitanos rumanos interpretaban villancicos con acordeones y otros instrumentos, llevaban hasta una cabra. La verdad es que ejecutaban notablemente bien los villancicos y la gente, desde los balcones y ventanas, les arrojaba monedas y billetes con generoso espíritu navideño.
No había manera de tragarse aquel cuenco de agua sucia salada, así que aproveché el pequeño despiste familiar -mientras permanecían en la terraza- para derramar el consomé en una maceta.
- ¡Eso no se hace –oí que me decía la odiosa voz del pequeño monstruo Jorgito, que al parecer me estaba espiando escondido bajo el enorme mantel de la mesa.
-Toma rico -le ofrecí otro billete de veinte- que te voy a tener que militarizar como sigas así.
Se guardó el billete como si nada y salió al balcón a escuchar la actuación de los rumanos.
Joder, ahora que tocaba el plato principal y todos están escuchando música, ¡con el hambre que tengo! El teniente coronel regresó a la mesa aburrido ya de la música de los gitanos, pero cuando iba a sentarse dijo que se estaba meando y se fue hacia el cuarto de baño, que estaba justo en frente de la puerta que yo veía de cara a mi asiento. El oso tuerto entró al baño, pero dejó la puerta completamente abierta y se oía claramente el chorro de orina -cual si de una manguera se tratara- cayendo sobre el agua del inodoro, sonido que quedó momentáneamente interrumpido por un sonoro pedo y por último se escuchó el sonido de la cisterna.
Comprobé –horrorizado- que salía del cuarto de baño sin lavarse las manos y al sentarse, de cerca, observé que tenía la mano derecha húmeda.
- ¿Hace hambre, eh? Toma un cacho de pan, que lo ha traído mi hija del pueblo y está muy rico- me dijo.
Tomé el chusco que me ofrecía intentando disimular mis nauseas, porque vi claramente el brillo húmedo que había dejado sobre la corteza del pan.
El Técol permaneció con su único ojo fijo en mí, como esperando a que lo probase:
- A mí es que sólo me gusta la miga- le mentí mientras me metía un pequeño trozo de la misma en la boca.
Cecilia, que ya volvía con los demás de la terraza, se me quedó mirando extrañada porque sabía que yo del pan sólo me como la corteza, pero prudentemente no dijo nada.
- Coño, pues qué suerte, porque a mí sólo me gusta la corteza, toma la miga de mi porción- dijo ofreciéndome su húmeda miga amarilleante.
- Estupendo- dije cogiéndola con asco mal disimulado.
- Voy a mirar el horno, que el pavo ya casi está- dijo su señora esposa.
Demonios -pensé para mí- odio el pavo, creía que comeríamos cordero, mi plato preferido, como hacemos siempre en casa en Nochebuena. O algún pescado. Y encima el pavo aún no está listo.
Busqué algo para untar en el trozo de miga no contaminado mientras guardaba la miga tóxica -hecha una pequeña bola- en mi bolsillo con prudentes ambages. Descubrí que había un cuenco con mayonesa con una cuchara en su interior para servirla. Cuando estiré el brazo para alcanzarla se me adelantó el abuelo y le cedí el turno para que se echara él primero un poco para acompañar a unos espárragos blancos finos que me habían pasado inadvertidos. Cuando Alejandro terminó le pegó un buen chupetón a la cuchara, exagerada y avariciosamente, asomando un montón su enorme y obscena lengua –sin el obstáculo de los inexistentes dientes- por la parte cóncava y por la convexa y a continuación volvió a dejar la cuchara en mitad del cuenco de mayonesa.
- Huy, toma hijo- me ofreció, que yo ya he terminado.
Hice amago de servirme, pero me daba tantísimo asco que improvisé:
- Anda, si es mayonesa, creía que era salsa rosa, la mayonesa no me gusta - me excusé.
-No, no, joven, aunque tenga tan mal color es salsa rosa, lo que pasa es que mi hija no es muy generosa con el kétchup.
-Vamos, Fernando, sírvete ya, que te encanta la salsa rosa- me animaba Cecilia.
No me quedó otro remedio que untar un poco de la incolora y ensalivada salsa en la miga del pan y me llevé un trozo a la boca con esfuerzo, pero –inevitablemente- empezaron a sobrevenirme arcadas y tuve que salir corriendo hacia el baño, el cual resultó que estaba ocupado.
Cecilia me indicó desde la mesa que, saliendo a la derecha, al final del pasillo, había otro lavabo. Corrí hacia allí, me incliné sobre la taza del váter y empecé a vomitar no sé qué, porque hacía horas que no comía nada.
Cecilia me preguntó desde el pasillo si me encontraba bien.
- Sí, sí, es por lo de la alergia al marisco, me pasa siempre: no te preocupes, en un momento me recupero- le aseguré.
-Vale, te espero en el salón.
Me estaba reponiendo, lavándome la cara con agua fría, cuando noté que alguien abría la puerta detrás de mí, se introducía en el baño y cerraba con cerrojo. Me volví y allí estaba Azucena, la desafiante adolescente.
- Tardas mucho, ¿te estabas metiendo una raya? Porque yo me apunto.
- O no, no –sonreí-. Yo no me meto nada, la única droga que consumo es el tabaco.
- Venga, no me ralles, tío, comparte la coca conmigo.
- No, en serio, sólo probé la cocaína una vez en una boda y no he vuelto a consumirla. De verdad, puedes registrarme si no me crees...
- ¿Ah, sí? Vale, veamos.
Me palpó el pantalón, sacando la cartera y el monedero, que una vez cacheados dejó en el lavabo, volviendo a introducir la mano en los bolsillos de mi pantalón. Comprobado que no escondía nada desvió su mano dentro de mi ropa y empezó a acariciarme los genitales, lo cual me hizo dar un respingo y un paso atrás.
- ¿Se puede saber qué haces?- le pregunté asustado.
- Mirar si ocultabas algo en el paquete, se ve mucho bulto ahí...
-Pues es todo mío, no escondo nada.
- Bueno, pues al menos dame esos cincuenta euros de tu cartera para que baje yo a pillar algo.
- Lo siento, es lo único que me queda y he de regresar en taxi a casa esta noche- objeté.
-Venga, no te hagas el remolón –me dijo con voz dulzona y sensual y mientras se quitaba la blusa dejando a la vista sus turgentes y hermosos pechos de adolescente bien desarrollada-. Si quieres te hago una mamada y tú me das los cincuenta y nos los esnifamos a medias, ¿vale?
Se arrodilló y me bajó la cremallera. Yo ya no podía retroceder porque estaba apoyando la espalda en la pared, pero –contraviniendo lo que mi naturaleza me pedía (porque en uno de mis hombros veía a un pequeño demonio rojo que me decía: “Fóllatela”; mientras en el otro hombro, en cambio, un angelito blanco me indicaba: “Hazle caso al demonio”)- conseguí apartar su decidida y experta mano de mi bragueta, proponiéndole otra opción:
- Haremos lo siguiente: te doy los cincuenta ya y tú te bajas a pillar coca, pero me traes veinte euros de vuelta para que me quede algo para el taxi. ¿De acuerdo?
-Como tú digas, tío, gracias- dijo cogiendo el dinero y saliendo del baño en dirección a la calle. Esperé un momento y regresé al salón.
- ¿Ya estás bien?- me preguntó la madre.
- Sí, sí, como nuevo, no ha sido nada.
- Ya, claro, la lástima es que no puedas probar el pavo estando así...
- No se preocupe, de verdad, ya he cenado bastante bien, estaba todo delicioso. Quizá ahora pruebe algún polvorón, si acaso.
- Sí, pero antes vamos a comernos unos deliciosos altramuces que ha traído mi nuera de su pueblo, que han parado allí expresamente para traerlos cuando subían de Algeciras, son los mejores de España. ¿Te gustan los altramuces, Fernando? -me preguntó sin esperar una respuesta que ya daba por contestada en sentido afirmativo- Porque seguro que jamás habrás comido unos tan ricos como estos.
- Estoy deseando hincarles el diente –aseguré con franqueza, dada mi salvaje gazuza.
Yo estaba inquieto y preocupado porque frente a mí se sentaron Pedro -el padre divorciado que estaba rejuntado con Silvia, la gemela de Cecilia- y su hija pequeña, Blanquita.
Observaba que cada vez que la pequeña hacía algún comentario típico de un crío, interrumpiendo a los mayores u objetando cualquier cosa, el padre movía un brazo bajo la mesa y entonces la pequeña Blanca daba un respingo, se ponía de morritos y se quedaba callada muy seria.
Me estaba enfureciendo ante la sospecha de que Pedro estuviese pegando disimuladamente a la niña cada vez que hacía o decía cualquier cosa.
La tenienta coronela le pidió a Silvia que se trajese los famosos altramuces, que los había puesto en remojo en un cubo en la terraza de la cocina, que los escurriese y los sirviese en un par de platos.
- Yo no quiero altramuces, papá, no los comas, dan asco- dijo Blanquita.
En seguida me fijé en el movimiento del brazo de su padre y el gran respingo que dio la niña, a la que se le humedecieron los ojos y se quedó cabizbaja y silenciosa.
Estaba ya de muy mala hostia viendo el comportamiento del tal Pedro, pero no me atreví a decir nada y busqué con mi mirada a Cecilia a ver si se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo con el impresentable de su cuñado, pero parece que ella no supo percibir mi inquietud y malestar.
Silvia llegó con los altramuces ‘de luxe’ y todos nos precipitamos a probarlos. Ya estaba saboreando el primero cuando me fijé en que Blanquita, disimuladamente, me hacía señas para que no siguiera comiendo, poniendo cara de asco.
Noté en seguida que los altramuces sabían raros. Todos empezaron a comentar lo mismo, aunque seguían llevándoselos a la boca uno tras otro intentando averiguar mediante el gusto el origen de aquel sabor diferente.
- Están como muy saladitos, ¿no? -comentó Anais- Qué extraño, nunca habían tenido este regusto tan peculiar.
- Sí, no sé decir qué es, pero saben algo raros -corroboró Cecilia.
-Quizá no han estado el suficiente tiempo en remojo- aventuró la madre.
La niña me seguía mirando asustada, gesticulando para que no comiera.
- ¿Se puede saber qué te pasa ahora, Blanca?- le preguntó su madrastra al descubrirla haciéndome muecas.
- Es que os la iba a decir, pero papá no me deja hablar: Jorgito esta tarde se hizo pis en el cubo de los altramuces. Dos veces. Y me obligó a hacerlo a mí también.
-¡Puñetera niña, ya lo podías haber dicho antes!- le chilló Pedro.
Silvia se fue a vomitar, y los demás se limitaron a escupir sobre las servilletas de papel, claramente disgustados. Al fin el capitán Motos pareció reaccionar y cogió de la oreja a Jorgito y le gritó que si le parecía bonito lo que había hecho.
El pequeño monstruo, viéndose descubierto y atrapado, optó -como buen Maquiavelo- por desviar la atención:
- El tito Cecilio ha tirado la sopa en la maceta- se chivó el muy jodido acusica.
El padre le dio un cachete en el culo y le dijo que era un pequeño sinvergüenza y que le iba a castigar todas las navidades sin jugar a la Wii.
- Pues como hagas eso voy a llamar al teléfono contra el maltrato infantil –respondió el crío, recitando el número de memoria- y te voy a denunciar.
- ¿Será posible? ¿Pero, Anais, tú estás oyendo lo que dice este mocoso? Anda, no me calientes y vete ahora mismo a la habitación del fondo a jugar allí, que me tienes muy harto.
Jorge se quitó del medio muy enfadado por la colleja final que su padre le propinó al salir del salón y nuestra anfitriona retiró los altramuces y nos trajo unas bandejas con turrón y polvorones, de los que venden al peso en el centro comercial. También trajo un par de botellas de licor y una de cava.
Yo ya me había tomado una copa de tinto y como no la acompañé de comida estaba ligeramente mareado, dado que no suelo beber alcohol, pero el oso tuerto me sirvió un licor sin darme opción a rechazarlo.
Cuando el nivel de las botellas empezó a bajar, la situación se fue poniendo rara. Yo aprovechaba para comer turrón y alfajores, porque aunque no me entusiasman demasiado estaba canino.
Miré al abuelo Alejandro, que no paraba de comer polvorones uno tras otro, tan sólo para suspirar de vez en cuando y decir:
- Ay, estas serán ya mis últimas navidades...
- No nos des la lata también este año con esa cantinela, abuelo, le dijo el capitán sirviéndole otro licor al viejo.

Contabilicé los cadáveres de un total de once envueltas de polvorones junto al abuelo.
El teniente coronel también se percató y le dijo a su mujer:
-Quítale a tu padre el plato de mantecados de delante que va a morir como Sangonereta.
- Huy, sí, es que se le va la cabeza al pobre con el Alzheimer y si nos descuidamos sigue comiendo hasta que reviente.
Sentí que bajo el mantel una mano alcanzaba mi bragueta. Dios, qué morbo, pensé, allí delante de toda su familia: no sabía que Cecilia era tan atrevida. La miré con sonrisa cómplice, que ella me devolvió multiplicada y traviesa.
Para mi sorpresa Cecilia no cesó en sus caricias, sino al contrario: fue incrementando el nivel de las mismas. Todos estaban ya medio beodos y nadie parecía prestar atención a lo que ocurría bajo el mantel.
Oí el sonido de mi cremallera al ser bajada, sentí cómo me desabotonaba y apartaba el bóxer para finalmente sacar mi miembro y empezar a acariciarlo. Me puso tremendamente duro, tenía una erección jamás antes conocida, pues me sorprendía que siendo habitualmente ella tan recatada cuando yo me excitaba se comportara así, lo normal es que ella me cortara siempre con un seco y cansino: “Antes del matrimonio no vamos a hacerlo, que lo sepas, como mucho te la chupo”.
De las caricias pasó a masturbarme descaradamente y empecé a preocuparme porque con tanta excitación me costaba reprimir las ganas de eyacular. Giré la cabeza y la miré a los ojos como inquiriéndole: ¿Pero qué haces? Para ya, que estoy a punto de correrme...
Ella me miró extrañada, pareciendo no comprender, hasta que súbitamente creyó interpretar mi mirada y dijo:
- Ah, es verdad, se me olvidaba la fruta escarchada, que sé que te gusta mucho. Voy a por ella.
Se levantó dirigiéndose a la cocina y sin embargo... su mano seguía masturbándome. Sólo entonces miré a mi derecha y al ver la cara de borrachuza de mi “suegra” y su vivaracha sonrisa alcoholizada comprendí que era la tenienta coronela la que estaba a punto de conducirme al clímax.
-Tengo sueño, estoy cansada- dijo la pequeña Blanca.
En cuanto vi que el padre movía el brazo esta vez me asomé rápido por debajo del mantel y le sorprendí dando pellizcos a la niña en los muslos. Me puse de tan mal humor, que aparté de mi ahora marchito sexo la mano masturbadora sin dejarle acabar su misión, recompuse mis ropas, y me levanté de la mesa pretextando que me salía a fumar a la terraza.
- ¿No querías fruta escarchada?- me preguntó Cecilia, que volvía de la cocina.
-Sí, me llevo este trozo de naranja afuera.
Salí al frío aire de la noche, donde continuaba nevando, ahora más copiosamente. Detrás de las cortinas del salón veía parpadear las luces del árbol navideño. El teniente coronel había puesto en el equipo de música una emisora en la que sonaban canciones navideñas, en ese momento distinguí la voz John Lennon: “A very merry Christmas/ and a happy new year/ let's hope it's a good one/ without any fear”.
Me fumé el cigarro pausadamente, meditando acerca de la loca e increíble noche que estaba viviendo, acordándome de mi madre, la pobre, tan sola en nuestra casa, abandonada en una fecha tan señalada, tan preocupada únicamente porque todo me fuera bien.
Estaba distraído con mis pensamientos, empezando a tiritar de frío, cuando oí un ruido y al girarme distinguí en la oscuridad el contorno de Cecilia, quien se acercó hasta mí tocándome la cara y preguntándome si no tenía frío.
- ¿Frío? No te imaginas lo caliente que estoy –le dije abrazándola primero y metiéndole después una mano bajo el tanga y la otra bajo el sostén.
Rápidamente apartó mi mano de su húmedo sexo y entonces conduje la suya hacia mi, de nuevo renacido, hinchado y petrificado miembro viril.
Ya al tocar sus pechos noté algo extraño, sus tetas estaban más grandes que nunca, pero solo cuando la escuché reprocharme en voz baja, tímidamente, que qué estaba haciendo comprendí que no era Cecilia, sino su hermana gemela, que se había cubierto con el abrigo de mi novia para salir a la terraza a fumar.
- Lo siento, te juro que creía que eras Cecilia- me excusé avergonzado.
-Pues vaya susto me has dado, machote, por cierto: menuda herramienta llevas ahí...
-Ya te digo -dijo su madre que acababa de unírsenos en el balcón-. Vamos para dentro, que vamos a jugar al dominó.
Al entrar comprobé que el abuelo estaba absolutamente borracho farfullando con voz alcoholizada batallitas de la guerra civil. El TECOL le dijo al capitán que se llevara al viejo a la cama a dormir la mona. Y así lo hizo, se lo cargó al hombro y de esa guisa lo transportó hasta la habitación.
-¡Coño, cómo se mueve el helicóptero!- acertó a exclamar Alejandro cuando salía en volandas del salón.
El travieso Jorgito había regresado con nosotros sin que sus padres se percataran de que había quebrantado su prohibición de acercamiento.
- Jorge, bonito –dije vengativo en voz bien alta para asegurarme de que sus padres me escuchaban- ¿No te había dicho tu papá que jugaras en la habitación?
- Tito, tito Cecilio ¿y tú de qué equipo de fútbol eres?- me preguntó repentinamente simpático, probablemente en un nuevo intento de desviar la atención.
-Yo soy del Barça, ¿y tú?
Según dije la “u” de “tú” me cayó en la boca abierta un enorme gargajo verde que el pequeño madridista Jorgito impulsó con increíble precisión y celeridad, y añadió rabioso:
-¡Pues nosotros tenemos nueve copas de Europa y Cristiano es mucho mejor que Messi!
-Niño, no seas asqueroso y vete corriendo a la habitación. Lo siento, Fernando, nunca había hecho esto antes, discúlpalo- se excusó el capitán Motos.
-Qué rico, si encima es “ultra sur”... no pasa nada, no te preocupes, son travesuras de críos.
Empezaron una partida de dominó, juego del que yo apenas conocía las reglas, pero miraba con fingido interés.
-Por cierto, padre –dijo el capitán-. En el RAMIX 30 hay un comandante, un tal Toni Cebrián, que te conoce. Seguramente por culpa de ese hijo de puta ahora todos me apodan «Pito-Blanca Junior».
Miré extrañado a Cecilia porque no entendía la conversación. Me susurró al oído:
-Es que a mi padre, desde lo del accidente, todos sus compañeros del ejército le llaman “Pito-Blanca”, los muy cabrones.
-¿Qué accidente?- pregunté confidencialmente.
- Pues el accidente en el que perdió el ojo durante unas maniobras.
-Ajá, ¿y por qué le llaman así?
-Hijo mío, a veces pareces bobo: pues por la ficha del dominó, el pito-blanca.
La miré sin entenderlo aún, ya que no estaba familiarizado con la jerga del dominó, lo cual pareció desesperar a Cecilia que de mala gana tomó de la mesa la ficha conocida como “pito-blanca” y me la mostró.
Tardé un poco en comprender la maldad del mote, pero cuando al fin lo hice no pude evitar estallar en carcajadas.
-¿Qué le pasa a Fernando que parece que ha bebido más de la cuenta?
- Nada, es por un chiste que le he contado- me auxilió Cecilia.
-Pues cuéntanoslo a todos que nos riamos- le invitó su padre.
-Nada, es una tontería, es el de por qué cruzó la gallina la carretera.
-Bueno, yo me voy a tener que ir yendo ya –intervine con ganas de huir de todo aquello- que mi madre se encuentra sola y estará preocupada por lo tarde que es...
Me puse en pie y en ese momento Azucena, que estaba bajo el marco de la puerta frente a mí, me hizo con disimulo un inconfundible gesto doble para que la acompañara al baño a esnifar. Discretamente negué con la cabeza y le hice otro doble gesto inequívoco para que me devolviera el dinero. Ella contestó -sin abandonar el silencioso lenguaje gestual, esta vez triple- que se lo había gastado todo, pero que la acompañara al baño y me haría una mamada. Negué de nuevo con la cabeza y entonces levantó el dedo medio de su mano por encima de los demás para invitarme a irme a tomar por culo, comunicación que zanjé levantando un pulgar en señal de conformidad.
En ese momento apareció Blanquita en el salón diciéndole a Pedro:
-Papá, papá: Jorge me está metiendo el dedo en el totito y quiere meterme su colita en la boca.
Los padres, abochornados, trataron de quitarle hierro al asunto diciendo que eran cosa de niños.
- Bueno, ha sido un placer, muy rico todo ¿eh?- intervine de nuevo, desesperado por huir de aquella casa de locos.
Cogí mi abrigo y me dirigí hacia la salida, todos me acompañaron para despedirse.
En aquel preciso momento, en el recibidor, escuchamos que estaban aporreando la puerta de la calle, seguramente alguien llevaba un buen rato llamando inútilmente al timbre que yo había fundido -con mi insistencia impaciente- y ahora resonaban unos golpes con ensañamiento sobre la chapa de acero, quizá propinados con el mango de un paraguas.
El teniente coronel “Pito-Blanca” abrió la puerta y vio a varias personas que, mostrando unos carnés, se identificaron como miembros de los servicios sociales de la comunidad y dijeron que habían recibido una muy grave denuncia telefónica sobre un maltrato a un menor.
Entonces apareció el ínclito Jorgito abriéndose paso a empujones y dijo:
- Soy yo –y señalando con el dedo índice acusador a su padre añadió- y él es el maltratador.
El capitán Motos no daba crédito a lo sucedido, miraba a su hijo con una mirada asesina que terminó de convencer de su culpabilidad a los de los servicios sociales.
En ese instante apareció también la pequeña Blanca, que levantando su faldita señaló los terribles moretones que lucía en los muslos y dijo:
-Mi papá también me pega siempre pellizcos.
Unos policías se llevaron a Pedro esposado y le dijeron a la madrastra que ella también tenía que ser interrogada mientras el forense examinaba a la niña.
Lo de Jorgito era más dudoso y después de una somera evaluación al monstruito y tras unas cuantas preguntas de rigor, los de los servicios sociales se convencieron de que el pequeño era un mentiroso, compulsivo y manipulador, y se marcharon.
Al padre, ante tan insólito e inesperado escenario, le había dado un desmayo y estaba recostado en el sofá del salón recuperándose mientras Anais le abanicaba con desgana con una revista del corazón.
Yo me despedí de los que quedaban, salí al descansillo y llamé al ascensor, aunque antes de marcharme de la casa me agaché para susurrarle algo al oído a Jorgito, mientras con disimulo recuperaba los cuarenta euros que aún asomaban de su bolsillo.
Cecilia salió al descansillo cerrando la puerta de la calle tras de sí, por tener una despedida algo más íntima. Le di un beso en la boca y le dije:
- Hasta mañana, cariño, ha sido genial. ¡Feliz Navidad!
Ya se estaba cerrando la puerta del ascensor cuando en todo el rellano resonó el potente llanto de Jorgito al otro lado de la puerta blindada.
-Oye, ¿qué es lo que le has dicho a mi sobrino al oído para que esté llorando de esa manera?- oí que me preguntaba Cecilia, aunque ya no la veía porque se cerraron las puertas correderas.
- ¡Que los Reyes son los padres!- grité mientras bajaba en el ascensor.







































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